Estilo

Portavoz de la selva

Jorge Camilo Valenzuela, fotógrafo

Por: Diana Massis

Los últimos cinco años ha vivido zambullido en las selvas tropicales más increíbles y peligrosas. Es chileno pero se crió en Brasil y vive en Francia, aunque asegura que su casa es el mundo. Está en Chile para mostrar por primera vez 
su trabajo: la espectacular muestra The Jungle Spirit en la Estación Mapocho.

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Dicen que sólo hay diez fotógrafos de selva en el planeta y Jorge Camilo Valenzuela es uno de ellos. El clima, la fauna y los peligros añadidos dependiendo de la zona, ahuyentan a la mayoría de los que se dedican a captar la naturaleza. Valenzuela dice que se mimetiza. Y lo ha hecho a lo largo de su vida. Fue brasileño cuando vivió en Brasil, fanático de la feijoada y las garotinhas. Es francés cuando está en su casa parisina, adora los teatros, los museos. Y aquí habla en chileno, dice piola y cachai con un deje de portugués y eso que no venía hace quince años. Viajero incansable, habla cinco idiomas, estudió bellas artes y cine, fue camarógrafo de eventos deportivos, hizo documentales y hace siete años se decidió por la fotografía. En la selva también se mimetiza y aprende el lenguaje de los animales.

—¿Cómo llega a interesarse en ellos?

—Poco a poco me alejé del hombre y me acerqué a los animales. Me cansa la crítica de la gente, las peleas, la inhumanidad. En la naturaleza me siento en paz. Los ruidos, los olores son increíbles. Tener el cielo y no cuatro muros. Ahí me levanto feliz aunque duerma en una carpa.

—¿Qué es lo más fascinante de los animales para usted?
—Me gusta ir a la mirada, a la emoción. Entrar en su personalidad. Cuando observas a los monos voladores, por ejemplo, siempre hay uno que es peleador, otro que es más soñador, o una madre que anda con su primer hijo. Es lo que me gusta mostrar: miradas, gestos que reflejen su humanidad.

Las imágenes de su exposición Jungle Spirit, que ya se pueden ver en la Estación Mapocho, vienen de la isla de Borneo en Asia, de Uganda en Africa y de la Amazonía peruana. Antes de internarse en cada lugar va a reconocer el terreno y estudia a fondo las especies. Una vez que entra en la selva, con 45 kilos de cámara, algo de ropa y una carpa, se queda tres o cuatro meses. Y comienza su acercamiento. Observa a los animales. Conoce su rutina, escoge un lugar y los espera. El primer día está un rato, a riesgo de que lo rechacen. Los monos, por ejemplo, le tiran palos. La segunda jornada se queda un poco más, y así hasta que lo aceptan. Recién ahí puede sacar las fotos, luego de esperar horas inmóvil o hacer largas caminatas hasta encontrar la imagen perfecta.

“HAY QUE CONOCER LOS CÓDIGOS. A LOS MONOS NO PUEDES MOSTRARLES LOS DIENTES porque son atacados por felinos y si abres la boca entenderían que te los vas a comer. Tampoco hay que mirarlos a los ojos, porque eso significa confrontación. Las serpientes temen a las vibraciones, no puedes hacer gestos bruscos porque te atacan”.

—¿Ha tenido una relación curiosa con alguna especie?
—Con una nutria gigante en el Amazonas. Yo iba en mi canoa por una laguna con caimanes negros. Al pasar me di cuenta de que era un grupo de nutrias hembras que se asoleaban en las rocas. Un día amarré mi canoa en un árbol y me eché a esperar. Ellas me vieron y se acercaron, traviesas. Saqué muchas fotos. Al otro día volví y una de ellas quiso jugar conmigo, se escondía y salía igual que los niños, me llamaba. Ahí tuve que parar, porque quizás el siguiente humano que las buscara podía tener otras intenciones. Muchos las matan por su piel. Corté el acercamiento por protegerlas.

