Los invito a hacer un experimento, agarren alguna bolsita de té que tengan en sus casas, la típica que toman para el desayuno, agarren unas tijeras y córtenla, viertan su contenido sobre un plato y échenle un vistazo, ¿qué encontrarán?

Cuando Thomas Sullivan, un comerciante de Nueva York en 1908, decidió enviar bolsas de seda con muestras de té a sus clientes, jamás pensó que estos iban a sumergir las bolsas en el agua para infusionar su té y mucho menos se le ocurrió que esto iba a revolucionar la industria.

Probablemente muchos de los que están leyendo recuerdan a sus madres y abuelas preparando el té en hoja, pero muchos otros somos parte de la “generación bolsita”. Nacimos en una época en donde la bolsa de té ya se había masificado y la tetera con las hebras en su interior era sólo un simple recuerdo.

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Al interior de las bolsas de té hoy –en la mayoría de los casos– encontramos polvo, exactamente, un fino polvo, conocido en la industria como dust o fanning, siendo esta la graduación o tamaño más bajo que podemos encontrar en el mundo del té. Por lo general asociamos esto a una mala calidad.

Las bolsas de té tienen una serie de beneficios que se asocian principalmente a la comodidad de beber el té. Efectivamente es más limpio, ya que después no tenemos que andar limpiando las hebras de los filtros. Las bolsas de té infusionan más rápido, ya que el polvo en su interior entra en contacto de inmediato con el agua, acelerando la infusión. La cantidad exacta para una taza viene establecida y no hay que calcular.

Pero todas estas comodidades son a costa de una mejor calidad.

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Las bolsas de té son llenadas con tés que se cosechan en zonas de baja altura, en donde la planta produce constantemente sin descansar y la complejidad que puede llegar a alcanzar esa hoja es nula. Éstas son cosechadas con máquinas, que no permiten ninguna selección de lo que estamos recolectando. Posteriormente todo lo que se sacó va a ser molido en un fino polvo, para que de esta forma el té quepa en la bolsa y se pueda infusionar rápido. Esto termina en una infusión, sin sabor, sin aromas y lo que puede ser más importante, sin los beneficios de los que tanto se hablan que posee el té.

Hoy en día la industria de la bolsita ha evolucionado y cada vez encontramos más pirámides y telas que permiten una correcta y práctica infusión de hebras enteras. Si cortáramos y abriéramos una de éstas, no nos encontraríamos un fino polvo, sino las mismas hebras que podríamos comprar en alguna tienda especializada.

Es un hecho que al preparar té en hoja o hebra, nos demoramos y ensuciamos más, pero las ventajas en aroma, sabor y propiedades son únicas y valen la pena el trabajo extra, ¿o no?

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