Las novias de la Antigua Grecia debían comer un membrillo antes de la primera noche con sus maridos. Crudo, áspero y perfumado, era además un fruto que en sí mismo encerraba la promesa de que el primer hijo sería un varón. Un mordisco certero que hacía trabajar la mandíbula y dejar intacto en la boca de la recién casada el perfume de un árbol que, como ninguno, resistía altas y bajas temperaturas desérticas.

Bajo el nombre de Cydonia oblonga, se fue incorporando en la dieta de la mano de mitologías, pasajes bíblicos y relatos del Corán que tiene su origen en las soleadas tierras de Irán y Turquía. Viajero por su capacidad de adaptación, cada membrillo es un guerrero a la intemperie que supera en fuerza a sus primas peras y manzanas.

Se protege con mil féculas y cáscaras impenetrables que terminan con una coraza aterciopelada y pelusienta. En su interior, sus semillas  están envueltas en péptidos que si se remojan y cuecen permiten la elaboración de la más anciana receta de goma de pegar.

membrillo12345

En dulcería aparece como una pasta gruesa, colorada y con una dosis de acidez suficiente como para enfrentar con astucia merengues italianos, hojaldres y dulce de leche, como las famosas tacitas que aún elabora la pastelería La Ermita: un embeleco redondo de raigambre colonial, que usa masa crujiente de alfajor chileno, betún de claras de huevo y en el centro una generosa porción de confitura de membrillo apenas especiado con estrella de anís y algo de canela.

La misma base, menos o más untable, es la gran invitada para tablas de quesos a la hora de cerrar una gran comida. Una costumbre mediterránea, con fuerza francesa y española, que potencia en el paladar la fortaleza de quesos nobles y envejecidos, como manchegos, de oveja, cabra y otros de procedencia holandesa como el edam y el gouda.

Junto a un puñado de nueces y una copa de cognac, moscatel o pacharán, es un postre para ellos, también conocido como ‘músico’. Es ahí cuando los hombres pueden hablar de sus temas a puertas cerradas, bajo excusa de que llegó a la mesa esa pulpa del fruto de las promesas, el mismo que Afrodita ofreció a los hombres para perpetuar su especie.