Valenzuela quería estrenar su exposición en Chile, donde nació. The Jungle Spirit cuenta con 45 imágenes: caimanes, elefantes pigmeos, gorilas de montaña, nutrias gigantes, serpientes. De la Estación Mapocho la muestra pasará en abril al Metro Baquedano hasta finales de mayo, para luego partir de gira por el país: Concepción, Viña del Mar y Antofagasta. Después comenzará la ruta internacional: Japón, España y Francia. Además, espera sacar un segundo libro con la editorial de National Geographic. Y volver a la jungla.

selva200—¿Qué echa de menos cuando está en la selva?
—Sólo quisiera que no hubiera mosquitos, porque te comen. Tengo cicatrices por todas partes, veinte o cuarenta por día.

—¿Y el repelente no sirve?
—No, porque espantaría a los animales. Sólo lo uso cuando entro en la carpa, verifico que no haya hormigas, garrapatas, sanguijuelas. Una vez acampé arriba de un árbol y me atacaron las hormigas cortadoras. Sentí que algo me picó y cuando desperté vi que eran miles, cortaban la carpa con sus tenazas, se habían comido todo el campamento, mi ropa, parecía una película de terror. Intentamos alejarlas con fuego, pero nada. Al final me acordé de que había que espantarlas con agua y jabón. Las atrajo nuestro sudor porque buscan comida en descomposición, la entierran y así nace un hongo que es un manjar para ellas.

—¿Y algún episodio de riesgo?
—Nada, porque finalmente los animales son súper miedosos. Una vez me tiré al agua en el río Manú, en Perú. Vimos un jaguar de lejos y como no llevaba un buen teleobjetivo, tuve que acercarme con sigilo para no espantarlo. Tenía que hacer la foto aunque en el río hubiera rayas y caimanes. Ahí funciona la adrenalina.

—¿Y cuáles son los mejores momentos de adrenalina?
—Estar cerca de una serpiente que te puede liquidar, sacarle una foto casi pegado. Algunas te matan los glóbulos rojos, la piel y hay que amputar. Por algo somos muy pocos los fotógrafos de naturaleza de selva, no hay más de diez en el mundo.

—¿Y por qué son tan pocos?
—No sé, la otra vez fui con amigos y ellos se enferman, les da diarrea y a mí, nada. Nunca he tenido malaria, ninguna enfermedad, no me vacuno, no tomo medicamentos, me lavo con agua del río y me la tomo. Creo que uno nace con eso. Yo duermo en el suelo y me da lo mismo.

—¿Como un bicho más?
—Ni tanto, pero creo que la selva me aceptó, me protege. Tengo buen aura con la naturaleza y es porque yo amo a los animales y les rindo honores con mis exposiciones. En Japón, París, Barcelona y ahora en Chile. Soy como el portavoz de la selva, de su fauna salvaje. Y por eso trabajo con niños en escuelas en Francia, enseñándoles sobre el patrimonio natural que tenemos, y la importancia de proteger a las especies en extinción. Me gustaría hacerlo aquí también.

—¿Los animales de su muestra están en peligro de extinción?
—Muchos sí y otros son especies endémicas que sólo se encuentran en ciertos lugares del mundo. Los que están en extinción son los gorilas de montaña, quedan setecientos en Mont Virunga, una región que está entre tres países: Ruanda, República Democrática del Congo y Uganda. Ya se sabe que en Africa se trafica con animales, algunos se los comen porque dicen que su mano es afrodisíaca. Sólo se les protege en Uganda, donde vive la mitad de ellos y donde yo trabajo.

—¿Qué es lo que más le gusta de la selva?
—La paz interior que encuentro. Te despiertas y ves toda la cadena alimentaria. Cuando se levanta el día es un himno a la vida, unos colores increíbles que ni un pintor podría crear. El olor de la mañana es vida.

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