“Cocina y amor están tremendamente enlazados. La cocina verdadera, ésa que tú haces con pasión, es una entrega, un regalo, es dar vida. Sin comida nos morimos. El día en que empecemos a tomar pastillas para alimentarnos igual que los astronautas, me muero. No quiero estar ahí”.

Constance Hamilton —no Constanza, como se apura en corregir— vive desde hace años en Devon, en un campo al sureste de Inglaterra donde se dedica a cocinar y amar, tal como en su famoso libro (Cocinando y amando, Aguilar) reeditado este año y cuya segunda parte se anuncia para octubre.

“Desde mi casa veo el mar, aunque esto es campo, básicamente. Tengo una cocina grande, con mucha luz y vista a los frutales y las hierbas que crecen en unos maceteros inmensos con albahaca, tomillo, salvia, romero, menta, toronjil, mejorana…”, dice enumerando los aliños y hiervas que para ellas son esenciales en cualquier preparación.

En este lugar idílico, como de novela (la misma que ella planea escribir con la historia de su vida) Connie vive con su compañero, Peter, a quien conoció a través del sitio de parejas del Daily Telegraph (su tercera pareja gracias a esa famosa página) a quien llama cariñosamente su ‘pinche de cocina’. “Hacemos las compras juntos, jardineamos, nos gusta mucho la música y comer bien”.

Ahora viene llegando de diez días en Irlanda donde fue a rastrear los orígenes de su abuelo antes de que se viniera a Chile. “Peter es videísta y está haciendo un registro con mi historia”, cuenta.

Nunca se casó ni quiso tener hijos aunque reconoce que no le han faltado amores ni amantes. “No es que me haya propuesto, simplemente nací así; libre, independiente, es mi espíritu. No tengo amarras. Si mañana me piden firmar el papelito, me muero de terror, salgo corriendo”.

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La cocina, indudablemente, ha sido su plus en el amor, una manera de atraer a los hombres. “A cualquier persona normal, con la cabeza bien puesta, un corazón que late y un paladar aderezado, le gusta el buen comer, entonces es una forma de seducción, una de las múltiples formas de entrega”.

Y agrega: “La cocina es primordial; no entiendo a la gente a la que no le gusta, que no le interesa, que dice que no sabe o que no tiene tiempo”.

De hecho, agrega que en un rato se pueden hacer cosas muy ricas y no muy elaboradas. “Me gusta la cocina mediterránea porque viví años en Italia y me marcó. También la cocina oriental que es fantástica teniendo los ingredientes a mano. Todo eso está en mi libro”, dice sobre su famosa edición publicada en 2009 y que hoy ha vuelto a las librerías con una segunda parte que llegará en octubre.

Mucho antes de que ser cocinero se pusiera de moda y surgieran los chef súper estrellas, Connie ya tenía un nombre. Sus artículos sobre comida y vino fueron publicados durante 10 años en el cuerpo de Artes y letras de El Mercurio, y las clases de cocina que realizó por 16 años eran famosas entre las mujeres por ahí por los ’80, al igual que su célebre paté, el que fabricó y vendió por más de 30 años. Toda su sabiduría gastronómica la aprendió tras haber vivido 20 años en Europa, acompañando a su padre embajador por Estocolmo, París, Roma y Londres, así como en sus múltiples viajes, entre ellos uno inolvidable al sur de India recorriendo las plantaciones de cardamomo, pimienta, canela, nuez moscada, té…

—¿Qué ventaja tiene alguien que le gusta la cocina versus otro que prefiere comprar todo congelado?

—¡Ah no! Eso es como un divorcio antes de llegar a conocerse. Llevar la comida al grado de placer, de arte, es cultura. Y la cultura es muy seductora.

Porque para Constance se trata de algo más profundo, que habla del alma y el espíritu de las personas. “Todo lo que tiene que ver con la casa, estar en un lugar agradable, decorar, cocinar, la música, la belleza, para mí es primordial. Lo contrario es para morirse: esa cosa fría, práctica, funcional, no va conmigo. Tiene que haber un arte, una belleza. La verdadera vida consiste en entregar, tanto en la amistad como en el amor. Refleja nuestra esencia. Lo importante es poner el corazón y la pasión en lo que se está preparando y para mí es una forma de conectarme con Dios. Es nuestra obligación tomar lo que él nos ha dado en la naturaleza y hacer con ello algo maravilloso”.