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Estilo

El crucero de la moda

Especial otoño-invierno

Por: CARAS

A bordo del nuevo crucero Stella Australis descubrimos la belleza de las tierras patagónicas, penetramos el bosque nativo y enfrentamos los hielos milenarios de la Cordillera Darwin.

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El sol pega fuerte en Punta Arenas. Y como cada sábado a las 20:00 horas, el Stella Australis zarpa rumbo a la Patagonia, Tierra del Fuego, Cabo de Hornos y Ushuaia. Es un renovado barco de expedición, más grande y con mayor capacidad con que Cruceros Australis celebra sus veinte años.

Un brindis de bienvenida con el capitán Enrique Rauch da el vamos a esta aventura de siete días por los canales fueguinos y que, en honor a la verdad, uno piensa se harán eternos por ¡terror a marearse!… Pero al final se pasan volando entre desembarcos, actividades, expediciones y una sofisticada gastronomía. Partiendo por la carta que la primera noche ofrecía el comedor Patagonia: timbal de centolla, pescado, filete, todo pensado en los 140 pasajeros de catorce nacionalidades que iban a bordo, entre americanos, alemanes, australianos, franceses, brasileños, suizos y muy pocos chilenos.

Amanecimos navegando el Estrecho de Magallanes, para desembarcar en la Bahía Ainsworth, donde se ubica el Glaciar Marinelli. Una decena de imponentes elefantes marinos llaman la atención en este campo de hielo de la Cordillera Darwin, bautizada en honor al autor de la Teoría de la Evolución que hizo gran parte de esta ruta hace más de 170 años. El barro, viento y humedad no fueron excusas para que los valientes ‘pasajeros-excursionistas’ se internaran por el bosque por más de una hora. De regreso, whisky con hielos milenarios y chocolate caliente para ‘entrar en calor’.crucero-texto-1

Cada día a las 13:00 horas es el almuerzo. En el Salón Patagonia, primera cubierta, el despliegue de finas ensaladas, cebiches, mariscos, quesos, jamones, platos calientes, además de elaborados postres, tortas, frutas y helados resultaba excesivo… El menú caliente varía día a día. Por ejemplo, el chileno tiene empanadas, pastel de choclo, porotos granados, chupe de centolla; el italiano, todo tipo de pastas con las más diversas salsas; y el internacional, las variedades más increíbles de carnes. Todo, acompañado por copas de vino a gusto y una excelente atención del personal, que corren de un lado a otro ¡sin tregua! Pasadas las 16:00 horas la expedición parte a los islotes Tuckers, donde puede verse una colonia de pingüinos magallánicos que suelen llegar en primavera para reproducirse. Y si tiene suerte, también avistar colonias de cormoranes, gaviotas australes, chimangos y tiuques. Eso sí, nada de bajarse, sólo navegar alrededor de la isla principal por 60 minutos y provisto de ropa ultraabrigada y antiagua para no congelarse.

Luego, a las 20:00 horas, la comida, y después la fiesta se arma en el bar del Salón Darwin, en la quinta cubierta. Sí, en la quinta cubierta, porque el Stella Australis es equivalente a un edificio de cinco pisos con 92 metros de largo, más de cien habitaciones, 63 tripulantes, capacidad para 210 personas y más de cuatro mil toneladas de acero que flota. Uno de los guías de expedición oficia de animador e improvisa un entretenido desfile de moda con los propios pasajeros, para luego dar paso a un bingo que enciende los ánimos. El bar está abierto hasta las 24 horas, con su trago estrella: el bloody mary.

El tercer día navegamos gran parte de la jornada por uno de los brazos del Canal Beagle. Próximo destino: Glaciar Pía, una pared de hielo azulada de más de cien metros de frente que desciende hasta el mar. Tras una breve caminata por un sendero rocoso se puede apreciar esta montaña de nieve en todo su esplendor. Aquí el frío cala los huesos.

