Debemos estar en uno de los peores momentos de la historia alimenticia mundial. La mitad del mundo se atiborra con papas fritas y café y la otra mitad se muere de hambre. Hay una pequeña elite que domina portadas, noticieros y artículos en revistas y nos da la ilusión de que todos estamos comiendo súperalimentos de nombres raros como quínoa, maqui o kale, pero para la gran, gran mayoría, esta no es la realidad.

De partida, no todos contamos con 15 mil pesos diarios para un café orgánico con un pote de avena con berries, un jugo prensado en frío a media mañana, una ensalada de hojas frescas e hidropónicas, pan integral recién hecho junto a una cena de salmón ahumado y un vaso de kombucha antes de dormir. Entonces vamos al McDonalds, nos compramos sopas atiborradas de sodio y pensamos “filo, comí y ya no tengo hambre”. Somos víctimas de la falta de tiempo y culpables de tomar atajos con lo único que no podemos tomar atajos: la comida. No se cómo, pero se metió en todo el mundo la idea de que comer comida real no es una necesidad, y sí, lo es.

¿La solución? Ni la dieta mediterránea ni el agua Evian ni los batidos de espinaca ni convertirse en un gurú de los antioxidantes. Se trata de algo tan simple como comer menos cosas enlatadas y llenas de preservantes. ¿Muy difícil? Algunos consejos.

1. Come local y en temporada: evita alimentarte de vegetales o carnes que han viajado miles de kilómetros antes de llegar a tu refri. Si tienes la posibilidad de comprar verduras de algún campesino de la zona, acceder a un huerto urbano o cultivar tu propia casa (se puede incluso en la terraza de 10 m2), hazlo. Estarás ahorrándote dinero, hormonas y pesticidas.

2. Usa tu cocina: Si tienes 20 minutos diarios (que los tienes) date el tiempo para encender tu cocina, comer algo casero (un omelette de verduras no toma ni 10 minutos) o prepararte algo rico para llevar al trabajo. Será mil veces más nutritivo que comprarte algo que hizo quizás quien, quizás cuando, quién sabe con qué y en qué condiciones.

3. Busca tu camino: Si almorzar una lechuga con limón es deprimente para ti, entonces opta por otras alternativas. Si eres como yo, unas verduras asadas son un festín fácil y rico (prueba con meter al horno zanahorias, papas, harta cebolla e incluso zapallo o pimientos, báñalos en aceite de oliva con un poco de sal y pimienta por 40 minutos y voilá). Cualquier vegetal asado en un grill con un poco de ajo es irresistible.

4. Planifica: Según yo, normalmente terminas comiendo una Big Mac simplemente porque no te organizaste. Si te haces la costumbre de ir a la feria una vez por semana y planificas lo que vas a comer de lunes a viernes tu vida será mejor y más saludable. Y cuando el hambre ataque, algún yogurt, nueces, frutas frescas o avena son excelentes snacks.

5. Comer es placer: Que no se te olvide disfrutar cada bocado. Basta un poco de preocupación para darle sabor y onda a platos simples y fáciles. Condimenta, prueba, experimenta. Si comer se convierte en una lata, ¿vas a entregarte a la comida procesada al primer flaqueo?

6. El fin de semana no hay excusas: Anda a la feria, busca ideas, invita a tu familia, prueba sabores nuevos y volvamos, de a poco, a comer rico y real. La receta de ñoquis de la abuela, el pollo al jugo de tu mamá. Hay miles de platos que nos traen recuerdos y siempre es lindo perpetuar alguna preparación que nos recuerde el hogar.

No se trata de abandonar para siempre el azúcar o olvidarse de consumir colorantes, porque enfrentémoslo, no lo vamos a hacer; pero no nos cuesta nada darle a nuestro cuerpo, que tan mal lo tratamos, un poco de cariño.

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