Buzios en estado de trance
Playas, carrete y magia
Por María Jesús Larraín Mac-lean, desde Brasil Fotos Camilo Melús
Este lugar seduce con extensas playas, misteriosos ritos, gente alegre y sana locura. A dos horas de Río de Janeiro encontramos algo más que paseos en buggies y caipiriñas.

Pocos lugares en el mundo —como este— nos recuerdan que alguna vez América estuvo pegada a Africa, y luego una hecatombe geológica las separó. El punto de fragmentación está en esta zona y se nota. Porque Buzios posee más de veinte playas e islas donde se pueden realizar actividades tan diferentes como el surf, buceo, natación o practicar el nudismo. Todo esto forma una mezcla perfecta entre diversidad, locura y magnetismo especial que circula a destajo, entre los más de 120 mil turistas que la visitan cada verano.
El mejor lugar para sentirlo es Punta de Lagoihna, que con curiosas formaciones rocosas conforma un panorama ‘marciano’, donde a primera vista, sobran las palmeras y el mar. Aquí se puede ver que efectivamente esta área fue alguna vez parte de Angola. De hecho, los estudios geológicos lo confirman.
Sin embargo, el cartel de entrada dice: Bienvenidos al Himalaya brasilero. Damacio, un moreno y guapo guía del Breezes Buzios resort and spa, nos acompaña a explorar el terreno y lo explica. “A esta zona le dicen así, porque tiene las mismas características que Asia hace 525 millones de años”. Según lugareños y visitantes aquí se siente una atracción especial. A esto se suma que en el aire de Buzios, se respira la brujería. Incluso, el origen del nombre tiene que ver con ella: los ‘buzios’ (pequeñas conchas) son lanzados por las brujas para develar el futuro de los consultantes.Una costumbre que data desde antes de la llegada de los conquistadores. “También hay mucha macumba: hechizos para que los espíritus satisfagan los deseos”, agrega el guía.
En medio de un impactante paisaje está el Breezes, el primer resort que se instaló en Buzios. Con 2.5 kilómetros de playa casi virgen, capacidad para 900 huéspedes, cinco restoranes temáticos, un spa de lujo, 30 talleres que aseguran la entretención y la piscina más grande de América Latina, que recorre todo el resort. Este es el sitio ideal para instalar el centro de operaciones y desde allí recorrer el pueblo y los alrededores.
CON LA NOCHE LOS ÁNIMOS SE ENCIENDEN. La oferta de carrete en Buzios es variada. Hay discos para todos los gustos. Vale la pena atreverse con unas clases de forró o samba para probar el verdadero espíritu brasileño. En el Breezes dan lecciones, con profesores pacientes que ayudan hasta que los pasos salgan a la perfección. Para seguir practicando, nada mejor que Hurricanes, la discoteca más top del lugar. Los barman estarán dispuestos a armarle su trago preferido. Le recomendamos aventurarse con el especial Breezes: una combinación perfecta de licor de menta, malibú, cereza, leche de coco y mucho hielo. Para acompañarlo se puede partir por los ‘frutos’ del mar: camarones, langostas y pescados frescos, preparados por diversos chefs de Brasil, que vienen hasta aquí cada temporada. La comida está disponible a cualquier hora en el Jimmy’s Buffet, el principal restorán del lugar. Le aconsejamos que no se vaya sin probar el Camarón Tropical, preparación de camarones con pulpo y piña.
La mejor manera de conocer el centro de Buzios en la noche es caminando. Acá todo ocurre en la calle. Orla de Bardot y Rúa de las Pedras son vías con no más de 600 metros. Allí se puede vivir la noche: comer, tomar un trago, comprar, bailar y conversar. Eso sí todo a paso lento, y a pesar que encontrará en su oferta gastronómica restoranes muy elegantes, deje los tacos en la pieza del hotel, y póngase ropa cómoda, pero con estilo para recorrer sin límites.
“La vida nocturna es intensa. Las tiendas más importantes de Ipanema y de cualquier otra parte de Brasil tienen sucursales. Puedes conseguir lo mismo que en Río u otras ciudades del mundo con la diferencia que todo está abierto hasta la madrugada”, agrega Thiago Azzedo, uno de los principales empresarios hoteleros carioca.
“Es una ciudad impredecible donde pasa de todo. No me preguntes por qué, pero he visto parejas de luna de miel que se vuelven locas y se separan. Algunos se quedan acá para siempre”, comenta Santiago Agustín, un argentino medio hippie que se instaló hace tres años con su novia, y jamás regresó a Córdoba. Desde esa fecha, Agustín trabaja como guía y asegura conocer Buzios más que los brasileños. “Este es un pueblo que parece tranquilo, pero la verdad es que todo lo que ocurre es extremo. Hasta el amor funciona de una manera distinta. En Buzios pide y se te dará”, dice Agustín.
Y agrega: “Lo que se vive acá es un estado de trance. O te vas para arriba o te vas para abajo. Te atrapa y lo puede hacer para bien o para mal. A eso le llamamos el ‘estado buziano’; te ganás 300 dólares diarios y después a la noche siguiente te das cuenta de que te los tomaste y claro, en temporada baja, te arrepentís, en la alta la plata abunda y a nadie le importa”.
Vale la pena instalarse un buen rato en el centro de Buzios, en la Praca Santos Dumont para entender de qué se trata esto. El paisaje es diverso. Borrachos, señoras de vestimentas blancas, gritos en lenguajes conocidos y otros indescifrables, mucha música, diferentes sonidos, todo mezclado de manera explosiva, con hordas de turistas provenientes de todas partes del mundo, en especial del Cono Sur. La comida es cosmopolita, porque la mayoría de los inmigrantes han instalado sus locales. Hay desde platos tailandeses hasta belgas.
Con tanta migración, poco queda de la aldea de pescadores que era Buzios hace 15 años. “Entonces no teníamos agua ni luz, los hoteles se abastecían con camiones que venían desde Río. Además, los pescadores han adaptado sus antiguos barcos de pesca como una alternativa de transporte o los aqua-taxi que sirven para moverse por toda la ciudad”, comenta Thiago Azzedo.
Fue Briggite Bardot, ‘la madrina de Buzios’, que llegó a estas playas en 1960 arrancando de los paparazzis, quien le dio fama mundial. Con el tiempo, otros como Mick Jagger, Bon Jovi, Los Beatles… siguieron el ejemplo, llamándolo el Saint Tropez de Brasil. Pero sus calles siguen conservando la sencillez y encanto de hace 40 años.
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