Cuando Andrew Blest abrió el grifo del alambique, por donde escurrió un líquido café tostado, ahí en lo que hoy es la plaza Aníbal Pinto, supo que aquello iba a ser un negocio que habría de hacer historia. No está claro si fue él o alguno de sus clientes quien se bebió de un golpe esa primera jarra de cerveza. Lo que sí se sabe es que su cervecería enclavada en el corazón de Valparaíso, la primera del país, cautivó a los porteños al punto que años más tarde vendería a muy buen precio su emprendimiento. Aquello ocurrió en el verano de 1825. Contra lo que se pueda creer, los Anwandter recién comenzarían a escribir la historia cervecera valdiviana un cuarto de siglo después. En los orígenes, la cerveza en Chile tuvo el olor del Puerto y el paladar de un irlandés busquilla y exitoso.

Casi 200 años más tarde, un empresario cervecero ha indagado hasta dar con los antecedentes de este tío del escritor Alberto Blest Gana. Se llama Sergio Morán y se ha instalado con su Casa Cervecera Altamira a  pocos pasos del lugar donde Blest levantó su cervecería. “El fue un médico irlandés que trabajó como tal para la campaña por la independencia. Como premio a sus servicios, O’Higgins le dio la ciudadanía chilena y un terreno en la plaza Aníbal Pinto. Como buen irlandés, extrañaba las cervezas, cuya oferta en el Chile de entonces dependía de lo que llegara de otros países, que solía ser escaso y de dudosa calidad. Es ahí que decide hacer su propia cerveza. No hay demasiados datos, salvo que era una Porter y que le fue muy bien”.

Morán ha encargado el trabajo de investigación a dos historiadores y el estudio resultante será la base del Museo de la Cerveza que debería inaugurarse a mediados de año en Valparaíso, en el mismo lugar donde él levantó su brew pub. Este es un concepto poco conocido en Chile que consiste en un bar que elabora cerveza in situ y en donde los clientes pueden tomarla ‘al pie del barril’, modalidad que Morán conoció cuando viajó por Europa. No es la única innovación que ha introducido. La otra es la de la cerveza gourmet. “Llevo tres años trabajando en esa dirección. No quería hacer cualquier cerveza, sino desarrollar una que armonizara con la gastronomía”.
Así diseñó su línea. Para los platos picantes, ideó una american pale ale, que es más amarga, y funciona perfecto con ese tipo de comidas; para la parrilla, sánguches y pizza, una receta típica de Düsseldorf, que se hace con levadura ale, pero fermenta como una lager; y para las carnes de caza o a la cacerola, o los quesos, una irish dry stout. “Me pareció que era un portafolio fácil de entender”, dice.

LO QUE PARTIÓ COMO UNA AVENTURA IRLANDESA SE CONVERTIRÍA, A POCO ANDAR, EN UNA EMPRESA ALEMANA. El éxito de Blest fue evidente. El mismo era un inmigrante inquieto. La primera patente que se registra en Chile le pertenece y es un método para elaborar ron. Además, él fue el primer director del Hospital Van Buren de Valparaíso. Entre tanta actividad, claramente el tiempo que podía dedicarle a la cervecería no era demasiado.
Con todo, ganó fama tanto por la calidad del brebaje como por cierta dosis de leyenda que supo imprimirle. El irlandés no halló nada mejor que refrigerar su bebida en la famosa cueva del chivato, lugar donde el imaginario popular afirmaba que vivía un ser diabólico, parecido al chupacabras. Por un lado, aseguraba un proceso de refrigeración natural y, por el otro, se resguardaba de que le robaran, porque nadie se atrevía a acercarse a la cueva, más todavía sabiendo que era una zona en donde el mar azotaba las rocas y hacía remolinos.

Para 1833, una nueva cerveza se fundaba en el Puerto. Era el emprendimiento de los comerciantes José Tomás Ramos y Luis Infante, al que más tarde, en 1849, se sumó la primera cervecería moderna de Chile: Cervezas Plagemann inauguró el uso de métodos industriales.Para ese entonces, Blest ya había vendido su fábrica al alemán Juan Stuven Jensen, y a pesar de que seguiría tomando cerveza, haría fama en otros derroteros.
Recién cuando Plagemann sacaba al mercado sus primeras producciones, en Valdivia la familia Anwandter hacía historia a partir de la iniciativa del farmacéutico Carlos Anwandter quien, buscando cumplir el deseo de su mujer de tomar cerveza como la que había en Alemania, decidió tomar cartas en el asunto y elaborar su propio  brebaje. La producción empezó con 36 botellas semanales. Sólo cuatro años más tarde, en 1855, la cervecería Anwandter era una industria con una producción anual de 100 mil litros. Hacia 1883, la sola cervecería Anwandter controlaba la mitad del mercado chileno.

El crecimiento de Valdivia como polo cervecero coincidió con la migración de los emprendimientos porteños a Limache. “Las aguas de Limache tenían un grado de dureza y de calcio muy importante para la fermentación, por lo que la cervecería Plagemann, luego de asociarse a otras cerveceras pequeñas, emigra a esa localidad y crea la Fábrica Nacional de Cerveza de Limache. Y años más tarde, en 1901, la compañía de Limache compró la fábrica de Carlos Cousiño situada en Santiago para formar la Compañía de Cervecerías Unidas (CCU)”, cuenta Morán.
A esas alturas, no había irlandeses en el mercado nacional. Los alemanes, sobre todo en el sur, ya hacían suya la tradición. Y Valparaíso quedaba en una segunda línea.

