Hace unos días me escapé de Santiago rumbo a nuestro querido desierto de Atacama, con el fin de visitar la fiesta de la Virgen de Guadalupe de Ayquina. Es una fiesta tradicional, donde con gran devoción distintas cofradías le bailan a la Virgen con trajes coloridos y una fe impresionante.
Por comodidad y variedad gastronómica (como me gusta) alojamos en San Pedro de Atacama, un destino indiscutido que logra conectarnos con la naturaleza y relajarnos.

La mayoría de los restoranes en el pueblo ofrecen comida típica chilena, pero a mi parecer Las delicias de Carmen es la mejor picada. Platos grandes (se pueden compartir), caseros, sabrosos y a buenos precios, entre ellos pernil al horno (gigante), pastel de choclo y cazuela. El costillar estaba muy jugoso y se nota el tiempo de cocción ya que la carne se desprendía con mucha facilidad de los huesos ($7.500) y las escalopas, tal como me gustan delgadas y sin exceso de aceite. ($5.000), ambos con dos agregados a elección, nos dejaron con la guatita muy llena y el corazón contento.
Los pasteles no los probé por lo contundente de los platos pero dicen que son una parada imperdible para los amantes de lo dulce.

Por su parte Baltinache es un lugar único de comida “atacameña fusión”. Como decía la chef, su cocina busca mostrar productos y preparaciones propias de la región pero con un nivel de gastronomía superior. Todos los días hay un menú distinto según la inspiración y cada plato contiene un ingrediente típico de la región.

Para partir el sour de rica rica (hierba medicinal altiplánica de sabor fresco) o chañar (fruto chiquito, amarillo y de sabor dulce) son un imperdible,  en las entradas la papa morada del norte me llamo la atención ya que no tiene rasgos de sabor a tierra como la del sur, si no que es más dulce. De plato principal había frangollo (trigo molido de sabor y textura tierna) con pangasius (pescado vietnamita parecido al lenguado) y salsa de granada, y los anticuchos de guanaco (me pareció que la carne era densa pero blanda) acompañados de quinoa mixta con salsa de roquefort y rica rica, ambos muy sabrosos y con sabores interesantes. De postre otra vez la quinoa pero hecha helado, fue una propuesta entretenida.

El ambiente sencillo y acogedor, es sin duda un “debe” en San Pedro. Otra vez los precios están al alcance, por $17.000 pesos, disfrutamos de dos menús (entrada, fondo, postre), dos pisco sour y dos cervezas… más una panera de pan amasado hecho en el día con harina de centeno y sésamo con su buen pebre que desapareció.

Si prefieren comer algo mientras caminan o para los paseos, las empanadas de pino ($800) del Almacén de Vicente son ideales, de masa delgada, jugosas, con carne picada y aunque no sea fino el comentario, lo mejor de todo es que no se repiten. La verdad es que siempre me ha llamado la atención que las mejores empanadas que he comido son en el norte, por la masa y el dulzor de la cebolla.

Finalmente para pasar el sol de la tarde, los helados siempre vienen bien y más aun si son elaborados con productos 100% naturales. Si se animan tienen que ir a la heladería Tierra de sol, donde todos sus helados son producidos allí a base de leche o agua, sin mantequilla ni aditivos ni colorantes, todos preparados el día anterior, lo que permite certificar que son “frescos”. Mis sabores favoritos fueron el Chañar y el de Rica Rica. ($1.500 dos sabores)

Si se animan a ir les puedo contar que en Chiu Chiu se encuentra la iglesia más antigua de Chile, se pueden hacer paseos en llama y que en las termas de Puritama pueden hacerse una “autobarroterapia”, sólo basta con ponerse barro en la cara y quedarán con una piel suave y renovada.

Ya lo saben, si van a este mágico lugar, los datos que les entregué pueden convertirse en un verdadero plus de la aventura.

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