Llegó el otoño, sí, claro que llegó, aunque con esto del calentamiento global no se notan tanto los cambios de estación en cuanto a temperatura y aspecto sensorial: luz, aire, etc.

Lo cierto es que como las frutas y verduras tienen sus momentos del año, las personas también aunque estoy seguro de que la mayoría prefiere las medias estaciones: otoño y primavera.

Curiosamente, la comida también podría dividirse en otoño/invierno – primavera/verano donde los fines de unas y comienzos de otras nos harán extrañar los platos que se dejarán de probar por un tiempo como el pastel de choclo, las humitas, los porotos granados, y les dan la bienvenida a otros como las cazuelas, las legumbres en general y el caldillo.

lentejas

Así, empiezan a desaparecer platos brillantes de verduras frescas y estos mismos se hacen más opacos por su falta. Un ejemplo claro es el charquicán, que en verano brilla con arvejas, choclos, porotos verdes y en invierno nos cobija y da calor pero no color ya que se remite a los ingredientes básicos ¡pero sigue siendo rico!

Con la llegada del otoño, comienza la temporada de sopas, caldos, guisos y platos de sensación calórica pero no necesariamente altos en grasas ni calorías. Sin dudas, es la temporada del té y el café con leche y también es protagonizada por chocolates y golosinas -que asumimos sin culpas cuando tenemos mil capas que nos tapan el cuerpo-.

Soy un fanático de los porotos granados y estoy seguro que los extrañaré. Pero, si hay un plato que disfruto de esta temporada son las cazuelas.

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