Recuerda que mientras estudiaba publicidad en la universidad, ya rondaba en la mente de su padre la idea de tener su propia viña. En aquel entonces Giorgianna lo acompañaba a Italia a comprar para Falabella. Fueron los tiempos en los que los Cúneo y los Solari dieron el salto al Parque Arauco, lo que terminaría situando a la compañía como la más grande del retail sudamericano. “Ibamos a Milán, veíamos marcas italianas, y él ya me hablaba de trabajar en el campo del vino”.

En 2002 Giorgianna entró en la gestión de la viña que su padre había fundado nueve años antes en el extremo occidental más fresco de Casablanca, a 70 kilómetros de Santiago. Y pese a todos los pronósticos terminó siendo la primera mujer presidenta de la Asociación de Empresarios Vitivinícolas del Valle de Casablanca, lo que se prolongó durante cuatro años marcados por su firme defensa de esa zona. Fue ella la que ganó la batalla en contra de la instalación de una planta faenadora de cerdos. También la que logró la nominación del Valle de Casablanca como décima capital mundial del vino, y que generó su ingreso al exclusivo Great Wine Capitals, que agrupa a las principales zonas enoturísticas del mundo, como Burdeos, Napa Valley, La Rioja y Porto, entre otras. 

Casada con el mendocino Jorge Aramburu y madre de cuatro hijos —Facundo, Emilia, Lucas y Florencia—, alterna el trabajo en la viña con su participación en directorios relacionados con Falabella, cerca de su hermana Paola.

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Enérgica y trabajadora, comienza por estos días una nueva etapa junto a su padre, que tras dejar la presidencia de Falabella y la primera línea en los grandes almacenes durante 50 años, proyecta dedicarse a sus grandes pasiones: la viña, el campo y los caballos. A los 82 años, Juan Cúneo planea pasar  más tiempo entre el paisaje de los viñedos y las brisas tibias del clima mediterráneo de Casablanca, donde plantó un viñedo de 235 hectáreas y cosecha sus Sauvignon Blanc, Chardonnay, Riesling, Pinot Noir y Syrah.

La experiencia gastronómica no es ajena a esta familia de orígenes italianos, por eso hace ocho años abrió el restorán Tanino. Los Cúneo llegaron de la zona de Chiavari y Corelia, un pueblo campesino cerca de Génova y la parte materna, los Solari, lo hicieron de Rapallo.

—El paisaje de Casablanca ha cambiado mucho durante los últimos 30 años con las 5.700 hectáreas de parras. Y los Cúneo fueron de los primeros en apostar por la zona junto a Agustín Huneeus y después de Pablo Morandé…

—Casablanca fue el valle que eligió mi padre, básicamente por ser una zona nueva, y en pleno desarrollo. Además quedaba cerca de Santiago, lo que le permitía dedicarle tiempo los fines de semana.  Como en todas las cosas que hacemos, ponemos  mucha  pasión,  nos fuimos involucrando. Después él me dio el empujón para que fuera parte de la Asociación de Empresarios Vitivinícolas del Valle.

—En los International Wine and Spirits Competition (IWSC) de Londres el pasado noviembre, Casas del Bosque recibió el premio al mejor productor de vino chileno del año…

—Sí, nos hemos consolidado como una viña que elabora vinos de alta calidad y eso es lo que nos importa. Fue un propósito que nos fijamos cuando empezamos y es una gran satisfacción darse cuenta de que se ha logrado gracias al esfuerzo y trabajo de un gran equipo. Casas del Bosque produce actualmente 100 mil cajas que son 1.2 millones de botellas de vino al año. Se exporta el 80 por ciento a más de 50 países y el 20 por ciento restante es distribuido en Chile. Tanino también se ha ganado su espacio; creamos un deck con una carta reducida  de picoteos al aire libre y hace un mes abrimos al público Casa Mirador, en lo alto de la viña. No buscamos algo demasiado refinado; sino cocinar para los vinos, mostrando los productos tal cual son. Lejos la clave del éxito ha sido el equipo y nuestro chef Alvaro Larraguibel, que viajó este año a Barcelona para perfeccionarse y traer ideas renovadas para la carta de verano.

