Ni un poema podría tener mejor inicio. Fue en una primavera fría de 1985 cuando la mítica cocina de Pablo Neruda en su casa de Isla Negra se cerró para siempre. La última en cocinar para un grupo de amigas fue su viuda, Matilde Urrutia, una chillaneja que cantaba tonadas mientras el poeta se entretenía recolectando recetas o buscando pescados raros en la caleta. Hasta el reloj marca la hora en que el tiempo se detuvo: 15:15 de la tarde. Desde ese momento, esa sala blanca que todavía mantiene intacto el mantel de hilo tejido, sirvió de cualquier cosa, menos de cocina. Primero como bodega, después como camarín para que los cuidadores se cambiaran de ropa y finalmente como cuarto de herramientas de jardinería.

Hasta el reloj marca la hora en que el tiempo se detuvo: 15:15 de la tarde.

Fue hace un par de años cuando el matrimonio de Ingrid Weinrich y Erick Jenkin decidieron dar un paso más allá. Pedirle a la Fundación Neruda que les permitiera abrir por un día la cocina y preparar ahí los platos que más le gustaban al Nobel. Ellos, que fundaron en 1991 un pequeño café a un costado de la casa, llamado El Rincón del Poeta, son los más entusiasmados con la idea de recuperar ese espacio para siempre. Después de una serie de conversaciones, pudieron lograrlo sólo como una actividad especial, pero nada más. Fortuna nuestra fue ser testigos de esta inédita apertura.

Los Jenkin, junto a su hijo Enrique y el chef Mauricio Pino —quien este año obtuvo medalla de oro en el Concurso de Achiga— buscaron en libros, conversaron con antiguos testigos que fueron invitados estelares de Neruda y también escucharon atentamente todo lo que recordaban de esa época los pescadores de las caletas cercanas. Partieron con presentar el “coquetelón”: el aperitivo con el que se recibía a los invitados en Isla Negra. Una mezcla con mucho hielo que incluye granadina, jugo de naranja, drambuie y champán brut. Era, junto al sour nerudiano (una versión del clásico, pero con curazao), el favorito de la ‘taberna’: una sala con forma de cabina de capitán de barco y que en las vigas lleva inscritos los nombres de los amigos del poeta que ‘pasaron a mejor vida’.

En las entradas, el cebiche de lapas, con limón de Pica y que, para recuperarlo, tuvieron que entrevistarse con viejos pescadores de Cartagena.

En las entradas, el cebiche de lapas, con limón de Pica y que, para recuperarlo, tuvieron que entrevistarse con viejos pescadores de Cartagena. Luego un chupín de pejesapo. Un plato de origen genovés, pero que en el caso nerudiano se reemplazó el habitual pescado mediterráneo por este pez de roca de cabeza chata y piel aleopardada: una pequeña, aunque espeluznante especie del Pacífico sur. Otro plato es el Guachinanguito, un pescado como la tilapia, relleno con mariscos y parmesano.

El caldillo de congrio también estaba en el menú, preparado esta vez con una previa reducción de las cabezas y la piel: un proceso que puede durar hasta cuatro horas. La paciencia era otra de las premisas de la cocina del poeta. Sibarita y curioso viajero, hizo de su cocina una mezcla de elementos: recetario popular, invitados queridos y estrambóticos, productos raros y un permanente sentido del mar… Una comida que, en resumen, también se escucha. Como las olas, la brisa o el temporal.