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Estilo

Nortino Oasis de relax

Hotel Tierra Atacama

Por: CARAS

San Pedro esconde aún muchos secretos y uno de ellos es este adventure spa. Su moderna arquitectura, decoración neo-minimalista y gastronomía de lujo lo transforman en un must del turismo en Chile.

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Tierra Atacama nació de una experiencia límite. El empresario Miguel Purcell —uno de los dueños del Hotel Portillo— y los arquitectos Rodrigo Searle y Matías González se perdieron subiendo el volcán Licancabur. Mientras uno se extravió y otro se accidentó, sólo uno hizo cumbre. Agradecidos de haberse reencontrado en el campamento base, se comprometieron a comprar un terreno en San Pedro.

El producto de esa promesa hoy es sinónimo de relajo y cero formalidad. De entrada, un living-salita-bar donde uno puede sentarse y hasta recostarse —si hace frío, con chimenea prendida— a mirar durante horas el infinito del desierto. También dormir la siesta. Porque en el hotel Tierra Atacama se puede hacer nada o pasar días de puraPara los más activos, las alternativas son tantas que hay que planificarse bien: pedalear por los ayllus (dunas) en bicicleta, a 2.400 m sobre el nivel del mar; cabalgar por los paisajes únicos de la Cordillera de la Sal. Caminar dos horas a la quebrada de Kari, bañarse en la laguna Sejas y flotar como si estuviera en el Mar Muerto, o en las Termas de Puritama, con aguas a 33 grados.

El paseo a San Pedro es inevitable. Y mejor aún si se hace en bicicleta. Aunque no en todas las calles está permitido pedalear, este es el método óptimo para llegar, estacionar y conocer este lugar mágico, visitar su iglesia, su museo y los mercados que siempre tienen algo que atrapa. Además, varias boutiques ofrecen moderna orfebrería en cobre, plata y oro, junto a tejidos en alpaca que han evolucionado en diseño y colorido.

Todo esto, con un centro de operaciones inmejorable. Un hotel pensado como un adventure spa, construido en un sitio de alto valor histórico y patrimonio arqueológico.

hotel-tierra-atacama-texto-1LA ENTRADA ES UN LABERINTO DE PAREDES DE ADOBE QUE TRASLADA A OTRA ÉPOCA. Al llegar, la arquitectura del hotel impacta: una magnífica estructura de tierra desteñida de sol que se extiende por la planicie y se mimetiza con los colores naturales. Ya al dejar las maletas en el lobby se comienza a sentir la enormidad del paisaje. El volcán Licancabur parece venirse encima, traspasando los enormes ventanales que miran al desierto.

A sus amplias piezas, que mezclan lo rústico y lo cómodo a la perfección, se ingresa por una sucesión de patios separados por muros de piedra. Cada una cuenta con una terraza privada que invita a una crucial decisión: ¿ducha en el baño o ducha exterior? La posibilidad de hacerlo mirando el altiplano es tentadora. Además de las 32 piezas, hay dos departamentos familiares. Todo, rodeado por la llamada Quebrada de las Higueras, donde también se incorporaron malvas, suspiros y alhelíes. Según cuenta Teresa Moller, el paisajismo apunta a recuperar el carácter agrícola del terreno e invita a los visitantes a vivir la experiencia de estar inmersos en un oasis del desierto. Cuando comenzaron a intervenir la propiedad, era evidente el abandono en que se hallaba: sólo sobrevivían algunos cachiyuyos y un par de árboles como algarrobos y chañares, que ahora son protagonistas de los distintos recorridos y terrazas flotantes diseñadas como áreas de observación, descanso y sombra. “Hoy estamos produciendo nuestra propia quínoa, choclos, melones y zapallos italianos, entre otros cultivos de la región”. Tanto así, que se han transformado en la base de la gastronomía del hotel: ingredientes netamente “altiplánicos” como habas, chañar y algarrobo. La quínoa, por ejemplo, fue la primera en ser cultivada en treinta años en la zona, y la noticia fue tal que todo el pueblo la fue a ver. Desde entonces, cada año se hace una ceremonia de agradecimiento a la Tierra para asegurarse de que la quínoa siga creciendo. Atún de Isla de Pascua o cordero de la Patagonia aparecen como por milagro en el menú, sorprendiendo a los visitantes tanto como las carnes de avestruz, ciervo y pato.
Imperdibles son el atún sellado con semillas de sésamo negro con pebre de mango y palta o el famoso cordero magallánico a la parrilla, con ensalada tibia de trigo mote. De postre, el helado de camembert es otro que saca aplausos.

UMA EN AiMARA SIGNIFICA AGUA. Y así bautizaron el spa de Tierra Atacama. Al aire libre, piscina, tumbonas de mimbre (con suaves almohadas y reposa pies de alpaca) y una tina de madera construida sobre una plataforma completamente privada. Adentro, piscina temperada con camas de burbujas, chorros y cascada. El baño de vapor y el turco logran rehidratar e invitan a entregarse a los tratamientos faciales, corporales, baños de tina herbales y variados envolvimientos con elementos extraídos directamente de la pachamama. Son los encantos de San Pedro… elevados a la máxima expresión. Demostrado: el turismo premium en Chile nada tiene que envidiarle a los más sofisticados destinos del mundo.

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