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 —¿Cuánto pesa lo italiano en su familia?

—Mucho. Con mis padres en la mesa a veces se habla italiano. Mis niños les llaman ‘nonnos’ y comemos mucha comida italiana. Las pastas, la polenta y el parmesano son una prioridad. Casi todos los insumos para la cocina italiana son de allá.

 —¿Y tiene que ver también en la pasión por lo que hace?

—Mucho, soy una apasionada de la vida y de lo que hago. En cada proyecto que emprendo pongo el máximo de mí para que sea exitoso. No soy de las que tienen una filosofía, soy una mujer simple que miro las cosas de manera optimista. Si algo no me parece o no me gusta, trato de trabajar para cambiarlo, pero jamás estaría lamentándome sin hacer nada, eso no va conmigo.

—¿Qué ha significado el vino, la tierra, la naturaleza?

—Entramos en este negocio  hace 21 años y ha sido una experiencia maravillosa. Estoy agradecida por esto. El trabajo con la tierra, ver cómo va cambiando el campo, los viñedos, es extraordinario. Esta transformación creo que se da en muy pocos casos.  Mi padre siempre lo tenía en su mente, a pesar de que a la vez éramos muy urbanos.

—¿Y cómo participa su padre en la gestión de la viña?

—El siempre ha estado de manera activa en la viña, pero hoy lo hace más que nunca. Después de dejar Falabella se ha volcado a trabajar de lleno aquí y en especial en los viñedos. Es sorprendente todo lo que sabe y cómo busca aplicar tecnología en los procesos.

—¿Qué enseñanza rescataría?

—De él he aprendido muchísimo. Lo principal es pensar siempre en quién va a tomar tu producto, quién va a visitar tu viña. El cliente ha sido su prioridad; siempre lo escuché decir esto en Falabella y hoy más de cerca en la viña. Para mí ha sido un privilegio poder disfrutar a mi padre por tanto tiempo y en tan buenas condiciones. Nunca deja de sorprenderme lo visionario y la claridad que tiene para ver las cosas.

—¿Cree que Chile es un país de oportunidades?

—Las oportunidades las crea y se las busca uno. Siempre, en todos los períodos buenos  y no tan buenos existen, lo importante es saber verlas y aprovecharlas.

—Constancia, trabajo… suerte, ¿cuáles son las determinantes del éxito?

—Creo que la visión es casi un don y quienes la tienen son afortunados. Pero para ser visionario hay que salir, mirar. Está todo al otro lado, en el mundo, que va mucho más avanzado. Pero el trabajo es fundamental… es la clave del éxito. Sin trabajo no logras nada. La constancia es lo más difícil, pero creo que es, por lejos, lo que te lleva al éxito.

—¿Cómo vislumbra la situación del país?

—Yo jamás sería pesimista, a no ser que estuviéramos en una situación extrema. Soy optimista por naturaleza, pero en este momento hay que ser realista. Chile está en un proceso complejo donde se están produciendo muchos cambios en un tiempo muy corto. Visualizo un escenario complejo.

—¿Qué planes tiene para la viña?

—Estamos trabajando fuerte en los viñedos, y con algunas ideas en turismo, aunque hoy la prioridad está en crecer en el mercado nacional e internacional, consolidando varios clientes y mercados. Queremos ampliar nuestra bodega para producir lo que están demandando nuestros clientes. Y vamos a apostar por desarrollar nuevos productos, además de potenciar el espumante Bo, que sacamos al mercado hace poco.

—¿Se lleva en la sangre la pasión por los negocios?

—Yo no llevo en la sangre pasión por los negocios; llevo en la sangre pasión por todo lo que hago y me gusta. Uno no puede vivir la vida pensando que todo es negocio; sería una tristeza. Me gusta el trabajo y  por eso me voy metiendo en cada proyecto que hago. Una cosa te va llevando a la otra. Creo que es el mejor legado que les puedo dejar a mis hijos.