En la comedia romántica Bajo el Sol de Toscana, una madura Diane Lane —como estrella de la escena literaria de San Francisco—pasa por un momento sombrío. Parte de tour por Italia y, en una corazonada, se baja del bus y compra una casona para instalarse en un pequeño pueblo. De película. De Hollywood. Pero cuando César Antonio Santis, igual de impecable que en sus tiempos estelares, se asoma en la puerta de una remodelada casa antigua del campesino pueblo de Santa Cruz, pareciera que la ficción está más cerca de lo que uno piensa.

Es una tarde fría en el Valle de Cochagua, el legendario animador de Martes 13, entre muchos otros programas, salió de su oficina para recibir a CARAS. Es viernes y el personal de su restorán La Famiglia, a cuadra y media de la plaza de armas, revisa los últimos detalles de lo que será una noche a tablero vuelto.

Al igual que en la película, acá él tomó una propiedad vieja de Carlos Cardoen que antes era un negocio de licores tradicionales. Echó abajo muros y la hizo suya. Literalmente.

Wp-solis-450

¿Ejemplo? En el bar de la entrada su pistera de adolescente cuelga de un muro con otras dos más en un homenaje al Giro d’Italia. También hay un mapa de ‘La Bota’ con pines para que sus clientes recuerden sitios significativos en ese país. Y, como saliendo del muro, un freezer que simula el capó de un Fiat.

En un recorrido, nos pasa a un salón donde cuelgan sus fotos con estrellas invitadas a sus programas. Ese muro, sobre un piano, enfrenta otro donde están los retratos de íconos italianos, desde Mastroiani a la Loren. Nos sentamos en una mesa bajo la mirada de esos ídolos.

Santis revisa su celular y pega una carcajada. “Estoy conversando por Whatsapp con Arturo Salah y Manuel (Pellegrini). Nos reímos mucho, aunque sea a la distancia”.  Se trata de una amistad que se gestó en el club Universidad de Chile, que ya cruza décadas y fronteras.

—¿Qué se demoró más en ver la luz, este restorán o el estadio de la U?

—(Más risas) Esto ya está hecho. Y la noticia del estadio la hemos recibido varias veces.

Hace años que no va al estadio, desde los ’90, cuando se hizo incómodo ocupar las graderías con las barras bravas. “Con Santiago, me pasó lo mismo: me echó”, explica sobre su nueva vida en Santa Cruz.

Wp-auto-450

—Cómo con el fútbol, ¿cuando la ciudad se puso incómoda y parte con nuevos rumbos?

—El proceso de dejar Santiago fue entretenido. Tengo que estar en un lugar donde me siento bien, motivado y puedo aprender. De lo contrario, no funciona.

Esta inquietud partió hace cuatro años. “Busqué dónde y no había mucho qué pensar sobre Santa Cruz”. Hasta la VI Región aterrizó en pareja, un estatus que era distinto al momento de la entrevista.

“La decisión fue bastante fácil. Esta es una zona donde tengo muy buenos amigos. Además, está muy cerca de Vichuquén, donde he veraneado toda una vida”.

—¿Emigró acá sin la idea del restorán?

—Todavía no estaba en el plan. Pero después me pregunté:  ¿qué voy a hacer para entretenerme?’ Y allí me lancé a este negocio. Vengo de una familia que vive en torno a una mesa. Los orígenes de un clan italiano mezclado con catalán. Mi casa era el restorán de todos el día domingo.

Los temores de lanzarse al giro gastronómico que lo paralizaron en el pasado desaparecieron en Colchagua.

 “Llegué hace dos años. Y creo que es un aporte a la ‘Comarca’, como le digo a Colchagua. No había una trattoria donde la gente se pudiera reunir en este plan de relajo”.

—¿Cómo describe esta etapa?

—Los penúltimos años de la vida.

—¿Se ve como en el final de El Padrino, en el patio con los nietos a su alrededor?

—Es preciosa esa imagen, pero no me veo así. Más bien como el inicio del aterrizaje del vuelo…  Es complejo, porque es difícil terminar la vida donde tú quieres aterrizar.

Hoy César Antonio parte su día como se hace en el campo, al alba. A 15 kilómetros del pueblo, en pleno campo camino a Lolol. Los hábitos cambiaron con diligencias que se hacen a media cuadra entre sí y con la plaza como máximo punto de referencia. “Todo el mundo te saluda. Acá vivimos con transparencia, amistad. Como era , en términos sociales,  hace cuarenta años”.

Wp-cesar-antonio-santis-450

—¿Y, pueblo chico, infierno grande?

—No lo he sentido así. Las personas de la zona me han acogido muy bien.

El animador ya cruza la línea de la sexta década de vida. Se ve impecable. Bien vestido, dinámico, delgado.

—¿Se vio como el nuevo ‘soltero codiciado’ del pueblo?

