Eran como un remedio. Los vikingos las deshidrataban y cruzaban los mares comiendo estas drupas (racimos compactos con semillas y sin carozo) por su inigualable contenido de vitamina C. Era la única forma de prevenir el escorbuto, esa enfermedad mortal que primero aflojaba dientes y desmineralizaba los huesos por falta de verduras frescas tras meses de vida en alta mar.

Los españoles la trajeron junto a los caballos, para poner límites entre los terrenos conquistados y así nació, como si fuera una hiedra descontrolada, en los campos chilenos. Enormes enredaderas que esquivaban quebradas y se empinaba orgullosa entre suelos arcillosos y con poco riego.

Fue fácil sacarle trote en repostería, licores y mermelada que tiene como secreto de alquimia mezclar un kilo de fruta con dos tazas de azúcar hasta llegar al punto perfecto sobre fuego moderado. El jugo de limón, al final, permite detener el proceso de oxidación y convertirla en gran dulce de conserva para los meses de invierno.

Como kuchen, clafoutis (tarta francesa con una masa similar a los panqueques) y también para rellenar tortas junto a crema de vainilla, es el berry más esperado del valle central. Y aunque en Chile predomina en su variedad Rubus ulmifolius, existen más de trescientas variedades, sin contar las hibridaciones que saca el mercado con nombres como morones (más grandes y con pocas semillas), o franmoras (caprichoso cruce de mora con frambuesas de invernadero).

Como dressing es insuperable. Basta con licuar una taza de la fruta con media taza de limón y otro cuarto de oliva. Añadir sal, pimienta, filtrar para eliminar las semillas y finalmente emulsionar una gran ensalada de hojas verdes, fondos de alcachofa, queso y prosciutto.

Más atrevido es convertirla en sopa. Hay que atreverse con la cocción de cien gramos de mora y tres jengibres pelados que se retiran después del primer herbor. Licuar y filtrar si no se quiere dejar vestigios de pepas. Añadir mantequilla, salpimentar y dejar en un plato hondo para sumergir inmediatamente un pescado graso previamente cocinado sobre una plancha caliente.

Con albacora, mero o salmón, la mora es amiga y ya tiene perdón.