Personalmente me considero un viajero empedernido, mi pasatiempo favorito es mirar mapas por horas planeando mi próximo destino. Sin embargo, todos esos timbres en mi pasaporte se quedan cortos a la hora de compararme con un verdadero viajero, uno que partió de su tierra natal y fue capaz de llegar a cada rincón de esta tierra, el trotamundos más grande que conozco, aquí les cuento un poco de los viajes y aventuras del té.

Corría el año 2.737 AC, el lugar donde comenzó esta aventura fue la provincia de Yunnan, en China. Nacía en esa época el té. Unas simples hojas de una planta estaban destinadas a cautivar a toda una nación y posteriormente al mundo entero.

En un comienzo el té se concentró en recorrer sus propias tierras y fue así como su producción se fue desarrollando alrededor de China, en donde se establecieron plantaciones en todo lugar posible, siendo las provincias del sur donde éste se sintió más cómodo.

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Pero China le quedó chico al té, estaba destinado a llegar muy lejos. Fue durante el reinado de la Dinastía Tang (618 – 906 DC) en que el té partió rumbo al Tíbet, ahí fue intercambiado por caballos dando origen a la famosa “Ruta del Té y los Caballos”, ayudando a formar un ejercito chino más fuerte que pudiera combatir a los bárbaros del norte.

En esa época China era el centro cultural, filosófico y artístico de Asia y de todas partes del continente viajaban a empaparse de lo que los chinos hacían y pensaban. Es así como monjes japoneses y coreanos llegaron durante el siglo IX, descubriendo el gran potencial del té como un instrumento para sobrellevar los procesos meditativos característico de las religiones orientales. De esta forma, se establecieron las primeras plantaciones de té fuera de China.

Paralelo a esto, la popular ruta de la seda que transportaba finas telas y especias a través de Asia se encargó de que el té pasara por Paquistán, la península Arábica y Turquía llegando –después de 600 años– en el siglo XVI a Egipto.

Fue finalmente en 1610 en que el té iba a comenzar a viajar en grande. Su destino entonces fue Europa, y en un gran barco de madera emprendió un viaje que lo llevaría alrededor de toda la costa de África hasta atracar por primera vez en un puerto holandés. Desde ahí fue cuestión de tiempo para que esta bebida china llenara la taza de cada europeo.

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Los viajes en barco no pararon en ningún momento y el espíritu aventurero del té lo llevó a montarse en la joroba de camellos, para comenzar a fines del siglo XVII una travesía que lo llevaría a cruzar las estepas rusas por más de un año, llegando al palacio de los mismísimos Zares, completamente ahumado después de tan largo viaje.

En este mismo siglo XVII el té cruzaba el Pacífico en barcos en los que flameaba la bandera de los Países Bajos para llegar al puerto de New Amsterdam, hoy conocido como Nueva York. Al siglo siguiente ya se bajaba de barcos ingleses en la Perla del Pacífico, nuestro Valparaíso.

Los ingleses no sólo nos trajeron el té a nosotros, sino también se encargaron de plantarlo y cultivarlo en India, Sri Lanka y finalmente en África.

Hoy en día lo encontramos en Australia y Nueva Zelanda, en el resto de Sudamérica en especial en Argentina y Brasil. En islas del Índico, del Atlántico y del Pacífico y por gran parte del Sudeste Asiático. Alrededor del Mar Negro y en Irán e incluso en una pequeña plantación al sur de Londres en Inglaterra.

Desde que salió de China el té no ha parado de viajar. Probablemente si el té cargara consigo un pasaporte, sus páginas ya estarían llenas. Fuimos nosotros los que lo hicimos viajar, y es que esa bebida destinada a la aventura, fue capaz de conquistar a un mundo entero que hoy se reconforta con cada sorbo de té.

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