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El refugio salvaje de Borneo

Sandakan

Por: admin

Por Por Alejandra Michelsen

La idea era ver orangutanes en una de las cuatro reservas que hay en el mundo, pero la ciudad y sus alrededores ofrecen mucho más. Un lugar donde se detuvo el tiempo, anclado a las tradiciones chinas y musulmanas, un centro de ecoturismo a nivel mundial.

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Sandakan es la segunda ciudad más importante de Sabah, estado al norte del Borneo malasio. Como puerto que se abre al mar de Sulu, ha recibido desde el siglo XIII a comerciantes asiáticos, principalmente chinos, los que terminaron quedándose en esta región, impermeables a la influencia británica que la designó como capital de su protectorado. Se le llamó la pequeña Hong Kong y se dice que fue residencia de un gran número de millonarios. Poco queda de esa época, luego de ser devastada por las fuerzas japonesas en 1945. En la actualidad, caminar por sus calles es retroceder en el tiempo: los negocios chinos ofrecen aletas de tiburón y nidos de pájaros comestibles que prometen prolongar la vida, las tiendas musulmanas —Malasia profesa esa religión moderadamente— despliegan coloridos hijab, los negocios de abarrotes recuerdan viejos locales de provincia y comidas de todos los colores y olores, sorprenden en cada esquina. Las aceras acogen con generosidad a zapateros, vendedores de granos, de frutas, té y especias, incluso a ‘cuidadores de dioses’, como uno vestido de amarillo intenso, al que se le puede pedir un deseo y tocar el gong a cambio de unas monedas. En estas calles no se esconde nada. Hileras de ropa se ventilan de balcón en balcón, a pocos metros del futuro primer gran centro comercial y hotel de lujo que se construye a un costado del animado paseo turístico de la ciudad.

Sandakan es el punto de partida de casi todas las travesías que se pueden realizar en Borneo. Entre las exóticas atracciones naturales destacan las cuevas Gomatong, cerca de Sukao, donde viven murciélagos y anidan cientos de aves que dejan ahí sus codiciados nidos comestibles. A una hora en bote desde el puerto, se llega al parque Isla tortuga, refugio de estas especies marinas. Allí ponen sus huevos al atardecer. Está además, el monte Kinabalu, los primitivos creían que al momento de morir las almas debían subir esta montaña de 4.095 metros, y los ayudaban con ritos a hacerle más fácil el ascenso. También vale la pena una visita a Sabah Pulau Sipadan, con aguas cristalinas, playas y resorts. Una de las mejores zonas del mundo para bucear. Y en Sarawak, el otro estado del Borneo malasio, capital Kuching, conviene una vuelta al parque nacional Bako.

borneo-texto-2Todo es bosque y jungla con humedad y temperaturas altas. Protegidos por esta selva viven las tribus Murut e Iban.

SON LOS CAZADORES DE CABEZA que hacen su vida ajenos al incesante ir y venir del puerto. No se trata sólo de un apodo. Esta práctica siguió hasta bien entrado el siglo XX, y consistía en cortar la cabeza de algún miembro de otra tribu, eliminar sus partes blandas mediante cocción y llevar la calavera limpia hasta una de las casas colectivas donde viven, adornarla con flores y pedirle a su alma que proteja a los habitantes. Es difícil de entender, pero es parte de las tradiciones ancestrales. La célebre escritora norteamericana Agnes Keith fue una férrea defensora de la cultura nativa. Vivió en Sandakan junto a su marido británico encargado de la conservación de la flora y fauna de la zona en la época del protectorado británico. Ella escribió el libro Tierra bajo el viento (1939), que narra su historia de amor hacia Borneo. Su casa en lo alto de una colina en Sandakan es una visita obligada, así como la fracción de Inglaterra —con juego de criquet incluido— que es el restorán ubicado a su costado, todo un oasis occidental cuando se quiere descansar de los fuertes condimentos de la comida local. En los años de Agnes, entre sus empleados se contaba, ni más ni menos, que al hermano del mejor cazador de cabezas de esa época. El encuentro entre culturas llegó a su máximo cuando uno de los nativos fue llevado a Estados Unidos para ayudar en el traslado de animales a zoológicos del país. Luego de permanecer varios meses en la llamada civilización, su reflexión al volver fue la siguiente: “en Nueva York las personas tenían que poner sus nombres en grandes letreros luminosos, porque era la única manera que se conocieran en una ciudad tan grande”, como lo recoge la escritora.

