Mientras la langosta chilena se cocina a fuego lento y la salsa de huevo de salmón lanza su último hervor, Christian Sinicropi (44) da vueltas por la cocina del Hotel Grand Hyatt de Santiago buscando el condimento perfecto. Entre cuchillas y cacerolas, el chef que porta dos estrellas Michelin sobre su filipina color pistacho, se mueve como pez en el agua, al tiempo que supervisa y dirige el trabajo de sus compañeros. Sin hablar ni un ápice de español y apenas manejando el inglés, no le queda otra que repetir las instrucciones en su francés nativo, cerciorándose de que todo esté perfecto para su cena debut.

Es que luego de casi 20 horas de viaje, el chef de Cuisine del Palm d’Or en Grand Hyatt de Cannes, dejó la sofisticación de las cocinas francesas para sumergirse en el desorden y la versatilidad de la gastronomía chilena. En una visita de ocho días, Sinicropi pudo recorrer los principales flujos gastronómicos de Santiago en una ruta que lo sorprendió más por las similitudes con su tierra natal que por las diferencias. “El clima mediterráneo del sur de Francia es bastante similar al que encontramos en Santiago, así que pueden cocinarse alimentos parecidos”, sostuvo. A lo largo de su carrera, ha podido experimentar una infinidad de ingredientes provenientes de todo el mundo y Chile lo sorprendió por su intensidad. “He tenido la suerte de probar frutas y verduras en varios países. Pero puedo asegurar que una de las mejores son las chilenas. Tienen un sabor intenso y 100 por ciento natural. ¡También me sorprendió la inmensa variedad de papas!”, exclama riendo.

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Horas antes, entre el voceo de los comerciantes ofreciendo sus productos y la infinidad de aromas que emergen desde la Vega Central, Christian Sinicropi casi parecía un turista más mientras seleccionaba los ingredientes que compondrían el menú que presentaría en el restorán Senso. Atraído por el exótico universo de colores que se esconden entre los pasadizos del mercado, nadie hubiese adivinado que se trataba de uno de los chefs más connotados de Francia. Ajetreado entre el gentío, se esmeraba en escoger los ingredientes justos, para lograr la comunión perfecta entre belleza, sabor e identidad. Características que se ha preocupado de desarrollar en sus creaciones desde los inicios.

En plena adolescencia, Sinicropi ya sabía que lo suyo era la cocina. A los 15 años enfrentó sin miedo a su madre y reveló que deseaba dejar el colegio y desviarse por los caminos del arte culinario. Pese a ser una decisión arriesgada, ella lo apoyó. Sus comienzos fueron en restoranes locales antes de obtener un título como chef profesional. Escuchando, leyendo y por sobre todo mirando, Christian subió en el escalafón gastronómico y su carrera despegó con fuerza en torno a las estrellas Michelin. Primero fue chef de Partie en La Bella Otero (dos estrellas), luego se fue a Le Buerehiesel (tres estrellas) y después trabajó en el renombrado restorán de Mónaco Luis XV, también de 3 estrellas. En 2007 fue elegido como el chef de Cuisine del Palm d’Or en Grand Hyatt de Cannes, puesto que mantiene orgulloso hasta el día de hoy y que lo pone a prueba constantemente. “La clave del éxito es trabajar duro y encontrarse con las personas adecuadas en tu camino. Yo tuve grandes maestros, como Antoine Westermann y Alain Ducasse”, sostiene.

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De a poco, el niño que soñaba con ser cocinero se transformó en uno de los chefs más reconocidos de su país y hoy desarrolla un estilo propio que lo identifica internacionalmente. “Me gustan los aromas, la simplicidad, lo rural, lo ancestral y la identidad de cada preparación”, cuenta. Es que para Sinicropi, todo entra por los ojos. Esto, sumado al amor y la autenticidad de los sabores, logra conseguir que la aventura de crear un plato sea un proceso en perfecta comunión. Tanto así, que junto a su mujer —Catherine—, tomaron clases de cerámica en el reconocido “Eaux Arts” y crearon una línea propia de vajillas. Cada año, para la cena anual del jurado del Festival de Cine de Cannes, Christian crea un menú dedicado a las películas y cada plato se sirve en una muestra de cerámica creada especialmente con el tema de una de ellas.

Alicia en el País de las Maravillas, Charlie y la Fábrica de Chocolates, Casino y Tiburón son algunas de las cintas que tuvieron el honor de contar con su propio menú. Una sinfonía de artes que culmina en el preciso momento en que los comensales saborean la creación y dejan escapar una sonrisa de satisfacción. Las expresiones de gozo al degustar sus platos son música para los oídos de Sinicropi. “No hay nada mejor que provocar placer a alguien a través de la comida”, dice. La gastronomía de lujo, en tanto, es otra de sus inclinaciones. “Contrario a lo que piensa la gente, no es lo más caro, sino que aquello que es inaccesible. En este momento, lo artesanal, lo rústico y lo autóctono es lo más difícil de hallar. Y son aspectos que en Chile uno encuentra en cada esquina”, asegura el chef quien, tras su recorrido por tierras nacionales, quedó con ganas de crear un emprendimiento de agroculturismo. “Un país con tanta variedad de paisajes, geografías y ecosistemas es un sueño para un fanático de la cocina”, dice.

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Campo de oliva chilena en una brisa de sardina mediterránea polvoreado con paprika… Jardín marítimo con toques ácidos de hierbas volcánicas… Terciopelo de verduras con carne King Crab aliñada con cúrcuma… Un menú sofisticado y repleto de sabores fue el que finalmente el chef presentó en la cena. Su trabajo reveló un inmenso respeto por el origen y el cuidado de la materia prima y una tendencia clara por los sabores agrios y el juego de texturas. Así, Christian Sinicropi volvió a Francia con la maleta llena de originales recetas y sus comensales lo despidieron con las papilas satisfechas de nuevos sabores.