A bordo, hay distintos tipos de charlas, documentales, clases de nudo… Los con más energía parten al gimnasio en la terraza de la quinta cubierta con variedad de máquinas, trotadoras y una panorámica mar adentro espectacular. Otros leen libros, juegan cartas o cacho en los distintos espacios. El Yámana es más íntimo, con diseños y tapicería fina. El Salón Sky está destinado a conferencias y el Darwin, donde se ubica el bar, tiene un carácter más informal, ambientado con madera y sillones de cuero. Todos estos espacios fueron decorados por Enrique Concha. Resaltan los muebles y objetos de diseño comprados en Europa, Brasil y Chile, como los de las habitaciones, donde hay sólo fotografías del Cabo de Hornos y de antiguas regatas en blanco y negro.

crucero-texto-3LOS VENTANALES DE EXTREMO A EXTREMO DE LAS HABITACIONES son en sí un panorama. Los increíbles paisajes, picos cordilleranos y cadenas montañosas pasan como una verdadera película ante nuestros ojos. Qué decir cuando por el canal Beagle nos adentramos por la llamada Avenida de los Glaciares. En la terraza de la quinta cubierta, capitán, tripulantes y pasajeros celebran el paso de cada una de estas enormes masas de hielo: con aplausos recibimos el avistamiento del Romanche; con cervezas y salchichas el Alemania; champaña y quesos para Francia; el Italia con pizza patagónica y una copa de vino blanco y el Holanda con grandiosos bitterballen y cerveza.

A las seis de la mañana el café humea en el Salón Sky, cuarta cubierta. Una inyección de energía antes del desembarco a las 7:00 en Cabo de Hornos, conocido como el fin del mundo. Aquí se levanta un monumento en homenaje a los cientos de hombres que murieron en estas aguas turbulentas. Sí, porque en este punto el Atlántico y el Pacífico funden sus aguas. Mareo a bordo ¡garantizado!
Por la tarde el desembarco es en Bahía Wulaia, uno de los puntos históricos más importantes de la ruta. Aquí estuvieron Charles Darwin, Fitz Roy y un grupo de aborígenes que fueron restablecidos en la zona tras vivir en Londres con el fin de civilizarlos.

CUARTO DÍA: USHUAIA, FIN DE LA TRAVESÍA… Pero no para CARAS. Hicimos la ruta de vuelta hasta Punta Arenas. Es la ciudad argentina más importante de Tierra del Fuego. Casi todos los pasajeros desembarcan en el puerto para sus próximos destinos, como Calafate o Buenos Aires, y suben 150 nuevos tripulantes, en su mayoría europeos, aunque cada vez son más los brasileños que se suman a este viaje.

Tenemos la tarde para conocer Ushuaia, una mezcla entre Valparaíso y Villarrica, con muchos cafés, chocolaterías y un centro de esquí que funciona gran parte del año.

Cerca de las 20:00 horas, con el tradicional brindis, emprendemos el viaje de regreso. Esta vez dura tres días. Nos internamos por el Canal Murray y la Bahía Nassau, para repetir el circuito Cabo de Hornos y Wulaia.

El viernes navegamos por los intrincados canales de Tierra del Fuego, de indiscutida belleza y con una soledad que recuerda los magníficos territorios inexplorados que aún existen en Chile, como el Glaciar Aguila, al interior del seno De Agostini. Los zodiac nos acercan a la bahía donde nos esperan los ‘hombres de negro’: diez guías de expedición multibilingües que nos conducen y cuidan en cada desembarco.

Una caminata de casi media hora por un angosto y rocoso sendero entre el agua y el bosque nos lleva hasta los pies de esta gigantesca lengua de nieve.

En la noche fue la despedida, ya que al día siguiente, tras una visita a Isla Magdalena, termina la aventura en el fin del mundo.

AÚN NO AMANECÍA y ya ESTÁBAMOS DESEMBARCANDO EN ISLA MAGDALENA. El viento y el frío congelan las manos y paralizan la respiración… De repente, ¡70 mil pingüinos magallánicos! se pueden apreciar en una caminata hasta el faro. Estas aves no miden más de 70 centímetros, pesan hasta cinco kilos, viven 20 años y sus gritos más se parecen a un rebuzno.

La isla es el único lugar de la zona protegido por la Conaf, donde hay guardaparques y estudiantes chilenos y extranjeros dedicados a analizar estas aves.

A las 11:30 el Stella Australis recala en Punta Arenas. Es hora de cerrar las maletas y desembarcar. Nos vamos con la sensación de una experiencia única. El jefe de expedición, Mauricio Alvarez, confirma su misión: “Además de todo lo maravilloso del viaje, los 60 tripulantes establecen con los pasajeros una relación abierta, honesta y frontal, que es parte de nuestra idiosincrasia. La mayoría que se suben al Stella son cruceristas con experiencia, por lo que agradecen una sonrisa sincera y un contacto cercano. En pocos días establecemos un vínculo afectivo, se hace amistad”.

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