Mi primer Safari
África con María Gracia Subercaseaux
Por María Gracia Subercaseaux
Nada de carpas ni incomodidades. Aquí el avistamiento de animales salvajes incluye las más exóticas comidas y un lujoso hotel. Imposible no tentarse con este fabuloso viaje y las imágenes de María Gracia Subercaseaux.

Qué rápido desaparecen los recuerdos. Hace sólo cuatro meses estuve en Mala Mala, una de las reservas privadas más grandes del mundo en la frontera occidental del Parque Kruger, norte de Sudáfrica. Allí tuve mi primera experiencia con los safaris, y me cuesta ordenar el mapa de mi memoria. Sólo quedan sensaciones que navegan por mi cabeza…
Ese es mi gran temor: olvidar. Por eso fotografío y escribo, para así volver a sentir la emoción de esos momentos. Emoción que al pisar esas tierras erizaba mi piel, ahogaba mi garganta e inundaba mis ojos de lágrimas. De esa manera me recibió la sabana africana.
La llegada de la avioneta South African Airways a la pista de aterrizaje fue bastante brusca, por lo que nos bajamos en un estado de alerta y sobreexcitación. Era el 3 de octubre a la hora de almuerzo y nos esperaba el jeep del hotel Mala Mala Main Camp (a poco más de 400 kilómetros de Johannesburgo), uno de los más famosos para avistamiento de animales o Game Viewing.
El aire seco, los suelos arenosos, la vegetación tan característica y el calor intensificaban todas nuestras sensaciones. Con mis compañeros de viaje, Eugenio Cox y Yura Labarca, nos mirábamos fascinados sabiendo que seríamos cómplices por siempre de tan desconocida y maravillosa aventura.
La bienvenida fue con toallas húmedas muy heladas y los jugos de frutas exóticas que te sirven cada vez que pisas un hotel o reserva en Africa. Luego nos dictaron una cantidad de reglas impresionantes: jamás puedes olvidar que los dueños de casa son los animales y que eres sólo un invitado a esta fiesta. Esa es la ley.
Lo primero que te advierten es que no camines solo de noche: apenas empieza a esconderse el sol, si tienes que salir, los guías te llevan o te van a buscar a tu pieza. Segunda regla: no molestar a los animales. Cuando sales de safari no debes levantarte del jeep porque las distintas especies tienen internalizada la forma del auto con gente sentada, si te paras podrían asustarse y arrancar (lo que yo olvidaba bastante a menudo en la excitación del registro). Evidentemente, bajarte del auto no es una posibilidad.
El hotel está formado por cabañas y en cada una te dejan un repelente para el cuerpo y un spray para la pieza (los que yo vaciaba con un solo apretón), además de tener mosquiteros o mosquito nets en cada cama. En los campamentos donde no había teléfono te entregaban una especie de corneta en caso de apuro. Cosas normales como abrir las ventanas de la habitación y salir a la terraza requieren cuidado especial: podría aparecer un león u otro predador. Si eso ocurre lo último que debes hacer es correr, porque te conviertes de inmediato en su presa.
La verdad que con tanta indicación, desconocimiento y terror a que nos picara algún bicho, las impresiones iniciales se volvieron confusas. Nosotros, en todo caso, habíamos tomado precauciones antes de viajar: los tres nos vacunamos contra la fiebre amarilla y tomamos Malarone, pastillas contra la malaria, desde un día antes de entrar a las zonas de peligro hasta una semana después de abandonarlas. La lista incluyó también vacunas contra la Hepatitis A, B y la fiebre tifoidea.
No era llegar y partir.
Pero todo lo malo se olvida cuando cierras la puerta de tu habitación y te encuentras de frente con los más variados tipos de antílopes que rodean el hotel, nyalas, bushbucks, kudus o impalas, también llamados McDonald’s por la M que forman entre sus patas traseras y su cola. Cuaderno en mano vas haciendo check a los que reconoces. La libreta que te entregan para eso incluye mamíferos, pájaros, reptiles y ranas. El río Sand bordea el lodge, por lo que una gran cantidad de especies circundan el lugar.
La jornada por lo general empieza muy temprano e incluye dos salidas de excursión. A las 5:30 te golpean la puerta o te llaman desde la recepción, porque lo óptimo es mirar los animales lo más temprano posible hasta que empieza el calor más intenso, a las 10:30. Antes de la primera salida sólo comes algo liviano y a la vuelta, después de tanta agitación que desata un hambre oceánica, encuentras todas las delicias que quieras. Ahí dispones de tu tiempo como quieras: hay piscina, lectura, internet y la mejor de las opciones, tu cama. Se almuerza temprano y a las 15:30 se sirve el té (Rooibos, mi favorito) o café, antes de partir nuevamente de expedición.
Nuestro primer safari fue el día de la llegada, después de almorzar con Donald, el buenmozo ranger o guía que nos asignaron. Como si nada, cargó la escopeta y subió coolers y mantas al jeep. Nosotros, atónitos, mirábamos el arma imaginando los peligros que se avecinaban… pero nada pasó. Lo primero que observamos fueron mandriles o baboons, poco interesante, ya que habíamos visto muchos en Ciudad del Cabo y no eran nada simpáticos.
De repente suena la radio diciendo que han localizado una leopardo muy cerca de donde estábamos. Después de un verdadero rally en la Land Rover nos encontramos con ella de frente: una espléndida felina con el pelaje más hermoso que he visto. Mientras nos miraba sin inquietud alguna pensé que me moría de felicidad, no tenía más manos para seguir disparando la cámara. Estuvimos mucho rato observando sus movimientos y siguiendo sus pasos hasta que la perdimos “in the bush”, como se le llama al paisaje.
También hay un reglamento para los guías. Si se encuentran con alguno de los Big Five o cinco grandes (leopardo, león, búfalo, elefante y rinoceronte) deben avisar a los otros; sin embargo, el primero que lo ve tiene preferencia para seguirlo y quedarse con él más tiempo. No puede haber más de tres autos mirando a un animal.
Pero había otra sorpresa: una apasionada pareja de leones. Durante una hora o más, pudimos observar este espectáculo de belleza excepcional. Cada diez minutos el macho buscaba a la hembra y la montaba acariciándole el cuello con el hocico. De mil veces que se cruzan, sólo una la deja preñada… la pobre estaba realmente exhausta.
Al atardecer descansamos en este glorioso paisaje y aparecieron mesa, manteles, copas de vino, cervezas y un delicioso aperitivo. Una vez que oscurece, el safari continúa con unos focos gigantes que iluminan el camino y los animales que vamos encontrando.
Al día siguiente hubo más aventuras. Después de un buen rato recorriendo la zona en silencio, aún no veíamos nada impactante. Pero en algún momento tuvimos muy buena visibilidad y nuestro camarógrafo insistió en bajarse del jeep para hacer unas tomas desde tierra y captarnos en acción. El guía aceptó porque era un terreno abierto y no había real peligro. Hasta que vemos a Donald blanco como el papel. Nos explica en inglés que un león viene hacia nosotros, que estamos al lado del río que bordea el camino. Nuestro compañero estaba lejos, con audífonos y por más que le hacíamos señas él pensaba que lo saludábamos. A los pocos segundos nuestro pálido y demudado guía subía de un ala al hombre-cámara. El nunca se enteró de lo que pasaba, pero nosotros casi perdimos el corazón del puro susto.
Así, con ese nivel de excitación, estuvimos durante tres días… Sin duda, los más intensos de mi vida.

