Hace pocos días atrás escuchaba al clan Rocka luego de ganar nuevamente como el mejor restaurante del mundo: “los primeros lugares son inmerecidos, como lo han sido anteriormente y lo seguirán siendo”.

No se si fueron las palabras exactas, pero el sentido de su frase es el mismo: los ganadores del mundo ganan por detalles que a veces dejan disconforme a otros, haciendo que la envidia, la suspicacia y la famosa mala leche haga que los artículos que se escriben pongan en duda el premio obtenido.

Artesian es un bar que se encuentra dentro de un hotel lujoso, por lo que si se requiere de algún material con urgencia, la solución está a la mano. Eso es cierto y no se puede negar. La otra cara de la moneda es que al estar dentro de un hotel lujoso, donde frecuentan las estrellas de cine y música, donde la alta sociedad se da cita, donde el zapato más barato cuesta el sueldo de varios, nos damos cuenta de que el nivel de exigencia es indudablemente más de lo que tenemos (o soñamos tener), en Chile.

Simone Caporale, head bartender, bar manager, jefe y capo de Artesian decía hace poco: “lo mejor es que Artesian funciona mejor incluso cuando no estoy en la barra, es un agrado que todo nuestro equipo sea anfitrión en casa”. Puedo dar fe de ello. Carla, camarera portuguesa con la que tuve la suerte de ser atendido, conocía cada una de las recetas, preparaciones y triquiñuelas que el bar podía ofrecer. La sonrisa no abandonó su cara aunque no solicitamos nada para comer y presionamos por estupideces porque sabíamos que estábamos en el mejor del mundo. Cero faltas, cocteles de tremenda factura y atención que superó la expectativa.

Desde lejos mirábamos a Caporale, preparando cocteles en un bar lleno pero que seguía siendo atendido por Carla y los demás miembros del equipo sin ningún apuro aparente, pero donde los cocteles no se demoraron más de seis minutos en llegar a ninguna mesa, independiente de que las calcetineras, como les decimos en Chile, estuvieran fuera del hotel esperando por ver a Lady Gaga, logrando que los más adinerados siguieran preguntando por el “coctel de la piña” sin realmente saber el trabajo que significa preparar ese Tanqueray con ahumados de naranja y zanahoria.

Imperturbable, profesional, sin sonrisa pero tampoco con transpiración en la frente o el seño fruncido, amable pero lejano como un bartender atareado debe estar, con las manos ocupadas y tres cocteles al menos frente a él en preparación constante, Caporale no se detuvo ni un solo minuto en los casi 45 minutos que estuvimos en el bar.

El número uno estaba ocupado, el bar estaba lleno, no era hora de saludos ni presentaciones. Era el momento del servicio, y eso hace que el número uno se merezca su lugar.

Mis respetos por esa consecuencia, por ese desempeño y por compartir con un equipo entero “el saber hacer”.

Mis respetos a Simone Caporale y Artesian.

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