Tal vez muchos amantes del vino reconozcan y relacionen el concepto de terroir a su vino favorito, ya sea del Maipo, Casablanca o lugares más lejanos como la Toscana o Burdeos, pero este terruño va más allá del vino, es más bien algo que podemos relacionar con cualquier producto que sea un regalo de la tierra, como lo es el té.

Por muchos años expertos han tratado de ponerse de acuerdo para lograr una definición del concepto de terroir y a mi juicio, en palabras sencillas se reduce a un conjunto de factores que involucran una zona geográfica, un suelo característico, condiciones climáticas, una flora y una fauna, básicamente todo lo que rodea un lugar, habiendo –en el caso del té–, seleccionado una planta determinada, e incluyendo en todo esto la influencia del hombre en ese espacio, sus técnicas para producir un producto que va a ser único, imposible de reproducir de la misma manera en ninguna parte del mundo, ya que jamás se van a poder volver a reunir estos factores de tal forma.

Es así como en el mundo del té y de las hierbas existen variedades únicas que han ganado prestigio, debido a que su terroir le ha dado características que son muy apreciadas y valoradas por nosotros, es decir, los consumidores. La lista es larga y probablemente le suenen algunos nombres de artículos anteriores, tales como Ceylán, Anxi, Shizuoka, Wuyishan, entre otros.

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Hasta aquí todo bien con el concepto de terroir, pero qué pasa si de repente alguien quiere producir un producto similar al mío, pero que no alcanza los estándares de calidad porque su terroir no lo permite y aún así quieren utilizar el nombre de mi producto porque el público ya lo asocia a una calidad determinada. En ese momento es cuando cada uno lucha por su metro cuadrado y surgen leyes internacionales para proteger aquellos lugares de características excepcionales, para que ningún inescrupuloso se beneficiarse de un nombre que no le corresponde.

En el mundo existen casos emblemáticos, probablemente muchos recuerdan cuando el espumante nacional solía ser etiquetado como champagne, cosa que tuvo que cambiar debido a la denominación de origen francesa o las ya legendarias preguntas ¿el pisco es chileno o peruano? ¿cognac, armagnac o brandy?, ¿bourbon o whisky?.

India, por ejemplo, es un país que ha luchado fuertemente por el desarrollo de estas denominaciones de origen. Insólito es, que en el mundo se comercialice mucho más Darjeeling del que se produce, ¿o no?. Recuerdo una visita a la zona de Long Jing en China, en donde los expertos productores podían reconocer sin dudar un segundo a un verdadero Long Jing de uno falso, y es que cosas como esas pasan en todas partes, todo sea por obtener un mejor precio por el producto.

Las denominaciones de origen son básicamente el aspecto legal, la burocracia, el poner en un papel a conocimiento del mundo entero el concepto de terroir, permitiendo la protección de esos lugares, para que su nombre no sea mal usado y se pueda velar por la calidad del producto.

El sentimiento detrás de este artículo es poder felicitar a una de las infusiones más conocidas y populares en el último tiempo, el Rooibos. Esta hierba sudafricana que ya se está comenzando a cultivar fuera de Sudáfrica, ha obtenido finalmente el título de “Indicación Geográfica Protegida” lo que significa que podremos llamar “Rooibos” sólo a aquello que provenga de Sudáfrica. Su terroir se ha hecho valer y con justa razón, probablemente aquellos que ya plantaron Aspalathus linearis (rooibos) en otras zonas del mundo ya se están preguntando ¿y cómo le ponemos?

Porque un Maipo no es un Casablanca y porque un Long Jing no es un Biluochun, respetemos y apreciemos cada terroir, por esos productos que son únicos, imposibles de replicar.

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