El fin de semana pasado me tocó salir de Santiago. El destino: Playa El Tebo, al lado de Caleta Horcón en Puchuncaví. La razón: el matrimonio de dos grandes amigos.

Siempre he pensado que tengo que hacer un master en bodas… he asistido a un centenar. Ya sea porque conozco a la feliz pareja, por invitación de algún amigo que no tiene con quien más ir o por trabajar en mi tierna juventud los fines de semanas para una banquetera. He visto de todo; shows de ballet durante la comida donde la novia era la bailarina principal, novios que en vez de vals bailaron la canción de Spiderman versión jazz, saltos de un padrino cual estrella de rock desde el escenario, carnavales, magos y bellos lugares donde se han celebrado bodas.
Y justamente hoy quiero contarles sobre uno de ellos, se trata de el Club El Tebo, mi favorito de la costa. Un lugar mágico y distinto ubicado a la orilla del mar, entre árboles, rocas y olas.

Empanadas de ostión camarón y de queso de cabra, fritas a la perfección, brochetas de lomo con roquefort, camarones envueltos en tocino y pesto, y un exquisito ceviche con palta servido en conchas de locos, que daban un estilo playero y a la vez estiloso, nos deleitaron mientras esperábamos a los novios.

El almuerzo era estilo buffet, formato que me agrada ya que puedo elegir lo que comeré. Si es de los que no le gusta pararse, no se preocupe, la atención es tan amable, que puede pedirle al encargado de su mesa que le prepare un plato.

Carnes a la parrilla, jugosas y al punto de cocción a gusto del consumidor, pescados al disco, frescos del día nada que ver a los congelados y una gran variedad de acompañamientos, como ensaladas de lechuga y frutillas, apio palta, risotto de alcachofa, gratín de papas, arroz verde etc.

Los postres desfilaron frente a todos antes de poder probarlos haciéndonos salivar, unas maravillas que desaparecieron en instantes. Suspiro limeño, brownies con fruta, tortas, cheese cake… válgame Dios! Y a la mesa la infaltable palmera, irresistible.

La pista de baile tiene vista al mar y por supuesto desde ella se puede ver  el atardecer, lo que mantiene una ambientación romántica de lujo.
Para mantenernos con energía había varias alternativas, sopa de calabaza servida en si misma, tabla de quesos, tortas de milhojas, tapaditos de pollo palta, carne tomate y unos corderos al palo que estaban para rechuparse los dedos y los bigotes.

La comida que he probado en este lugar no es sofisticada, si no que es cercana, bien preparada y de gran sabor, lo que siempre se agradece. El lugar, realmente es precioso con detalles en cada rincón, mezclando un estilo chileno asiático playero.

Si tiene un nuevo anillo en su dedo, considérelo y luego me cuenta.

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