A Agnes la visitaban a diario los orangutanes y distintos tipos de monos, que aceptaban con deleite las fuentes de comida que dejaba en su patio. Algo de esa época se puede palpar en la actualidad a 23 kilómetros de la ciudad.

borneo-texto-4LA RESERVA DE ORANGUTANES DE SEPILOK, una de las cuatro que hay en todo el mundo es una parada obligada para cualquier viajero. Hay distintas alternativas para llegar, desde micros hasta tours organizados. Fundada en 1964, es un ejemplo de rehabilitación de esta especie que corre peligro de extinción por el avance de las plantaciones que explotan el aceite de palma. La visita comienza con una charla y video donde vemos algunas imágenes conmovedoras: con cierta frecuencia pequeños orangutanes quedan huérfanos, o se pierden en la jungla, y son encontrados por campesinos. Ignorando las leyes que prohíben tenerlos como mascota, los enjaulan. Vimos a uno, los ojos tristes y el pelo mustio, tras unos barrotes de madera, con apenas espacio para moverse. Había crecido en esas condiciones y tenía cerca de tres años. A pesar de ser herbívoro por naturaleza, comía salchichas, arroz, tallarines. Ahora vive en Sepilok, aprendió a confiar en los humanos. Las condiciones en el centro son tan atractivas, que, a pesar de estar en libertad, no intentan emigrar. Incluso, algunos que han sido llevados a zonas más lejanas vuelven, casi con precisión británica, a la hora de la comida.

La caminata se hace por un camino de madera que recorre la selva a través de puentes y miradores. Desde allí se pueden observar a los primates en sus actividades cotidianas. De pronto los árboles se agitan, un colorín grande y parsimonioso se bambolea a un metro de mi cabeza, las cámaras fotográficas se activan y una fascinación en silencio es la tónica. La plataforma donde se ubican los monos es amplia y permite a todos tener una buena visión. Llegan desde las copas de los árboles, por docenas. La estrella de la tarde, una madre con su pequeño hijo aferrado al cuerpo.

¿Por qué fascinan los orangutanes? Porque miran con expresión humana y saben vivir en paz. Se mantienen solitarios, arman sus nidos de hojas para dormir en los árboles cada día y las madres mantienen una relación con sus hijos por muchos años.

Una gama de sensaciones más reposadas nos depara el Rainforest Discovery Center, ubicado muy cerca de Sepilok. Se trata de una reserva con un completo jardín botánico, que permite pasear a gran altura por pasarelas entre los árboles y observar orquídeas salvajes y plantas insectívoras. Una atracción imperdible es subir a la torre de más de 30 metros en medio de los árboles. El silencio es distinto en las alturas, una ardilla negra sube a gran velocidad por un tronco enorme y un ave roja decide posarse sobre una rama a escasa distancia. Sus colores son luminosos, como todo en esta región.

LA RESERVA DE KINABATANGAN está en la ribera del río del mismo nombre. Es el más grande de Sabah, con sus 560 kilómetros de largo y uno de los ecosistemas más ricos del mundo. El viaje desde Sandakan dura dos horas por una carretera asfaltada pero de una sola pista. Subimos al bote en Sukao, donde hay distintos lodges para quien quiera alojar. El río es ancho y caudaloso, grandes trozos de troncos y ramas pasan flotando a gran velocidad. Su cauce se desborda varias veces en el año en la época de monzones y es fácil imaginarlo arrasando todo a su paso. Nos cuentan que esta jungla estuvo a punto de desaparecer por las plantaciones de palma y que los habitantes de la zona lograron mantener el entorno. Lo dice el guía mientras hacemos nuestro primer avistamiento, un árbol colmado de monos proboscis, endémicos de la zona. Estos se caracterizan por tener una gran nariz, y los machos además la combinan con un vientre abultado. Una panza cervecera, sería una descripción adecuada. Se reclinan sobre el tronco y reposan, dejando sus largas colas mecerse al viento. La segunda parada fluvial es para observar otra exquisitez de la zona, el hornbird, ave pequeña con un gran pico amarillo, estilo tucán. También exclusiva de Borneo. A lo lejos se escucha el graznido de unas aves gigantescas, que sobrevuelan el bote para cruzar el río. Monos de distintas especies nos han acompañado en el viaje, y al comenzar el regreso, el broche de oro, difícil de avistar: un orangután en estado salvaje. Se ve a lo lejos, un gran hombre negro que escala un árbol. Imagino la impresión de los primeros aventureros occidentales en la zona al ver este extraño ser. Orang uthan significa en malayo ‘hombre de la selva’. El orangután está solo y, ajeno a la expectación que causa, come y come hojas. Esa es una de las razones por las que necesitan una gran extensión de terreno. Esta reserva tiene 4 mil 300 hectáreas. Remontamos el río, embelesados ante el atardecer que cada día parece pintado por un artista con exceso de entusiasmo. Pero aquí, en Sandakan, todo es de verdad.

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