06:45: Despierto y sé muy bien cuál es mi tarea: hacer los desayunos. Tomás, mi hijo mayor, parte temprano a la universidad. Me quedo con Mariano, de cinco años, para que se vista y tenga todo lo del colegio listo. Me pongo buzo y hago un café en vaso para llevar en el auto. Nunca lo alcanzo a tomar entero. Y así voy manejando, bien despierta.

08:00: Estoy en la puerta del colegio, observo que mi hijo cruce la entrada y vuelvo a casa. Un momento de tranquilidad. Me baño, preparo huevos, tostadas, y tomo jugo de zanahoria. A veces veo un poco de tele.

09:30: Llego directo a la cocina del Coquinaria de Isidora Goyenechea. Reviso todo, me reúno con los souschef y vemos las cosas que necesitamos para enfrentar el día.

10:00: Parte mi clase de Pilates. Somos puras mujeres y hablamos cabezas de pescado. Me gusta porque trabaja músculos, brazos y bota estrés. Después voy un día al Coquinaria de Alonso de Córdova y otro al de Isidora. Estoy atenta al servicio de almuerzo.

15:30: Tomo sólo sopa o ensalada. Nada más porque estoy todo el día picoteando. Luego parto al colegio a buscar a mi hijo. Le pregunto cómo le fue, qué tiene de tarea… Llegamos a la casa donde siempre debo resolver algo. Aprovecho de retar al más grande. Los dejo con su nana, que me acompaña hace catorce años.

17:00: Vuelvo a cualquiera de los dos restoranes donde me quedo hasta las ocho de la noche si no tengo ningún evento más tarde. Parto a la casa para el momento que más disfruto del día: juntarme con mis hijos. Los viernes llego más tarde; me gusta ver cómo funciona el servicio de comida durante la noche. Y termino cocinando. Independiente de la hora que regreses, uno de mis hijos tiene hambre.

23:00: Casi siempre estoy durmiendo. Zeta. Pero antes, jardineo, me doy un baño de tina o me pongo a tejer, me siento tranquila, sé que están todos en cama, pero siento que tengo que seguir moviendo las manitos.