La buena mano la trajo del sur. De su infancia en Osorno y después en Punta Arenas. Cuando llegó a Santiago su expertise en tortas a pedido se impuso en todas las casas del barrio alto. Amelia Correa, la misma que junto a sus hijos es la banquetera de las galas del Municipal y de los matrimonios más top del país, admite que primero fue mamá-cocinera-consentidora. “A mis hijos los alimenté demasiado bien”, dice mientras prepara una mesa de terraza con el desayuno perfecto, ese de campeones, el que replica cada año para el Día de la Madre. Nutritivo, energizante y de sabores dulces.

No tenía otra opción. Como mamá de José Manuel, Felipe, Juan Pablo y Amelita Izquierdo, aprendió a lidiar con las mañas y gustos de cada uno. Con el porridge, esa preparación tan tradicional de la Escocia antigua, dio en el clavo.

Su receta, sin embargo, es distinta a todas. “Dejo una  taza de avena quaker remojando con un poquito de agua en la noche”, explica con precisión casera. A la mañana siguiente, agrega un par de cucharas grandes de leche condensada, otra de miel, una manzana rallada, un plátano molido con tenedor y un buen puñado de nueces picadas. El toque ‘maestro’: el jugo fresco de un limón recién exprimido. En versión tibia, es lo mismo, pero con un punto de cocción que no supere los dos minutos.  “Cuando era niña era muy pálida y débil, entonces me lo daban sagradamente”, dice Amelia.

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Para los días de invierno, sumaba sus famosos ‘Scones five o’ clock’. También de influencia celta, ella todavía los  prepara con rapidez. “En un bol se ciernen tres tazas y media de harina, media cucharadita de sal, un tercio de taza de azúcar, polvos de hornear y 85 gramos exactos de mantequilla derretida al final”. Se amasa todo y se hace un hueco en el centro para echar  lentamente  una taza de leche. Uslerear y dejar la masa de dos centímetros de grosor. Cortar en pancitos redondos y hornear por quince minutos aproximadamente sobre una lata enmantequillada. Ya en la mesa, son ideales para untar con mermelada de naranja”.

Con esa propuesta le iba bien. Tenía a sus cuatro hijos contentos. “Porque a diferencia de lo que fue mi niñez, a mí me obligaban a comer luche, guatitas y langosta. Según mi propia mamá, había que estar preparada para todo. Yo, en cambio, prefería que hubiera diversidad”, relata. Ahora repite esos mismos platos con sus nietos y sobrinos-nietos. “Me da pena ver que no tienen más opciones que las salchichas o cereales industriales”, remata.