—¡No! Estoy preocupado de mi pega, mi casa, mi familia (responde con pudor). 

—¿Ve TV cuando llega a la casa?

—Hace mucho tiempo que no. Sólo sintonizo fútbol y algunas cosas de afuera: canales italianos, españoles, CNN y BBC

—¿Dejaría Santa Cruz por una oferta en pantalla?

—No, por ningún motivo. La televisión, como muchas cosas, cambió. Y lo hizo de una manera para la que yo no tengo estructura humana, estética ni ética. No la veo como un medio donde yo tenga un espacio. Tendría que nacer de nuevo.

—¿Tanto así?

—Hoy es “la tele”. Antes era “televisión”.

—¿Había una dignidad en el medio?

—Diría que fundamentalmente había profesionales en todas las áreas. Pero esos son signos de los tiempos y cambios. Hay que saber entenderlo y aceptarlo. Si a la sociedad le gusta ese modelo, será…

César Antonio manejaba en Santiago cuando se enteró de la muerte de Felipe Camiroaga. Su cara cambia cuando le tocamos el tema. Toca fibras específicas. 

—¿Cómo le afectó la noticia del accidente, dado que involucraba sus dos mundos: la televisión y la Fach?

—Te imaginarás… (tiene varios segundos de silencio y nos mira).

“Rápidamente —sigue el relato— me comuniqué por los conductos directos para saber si se trataba de lo que decían los medios. Cosa que se confirmó. Fue muy duro en todo sentido… Yo perdí ahí a seis amigos y camaradas”.

—De la Fach.

—Perdí gente querida, quizá no tan conocida como Felipe Cubillos y Felipe Camiroaga.

—¿Cuál fue el sentimiento que siguió?

—Fue tan duro y tan complejo. También por el lado de la Fuerza Aérea. Como todas estas cosas, existe la lectura que tienes derecho a hacer.

—¿Ud. ya tiene una lectura?

—Yo sufrí mucho y acompañé a la gente que comanda la Fuerza Aérea y que vivió momentos tremendamente difíciles. De hecho, estaba en la isla cuando tuvimos un accidente en medio del proceso de la búsqueda. Perdimos a un mecánico. ¡Y yo estaba ahí! ¡Ahí!

—¿Era apoyo voluntario o participó del rescate?

—Estaba ahí porque tenía que hacer una pega

No da detalles. Mantiene el secretismo que le pide el uniforme azul. Y continúa: “Son esas cosas que la vida te pone al frente. No vamos a decir que una persona vale más que la otra. Obviamente que lo de Camiroaga fue un impacto brutal. ¡Brutal! Una persona tan joven… Como tantos que iban en ese avión. Mal. Mal… Triste”.

Wp-plato-450

—¿Pero, cuál es su conclusión?

—Mira, los que volamos tenemos una filosofía bastante clara respecto a estos eventos. No es que manejemos una capacidad mayor para asumir hechos como éste, pero la mirada más técnica claramente te lleva a encontrar respuestas en ese plano.

—¿Piensa que va a costar mucho que cierre la herida en la Fach? ¿Cómo es estar en esa frontera, la de la TV y la uniformada?

—Es curioso, ni siquiera me había dado cuenta de la cercanía. Es complejo hacer un análisis y tampoco creo que, a esta altura, sea bueno. Las instancias que queden por delante entre quienes se sientan afectados son legítimas. Ya veremos qué va a suceder.

—Siempre se habló de Felipe como tu sucesor.

—El era un chico de principios bastante fuertes. Y diría que de la generación joven que venía detrás mío, siempre mostró solidez como hombre, como profesional. Y la gente lo captó, de ahí el afecto que le tienen. Cuando llegas a las personas, independiente de toda la parafernalia que te rodea, se capta.

—El, como Ud., también planeaba  irse de Santiago al campo.

—Quizá, como yo, jamás pensó eternizarse en la televisión. Es sólo un medio, un trabajo al igual que tantos. Y es duro, exigente. Tienes una recompensa cuando logras una relación con el público. Yo la siento hasta el día de hoy. Salgo del restorán y la gente es afectuosa. Se acuerda de mí. Y eso es como tener un capital guardado.

Las copas todavía tienen cabernet. Pero ya termina la comida. Los clientes —de la zona y turistas extranjeros— empiezan a ocupar sus mesas reservadas. Las miradas se dirigen a César Antonio Santis, él se las corresponde. Luego, él regresa su atención a nuestra mesa y retoma la tragedia aérea de Juan Fernández para una reflexión final.

“¿Quién decide? ¿Por qué? Por eso digo que la vida que se tiene es responsabilidad de uno. Lo hecho ‘a lo ancho’, porque ‘a lo largo’ nunca sabes cuánto tiempo te va a tocar. Y eso significa, en mi caso, despertarse todos los días contento y estar feliz de estar acá”.