La íntima celebración de los Windsor
Nochebuena en Sandringham
Cada año la casa real celebra la Navidad siguiendo costumbres heredadas por siglos. Aunque algunas de ellas han ido adaptándose a los tiempos, y otras han sucumbido a los recortes presupuestarios, el refugio familiar sigue siendo en los bosques de Norfolk.

Las luces del árbol de Navidad están encendidas. Son las 20:30 y en el interior de Sandringham House, en Norfolk, al este de Inglaterra, la familia real está lista para empezar a celebrar.
Es el 24 de diciembre y todos, absolutamente todos, están vestidos de gala. Como es costumbre, después de abrir los regalos tuvieron tiempo suficiente para cambiarse de ropa y regresar al Salón Blanco, donde la reina Isabel II, su marido el príncipe Felipe y su hijo, el príncipe Carlos, los esperan tomando una copa de martini.
La mesa del comedor aguarda engalanada con vajilla de porcelana fina, cubiertos de plata y flores de Nochebuena cultivadas en los viveros de la casa. Es una cena íntima, con los familiares más cercanos y queridos, que dista mucho de las multitudinarias celebraciones realizadas días antes en el Palacio de Buckingham.
La reina toca una pequeña campana para anunciar que ya están todos en la mesa y entonces el cordero al horno hace su humeante aparición, seguido de numerosos y elaborados platos secundarios acompañados de vino blanco. Al final, llega el postre predilecto de la monarca: tarta de manzana caramelizada bañada con crema de brandy.
La botella de champaña sólo se descorcha y se toma con el postre. La velada concluye con varias tasas de té aromático y horas de conversación.
Este ritual se repite así año tras año.
La celebración de Navidad, como mucho de lo que sucede en la familia real, está dictada por la tradición. Y el protocolo es claro, incluso para abrir los regalos. Todos los invitados deben esperar a que la reina dé una señal para romper el papel y mirar el contenido. Es una terrible descortesía ignorar dicha regla.
Lady Diana confesó tener problemas con esta norma. Su curiosidad la hacía adelantarse y abrir los regalos antes de tiempo. Y lo peor es que temía que sus hijos heredaran ese hábito. En una de las cartas subastadas recientemente por más de 48 mil dólares (23 millones de pesos), Di escribió a su gran amiga Janet Filderman que era posible que su hijo William estuviera siguiendo sus pasos. “¡He encontrado papel de regalo en las más insólitas partes de la casa!”, le dijo.
Ser invitado a Sandringham significa la aceptación de la reina. Nadie que no haya acudido a estas celebraciones navideñas puede decirse miembro de la familia real. Por eso cuando el príncipe Carlos se casó con Camilla su inclusión era clave para saber si su presencia era realmente aceptada por Isabel II.
Esta residencia —propiedad de la familia real desde 1863, cuando la reina Victoria la adquirió— es la preferida de la monarca debido a la intimidad que posee y al paisaje del condado de Norfolk que adora.
El BRINDIS CON LOS EMPLEADOS del palacio de Buckingham, es otra tradición que la reina conserva de su padre y abuelo. Ahí reparte los regalos. Además, por décadas la monarca tuvo la costumbre de celebrar una gran fiesta bianual en la que todos los miembros del staff, más de mil 500, estaban invitados a comer y bailar por largas horas. Para muchos, esta fiesta es uno de los motivos fundamentales de su incursión laboral en palacio. Pero a pesar del revuelo que siempre provoca entre el personal, el festejo —programado para el 13 de diciembre— tuvo que cancelarse este año por motivos económicos. Es la primera vez en sus 58 años de reinado que Isabel II toma una decisión así, tras considerar que sería imprudente gastar alrededor de 81 mil dólares (38 millones de pesos) cuando el país atraviesa por una difícil situación financiera.
La entrega de regalos sigue celebrándose en el salón Bow de Buckingham, pero ahora nadie puede escoger. La reina ha optado por comprarles a todos lo mismo. El año pasado regaló una caja de portavasos y el 2008 una botella de champaña. Anteriormente había dado un marco fotográfico de plata. Siempre incluye su pudín favorito.
Aunque la monarquía se adapte y algunas de sus costumbres hayan cambiando un poco, los festejos más íntimos se siguen desarrollando invariablemente en la quietud de Sandringham House.
Envíe su opinión sobre este artículo a actualidadcaras@televisa.cl

