Viña Casa Silva:  Vinos boutique

El vino que tiene la reina Isabel en el palacio de Buckingham, para eventos especiales y que ofrecen los ingleses en el exclusivo restorán del club de Wimbledon, viene directamente de una familia chilena: los Silva-Silva. Dueños de la misma viña que por tercer año consecutivo fue reconocida como la mejor del año en los Catad’Or Wine Awards. “Cuando tienes premios que se repiten eso es aún más importante porque indica que el terroir está presente y la gente lo reconoce a través del tiempo en forma permanente”, señala Mario Pablo Silva, gerente general de Casa Silva.

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La historia de esta familia de inmigrantes se remonta a 1887 cuando Emilio Bouchon llegó en un buque desde Burdeos (Francia). Este pionero se instaló en el Valle de Colchagua y comenzó sus primeras plantaciones de uvas. Tuvo cuatro hijos, entre ellos Abel, cuya rama familiar heredó el fundo que hoy pertenece a Mario Silva y su señora María Teresa Silva Bouchon, la bisnieta del terrateniente Emilio. Mario Silva estuvo dedicado muchos años a la odontología, pero siempre sintió un interés especial por la agricultura. Por eso, en 1979 decidió retomar esta historia familiar y compró parte de los antiguos viñedos y de la bodega para dedicarse 100% a la industria del vino. Años más tarde entró en el escenario su hijo mayor, Mario Pablo Silva, hoy a cargo de la viña. A fines del ’96 tuvieron la oportunidad de comenzar a embotellar su propia marca. Entonces Mario Pablo partió a Colchagua para retomar sus raíces y empezar a formar lo que es Casa Silva. Lo hizo acompañado de toda su familia. Lo que definidamente definió un estilo de vida apegado a las tradiciones criollas. Así, los caballos juegan un papel importante en las actividades de la viña y recreacionales.

Mario Pablo recuerda cuando recorría a caballo las viñas con su abuelo y bisabuelo, porque en esa época no existía la maquinaria actual. Hoy, él y sus hijos son reconocidos poleros que con una alianza con el Banco Itaú, dieron vida a uno de los máximos exponentes de ese deporte: el equipo Polo-Itau Silva, con el cual todos los años participan en los campeonatos nacionales. “El tema de los caballos nació naturalmente en torno a la viña, y mucho antes de lo que es la marca”, afirma Mario Pablo Silva, mirando el valle desde el restorán de Casa Silva, donde se pueden diferenciar los viñedos, las canchas de polo y un poco más lejos la medialuna y la clínica de caballos. Tan importantes para ellos son las costumbres de la Zona Central, que el carménère Doña Dominga —nombre de la hija mayor de Mario Pablo— tiene en la etiqueta a dos huasos bailando cueca. Además de la pasión por el campo chileno, los Silva son preocupados de cada etapa de la producción. Por ello se definen como una viña boutique.

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“Todos los involucrados, desde el área comercial hasta la persona que cosecha, están preocupados de cada uno de los detalles, y esos están dados por conocer a la perfección el lugar de donde salen las uvas para producir un buen vino”. Y en esto el valle de Colchagua —que va de cordillera a mar— es extremadamente generoso, está preparado para producir distintos tipos de vinos de acuerdo al clima y a las condiciones del lugar. “Nos ha permitido crear unos vinos con un estilo e identidad propia que han tenido grandes resultados, porque lo que la gente está buscando son vinos que identifiquen el terroir donde las uvas son plantadas”, agrega Silva. El espíritu pionero de los Silva los llevó a desarrollar, en 2006, un nuevo proyecto en Futrono, con uno de los viñedos más australes del país.

Viña Luis Felipe Edwards: Líderes en exportación

CARAS también reconoció a la viña Luis Felipe Edwards como la mejor en los Catad’Or Wine Awards 2018. “Este premio significa un reconocimiento al esfuerzo de una vida. Es el resultado de buscar en todo momento la calidad del vino. Me siento totalmente honrado y a su vez facilita mucho el futuro de nuestros negocios. Este premio lo transmitimos a todos los agentes que tenemos en el mundo”, cuenta Luis Felipe Edwards.

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Su historia comenzó con un “nunca pensé que…”. Edwards jamás imaginó convertirse en uno de los productores de vinos más relevantes de Chile. Es más, cuando tenía 35 años su destino ya estaba más o menos definido: vivía en Madrid con su señora Bernardita, tenía un buen trabajo en un empresa internacional y la familia había aumentado a cinco personas. Hasta que en un momento surgió una oportunidad de trabajo en París y ahí fue cuando su mujer le dijo: “Luis Felipe, nos volvemos a Chile”. Ya en Santiago, a través de un amigo, supo de un campo muy lindo, que tenía una viña, una bodega y una casa. “Fue amor a primera vista,” recuerda. En 1976 compró el fundo San José de Puquillay en el valle de Colchagua sin pensar que se convertiría en una gran viña. Año tras año la familia Edwards disfrutaba los fines de semana y largas temporadas de verano en el campo, salían a cabalgar, invitaban amigos y hacían paseos a las caídas de agua que hay en medio de los cerros. En un principio los cerros no se plantaban, pero Luis Felipe tenía la inquietud de que ese podría ser un gran proyecto. Y así averiguó en otros países productores de vinos como España y Francia la manera de lograr plantaciones en altura. En 1980 compró gran parte del cerro, cuya característica es tener cuatro o cinco grados menos de temperatura en verano en el valle y además una gran oscilación térmica entre día y noche. “Estaba claro que era para vinos tintos”, asegura. Lo comprobó con la primera plantación de veinte hectáreas a 200 metros de altura.

“La vista desde el mirador que construimos era increíble”. El gran salto El sueño de Luis Felipe Edwards era aún más grande; el cerro tenía 700 metros más de altura en los que se podía intervenir. Después de varios estudios, enólogos y expertos coincidieron en que “todo se podía hacer, pero era una inversión importante y un plan difícil de realizar”. Así que como bien dice una frase “el sacrificio de hoy es el éxito de mañana”, se hizo. Lo primero fue definir la ingeniería para llevar la electricidad y hacer caminos a 900 metros de altura. Lo segundo ver la estrategia que usarían para subir el agua. El resultado fue la división del cerro en siete secciones, cada una de ellas con su propia central de bombeo. Alrededor de cuatro años se necesitaron para preparar las condiciones óptimas. Pero el esfuerzo definitivamente valió la pena, porque “es el mejor vino tinto que tenemos, y por lejos. Y plantamos 130 hectáreas más”, señala orgulloso Edwards. En los ’90, nació la primera botella, la cual como compromiso personal de mantener la mejor calidad, lleva el nombre Luis Felipe Edwards. De a poco el vino se fue haciendo reconocido nacional e internacionalmente, alcanzando una distribución en cerca de cien países. De los siete hijos y yernos de Luis Felipe prácticamente todos están trabajando para la empresa familiar.

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“Yo puse el auto para correr la carrera, pero los choferes fueron ellos. La carrera se sigue corriendo junto conmigo y con mucho éxito”, afirma el dueño. Dentro de los logros está la expansión de la viña, un total de 1.850 hectáreas plantadas entre Colchagua, Leyda y el Maule. “También la creación de una fuente de empleo para numerosas familias que viven en esos valles. La viña se ha mantenido como un proyecto familiar enfocado a entregar cada día más calidad en cada uno de sus vinos, lo cual ha sido reconocido en los principales mercados mundiales. La decisión de mi señora de volver a Chile hace más de 40 años, fue un acierto”, sonríe cuando lo cuenta Luis Felipe.