EL OLOR DE LA CEBADA ES INTENSO EN LA PEQUEÑA FÁBRICA DE CALLE BLANCO, un lugar oscuro, donde bulle la actividad. Lo que comenzó como un emprendimiento tibio hoy es una realidad que ha llegado, incluso, al mundo del retail. La botella que en un inicio tenía a un pirata muy parecido al que interpretaba el actor Geoffroy Rush en Piratas del Caribe (Barbarroja) es casi un símbolo del nuevo Valparaíso y un estandarte en el revival que ha tenido la cerveza acá.
Un argentino dedicado al rubro gastronómico —Fernando Magnatera— y un ingeniero civil bioquímico, especialista en el área de la fermentación —Andrés Arancibia—, unieron fuerzas para iniciar en 2003 la Cervecera del Puerto. “Comenzamos con tres tipos —pale ale rubia, acaramelada ámbar ale y una negra— que la misma gente eligió a partir de encuestas cerradas que hicimos durante 10 meses. Hoy tenemos un portafolio de siete cervezas, pasamos de vender 4 mil litros a una capacidad de 30 mil en el verano. Y además estamos llegando a todo Chile gracias a que entramos en el mundo del retail”, cuenta Andrés Arancibia.

La Cerveza del Puerto se encuentra en las tres grandes cadenas de supermercado: Walmart, Jumbo y Unimarc. “Fue un paso necesario. El retail te permite tener vitrina en un momento en el que han nacido muchas cerveceras”, explica Arancibia.
En ese sentido, la convivencia entre Cervecera del Puerto y la Casa Cervecera Altamira es total. Mientras una apunta a una masividad limitada, la otra es mucho más acotada, y trabaja bajo la etiqueta de boutique, apostando por entrar fuerte como un relevo del vino en su condición de acompañante de las comidas. “En Chile no hay cultura cervecera demasiado extendida, pero sí un gran conocimiento del vino. Es por esa puerta por donde decidí entrar”, explica Morán.
No le ha ido mal. Altamira salió elegida en 2012 como la mejor pale ale de Chile —la categoría más competitiva— en la guía de Pascual Ibáñez. Y la Mestiza —que es la otra marca de la casa cervecera— consiguió medalla de bronce y plata, en su versión negra y ámbar respectivamente, en la Copa de Cervezas de América 2012.

EL NENE CONTENÍA ALGO MÁS DE TRES LITROS DE CERVEZA Y HABÍA QUE TOMARLO CON LAS DOS MANOS, como a una guagua. Era un clásico del Valparaíso de los ’80 y los universitarios, el sindicato de pescadores y los trabajadores del mercado Cardonal hacían romería hasta el bar La Vertiente, en Pedro Montt, frente a la Plaza O’Higgins, para aplacar la sed con semejante coloso. Las cosas se han morigerado un poco y el Nene se ha reducido quedando en apenas un litro 800 cc, acompañado de la Guagua, que contiene un litro 200 cc, el Burrón, que suma un litro, y el Burro, que llega a los 800 cc. Como fuere, esa fuente de soda a la antigua, sigue siendo un lugar donde el porteño robustece su condición cervecera.

No es el único, claro. Porque si hay un lugar que le ha ayudado a los habitantes del puerto a refinarse en su pasión por la cebada, ese es el bar El irlandés. Nigell Gallagher —el irlandés en cuestión— llegó hace nueve años a Valparaíso arrastrado por el amor. Como no encontró empleo en el rubro informático —que fue lo que estudió y en lo que trabajó buena parte de su vida—, decidió lanzarse a la aventura y montar un bar que uniera la tradición irlandesa con la del porteño.
“Al principio tuvimos 15 variedades, pero cuando decidimos tomar el rumbo cervecero, lo primero que hice fue sacar las industriales de la carta y me dediqué sólo a las artesanales, siempre apostando por la calidad. Ahora tengo el bar con la mejor y más variada oferta de Chile”, dice Gallagher, largo, flaco y colorín.

En El Irlandés es posible encontrar un promedio de 200 tipos de cervezas entre nacionales y extranjeras. El mismo Gallagher las importa —incluso hoy tiene un servicio de delivery que te pone la botella de Dinamarca, Irlanda o Estados Unidos en la puerta de tu casa—. Y cuenta con verdaderas joyitas para el cervecero extremo. “En el bar puedes encontrar unas muy exclusivas, como las de la cervecería Rogue, que es de Estados Unidos, de Oregon. Ellos son fanáticos del lúpulo, que es el ingrediente que le da el amargor. Su producción es totalmente orgánica. Y el trabajo de Mickeller, que es un cervecero nómade. No trabaja en un solo lugar, sino que hace colaboraciones con otros cerveceros destacados en el mundo. Ocupa sus instalaciones e intercambia conocimientos, lo que redunda en un producto que va mejorando en cada uno de sus viajes”, dice.
Y aun cuando en su bar es posible encontrar botellas de una quincena de países, la oferta local también lo apasiona. Sin bien hay muchos que se dicen artesanales y que no dan el ancho, Gallagher destaca un par de proyectos que se sitúan en los alrededores de Valparaíso, y que están elaborando una cerveza de calidad: Ruberg, de Villa Alemana, y Granizo, de Olmué.
La corona cervecera parece estar cambiando de dueño. Para desgracia de los valdivianos, los porteños tienen más de un motivo para celebrar y hacer salud, obviamente con ese amarillo brebaje de los dioses.

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