La ruta de sus viajes
Los regalos de Eduardo VIII a Wallis
Sotheby’s está de fiesta. En pocos días reeditará en Londres uno de los remates más célebres de la historia. Veinte joyas de Wallis Simpson, que por años han dado la vuelta al mundo, podrían venderse en tres millones de libras.

Tras la muerte de Wallis Simpson en 1986, gran parte de sus joyas fueron subastadas. Fue un momento mítico: más de dos mil personas se reunieron en un acto celebrado en Ginebra y NY, y aunque esperaban recaudar siete, la cuenta final fue de cincuenta millones de dólares para la Fundación Pasteur.
Cartier compró varias de las piezas que ellos mismos habían diseñado y su colección ha dado la vuelta al mundo. A fines de este mes, Sotheby’s volverá a rematar veinte de esos objetos, además de relojes, medallas y otras pertenencias del rey que abdicó por amor y se transformó en duque exiliado. Este es el testimonio de uno de los más grandes amores del siglo XX.
Su amor en una cigarrera
Era fines del verano de 1934 cuando Eduardo VIII, entonces príncipe de Gales, le pidió a Wallis Simpson y a su tía Bessie que lo acompañaran, junto a otros invitados, a un largo viaje de placer por Biarritz, Oporto, Cannes y el lago Como. Ernest y Wallis Simpson, estadounidenses que vivían en Londres, formaban parte del círculo de amigos del heredero al trono inglés, aunque no está claro si Eduardo y ella ya eran amantes. A principios del año siguiente, volvió a invitarlos a esquiar en los Alpes. Ernest declinó la invitación, pero su mujer sí se sumó al grupo. Fue la primera vez que regresó con un regalo del príncipe: una horquilla de diamantes para el pelo. En agosto, otra vez sin su marido, Wallis acompañó a Eduardo (a quien sus cercanos llamaban David) en sus vacaciones a Cannes, Córcega, Austria y Hungría, tal y como cuenta en sus memorias, El corazón tiene sus razones. Ese año, como regalo de Navidad, Wallis le dio una cigarrera de oro con un mapa de Europa. Todas las ciudades y rutas que habían recorrido durante esos dos años, figuraban grabadas con esmalte y piedras preciosas. El mensaje interior, Para David de Wallis, era una prueba de su amor prohibido. Tres semanas después murió Jorge V y Eduardo se convirtió en el nuevo rey de Gran Bretaña e Irlanda, y en emperador de la India.
A mediados de 1936, el nuevo monarca convocó a sus más íntimos a un crucero por la costa Dálmata, Grecia y el Bósforo. Su relación ya era conocida —y criticada— y fueron perseguidos por los paparazzi durante todo el viaje. Las vacaciones terminaron en París, pero el rey adelantó su regreso a Londres “para retomar mis funciones y enfrentarme a un problema personal que ya no podía dejar más tiempo en suspenso”, contó en sus memorias, La historia de un rey. En diciembre de ese año, y tras el rechazo de las instituciones inglesas a que pudiera casarse con una mujer divorciada y con mala fama, el monarca abdicó “porque es imposible desempeñar mis funciones sin el apoyo de la mujer que amo”, dijo en su discurso ante la nación. Tiempo después, cuando ya era duque de Windsor, hizo grabar ese último viaje en la cigarrera.
Joya acusatoria
Viajando por la costa Dálmata, Wallis fue vista con una pulsera de la que colgaban varias cruces de diamantes, esmeraldas, rubíes y zafiros. Dado que Eduardo tenía una afición por ese símbolo cristiano, el brazalete fue considerado una prueba de su relación. Cada cruz tenía grabados un mensaje y una fecha. La de 1934 —tras su primer viaje juntos— decía ‘WE are too’, interpretado como ‘Nosotros también estamos enamorados’. En la de marzo de 1936 se leía ‘Que las cruces del rey bendigan a WE’, justo después de que Eduardo fuera coronado. Otra de ellas fue grabada después de que él recibiera una amenaza en un desfile: de ahí la inscripción ‘Dios salve al rey’. A medida que pasaron los años, Wallis fue añadiendo otras. En una de ellas se puede leer la fecha en que el duque fue operado de apendicitis (1944) y en otra figura, por supuesto, el día de su matrimonio, el 3 de junio de 1937. La pulsera está valorada en 450 mil libras (más de 300 millones de pesos).
Con sus iniciales
Para celebrar sus veinte años de matrimonio, el duque de Windsor encargó a Cartier un broche en forma de corazón elaborado con diamantes, esmeraldas y rubíes, con las iniciales de ambos. Eduardo y Wallis, que se casaron con 43 y 42 años respectivamente, no tuvieron descendencia.
El escudo del duque
Tras la abdicación, Eduardo se tuvo que marchar al exilio. Mantuvo el tratamiento de Alteza Real y le otorgaron el Ducado de Windsor, un título que, a diferencia del anterior, sí pudo compartir con Wallis al casarse. El escudo de armas del duque se distinguía por llevar encima una corona imperial. Eduardo, siempre detallista con su mujer, le regaló en 1948 un necessaire de oro y brillantes decorado con su nuevo emblema.
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