Estilo

Perú de lujo

Turismo

Por: Macarena Villarino

En lodge de primera en pleno Amazonas, la mejor causa peruana en una hacienda prehispánica y un hotel boutique con olor a palo santo quemado incluye este viaje que tentaría hasta al más sofisticado de los viajeros. Sin duda, otro Perú.

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Nunca fui mochilera. Tampoco muy out-door que digamos… Por eso, siendo una joven universitaria me salté a pie juntillas, y sin un ápice de arrepentimiento, ese típico viaje de la edad, aperrado y aventurero, por los dominios del Imperio Inca. No es que me sienta orgullosa pero la verdad sea dicha: me gustan los buenos hoteles, el aperitivo de la tarde, una buena propuesta gastronómica y todos esos detalles que convierten el viaje en una experiencia llena sensaciones.

Conocí Cusco y la selva peruana quince años más tarde que mis contemporáneas, pero en un viaje francamente alucinante. Ahí, en el centro histórico, en la Plaza Las Nazarenas, en una casona española del siglo XVI en la que se presume vivió el conquistador Diego de Almagro, empezó esta ruta Perú de Lujo. La Casona Inkaterra, un hotel boutique con once suites dispuestas en torno a un patio central, con arcos de ladrillos y pilares de piedra originales. Puertas y balcones restaurados en madera tallada, y una decoración sobria y elegante con muebles cusqueños, tapices andinos y toques barrocos coloniales, es el mejor comienzo. El olor a palo santo quemado inunda todos los espacios y las infusiones de coca y muña (menta) son una fórmula infalible para evitar los molestos efectos de la altura.

Chimeneas encendidas en cada pieza, mozos impecables que llevan y traen sendos jarros de plata con agua mineral bien helada, y música clásica de fondo, facilitan la sensación de relajo total. Pero no se equivoquen, porque La Casona además tiene todas las comodidades modernas imaginables: wifi en las habitaciones, pisos calefaccionados, estaciones iPod, baños muy amplios en mármol de Carrara, sábanas de muchos-muchos hilos y todo tipo de cremas y lociones hechas especialmente para Inkaterra. El desayuno y el té —incluidos en la tarifa—, son supremos: café-café, jugos naturales, scones, mermeladas caseras, queques de canela y variedades de panes amasados ahí mismo.

peru300Perderse sin destino es el mejor panorama. Calles angostas, empinadas y de piedra caracterizan el centro histórico de Cusco. El color del adobe, las cúpulas de las iglesias que inundan la ciudad y el tono azul añil de puertas y balcones, caracterizan esta verdadera joya precolombina. Imperdible es el famoso Qorikancha o Templo del Sol, la construcción inca más opulenta convertida después en la iglesia católica de Santo Domingo. La Catedral, en la plaza principal, con la mejor colección de arte colonial de la ciudad, o la de los jesuitas, junto a la misma plaza, y que pelea palmo a palmo con la majestuosa catedral. Un paseo por el vibrante y colorido Barrio de San Blas, que reúne a los mejores artesanos cusqueños, por la Plaza San Angel con su preciosa iglesia, o por el imponente campo religioso-militar de Sacsayhuamán, a la salida de Cusco, coronan un día glorioso.

Para no marearse después de tanta cultura: un pisco sour doble en el Cicciolina (calle Triunfo 393, 2º piso), acompañado de pulpito con salsa mediterránea, rúcula, albahaca, oliva, balsámico y Dijon… Si prefiere innovar, el Chicha, de Gastón Acurio, es una buena opción (Plaza Regocijo 261, 2º piso). Aquí no se pierda la chicha morada bien helada, el cuy pequinés laqueado con crêpe de choclo morado y jalea de rocoto. Y si definitivamente el colesterol no es su tema, atrévase con chicharrones de chancho de Huaracondo, mote, cancha, zarza cusqueña y bolos de maíz. Para terminar, sin duda la tarta de queso y zapallo.

EL VALLE SAGRADO INCA, A 30 KILÓMETROS DE CUSCO, ES PANORAMA OBLIGADO. Pueblos pintorescos y vistas alucinantes de campos y montañas, marcan el camino hasta llegar al mercado de Chinchorro. Los domingos se reúnen allí indígenas provenientes de los alrededores para intercambiar sus artesanías y productos agrícolas. La efervescencia y el colorido son la tónica de este precioso destino. Un consejo: llegue temprano para que las hordas de turistas no arruinen el toque autóctono. Lleve sencillo y negocie todo hasta que le dé puntada: es parte del juego.

Nos subimos en el Land Rover que el hotel nos ha puesto con guía y chofer para enfilar hacia Ollantaytambo, uno de los pueblos más antiguos de América que ha sido ocupado ininterrumpidamente desde su construcción original. Callecitas angostas marcan el trazado del pueblo que se levanta frente a espectaculares terrazas de cultivo en las laderas del cerro. Vale la pena recorrerlo con tiempo, sobre todo porque las escalinatas son bravas. Y, para recuperar fuerzas, este dato sí que es bueno: la mejor causa peruana del viaje en Huayocari, una exclusiva hacienda —de la época de los conquistadores—, instalada anónimamente a los pies de las montañas.

peru302Sobrevolar la selva peruana emociona. El verde tupido por kilómetros de kilómetros es sólo interrumpido por serpenteantes brazos rojizos que se desprenden del río Madre de Dios. Aterrizamos en Puerto Maldonado con una sensación térmica de 36 grados. En el aeropuerto nos espera una guía encantadora que nos lleva, en un camión reacondicionado como transporte post Segunda Guerra Mundial, hasta un mariposario donde hacemos el check-in para ingresar a la reserva amazónica Tambopata de Inkaterra, cuarenta minutos río abajo. Son 35 cabañas en medio de la selva que combinan el eco-turismo con el eco-lujo. Seamos honestos: aquí los bichos son grandes y la humedad es tremenda pero hay que reconocer que el paisaje es alucinante y todo funciona a la perfección. Es decir, los bichos no entran en las cabañas, los guías realmente saben de lo que hablan, las botas de goma que te prestan sirven para caminar seguros entre lianas, árboles enormes y variados, senderos fangosos y todo tipo de vida animal que se mueve más rápido que la velocidad del ojo. Además, la propuesta de quince itinerarios que ofrecen, vale la pena. Son excursiones de medio día o día completo y con distintos niveles de dificultad. Como no se pueden hacer todos —por un tema de tiempo—, aquí nuestra propuesta: caminata nocturna por la selva; caminata al lago Sandoval y recorrido por el espectacular canopy o puentes colgantes entre las copas de los árboles. Aquí los consejos son pocos pero claves: duerma con el mosquitero, tome sólo agua en botella, lleve ropa muy liviana pero que cubra brazos y piernas, repelente en abundancia y haga un cambio de chip: va a la selva pero en las condiciones más seguras y confortables que pueda imaginar.

Realmente es un viaje que vale la pena. ¡Ah! Y lo mejor: la comida del lodge es de otro nivel. Especial recomendación merecen todos los preparados con granos andinos. Y la mejor noticia: el happy hour de pisco sour y plátanos fritos ultradelgados comienza a las 17 horas. Y sin cargo de conciencia después de todo lo que se ha caminado…

Más información de Inkaterra en Cusco, Machu Picchu y Tambopata:

www.inkaterra.com

sales@inkaterra.com.

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