Desde los tiempos del rey David que el dátil era la fuerza del desierto, un fruto pequeño como un níspero y con una concentración de azúcar que supera a la caña y la remolacha. Un regalo divino para todos. Desde las tierras del Magreb, ‘donde se pone el sol’ en el norte de África, hasta los áridos pasajes del antiguo Imperio Persa.

Por su forma y color similar a la de una piel tostada, recibe su nombre del griego dáktilos (o ‘dedos’ en nuestra lengua). Junto a pescados cocinados con perfume de laurel y sopas de berenjena, eran la dieta de la familia de Jesús, el dulce con lo que se premiaba a los niños y se daba por terminada una comida. Deshidratados naturalmente como si fuera un higo seco, aumentaban su abolengo rellenos con pistachos, almendras y sésamo. Paula Benavente, que compone una trilogía viajera junto a Damien Mercier y Claudio Licci, no olvida cuando los conoció siendo una niña mientras su padre estaba en misión diplomática en Marruecos.

Chocolates-1

“Íbamos a las medinas, un lugar peligroso. De ahí que, de forma inconsciente, no me convencían del todo”. Cuando probaron con la receta del relleno con harina de almendra, pasta de pistacho y luego un reposo de 24 horas en almíbar, cambió su percepción. “Ahora los amo”. Cerca del cristianismo y también del mundo árabe, lo cierto es que un bombón de reconciliaciones, el verdadero y más absoluto de los sabores de Navidad. Nada menos que el caramelo de un niño Jesús que aprendía a dar sus primeros pasos.