Tierra entre dos mares
Panamá, irresistible
Se la han peleado los españoles, franceses, norteamericanos y hasta corsarios ingleses desde hace 500 años. La unión de dos océanos parece tan atrayente como sus playas, su selva y su impresionante desarrollo económico. Eso, sin sumar que tiene la segunda mayor zona franca del mundo…

Los españoles la defendieron a cañonazos de piratas ingleses y franceses que atacaban sus fuertes y galeones rebosantes de oro y plata. Panamá se había convertido en 1538 en la gran ruta de tránsito para los cargamentos que enviaban a España desde Perú y en lugar de carga y almacenamiento de las riquezas. Y aunque al principio no ofreció incentivos especiales, esto cambió cuando los hispanos atisbaron el Océano Pacífico. En sólo 80 kilómetros estaban al otro lado del mundo, lo que significaba ahorrar tiempo, esfuerzo y vidas, y evitar que los buques bordearan el Cabo de Hornos. El país formó parte del imperio español hasta 1821.
Después la quisieron los franceses, que vieron un gran potencial con la creación del Canal de Panamá. Más tarde la tomaron los estadounidenses y hasta los colombianos, que llegaron a considerarla un departamento de su república hasta 1903.
Hoy el trozo de tierra más codiciado del planeta es una próspera república, donde el pasado convive con el ritmo acelerado de la modernidad, el asfalto con la selva, la cultura indígena milenaria (Kuna) con la de visionarios hombres de negocios. Y mientras bajo las aguas de la bahía duermen cerca de 60 galeones hundidos hace 500 años, en la ciudad se levantan los edificios más altos de Latinoamérica (Panamá es líder de la región según Skycraper). Además, cobija modernos hoteles, y alrededor de 150 bancos internacionales y locales. Y es que durante los años ’80, Ciudad de Panamá se convirtió en uno de los principales enclaves bancarios del mundo y el centro financiero y de seguros más poderoso de toda Latinoamérica, así como en el principal núcleo logístico y de tránsito del continente. Grandes firmas internacionales como Chanel han plantado allí sus centrales regionales.
Por estos días la ciudad es un hervidero de gente, autos y altos edificios en continua construcción, porque además cuenta con la garantía de no ser tierra de terremotos ni huracanes. Y así como en unas cuantas cuadras aparecen museos, iglesias coloniales, ruinas históricas y arquitectura francesa de finales del siglo XIX, a la vuelta de la esquina te topas con casinos cinco estrellas. Varios resort de lujo en playas vírgenes con instalaciones de golf, tenis, equitación y toda clase de deportes acuáticos, restoranes con gastronomía de variados lugares y objetos traídos desde todos los rincones del mundo para el comercio, favorecido por la zona franca y los bajos impuestos.
En contraste, las calles de la parte antigua recuerdan que fue la primera colonia hispánica fundada a millas del Océano Pacífico, en 1519. La capital está formada por Panamá Vieja, Colonial (Casco Antiguo) y Moderna. En la parte vieja (de principios del siglo XVI y Patrimonio Mundial de la Unesco) están las ruinas de la ciudad que fue saqueada y destruida por el pirata Henry Morgan en 1671. Panamá Colonial, “nueva ubicación después de la destrucción”, es un entramado de callecitas angostas, balcones de hierro forjado y la iglesia de San José con su altar de oro, el Arco chato, los museos, el Teatro Nacional, las plazas Catedral, de Francia, Bolívar, Herrera y el Paseo de las Bóvedas.
LAS AGUAS TRANSPARENTES CUBREN decenas de kilómetros de arena blanca, repartida en las dos costas. En el Caribe panameño las playas son pequeñas con arrecifes coralinos y es común que estén cerca de la desembocadura de un río. Una de ellas es Coronado, una zona muy tradicional de veraneo, con buenas canchas de golf, villas de alquiler y condominios consolidados.
Imperdibles las playas vírgenes, las islas recónditas, los bosques pluviales. Como el de Gamboa Resort, con su impresionante follaje lluvioso, en plena selva tropical, y célebre por sus tratamientos de hierbas naturales de tribus indígenas. Está considerado entre los mejores de Panamá. También Breezer Resort, con vistas al Pacífico, una cadena con complejos en Jamaica, Bahamas, Curazao, Cuba y Brasil. La Isla de San Blas, con más de 300 archipiélagos es también un popular destino entre los viajeros.
El shopping, sin duda otro de los objetivos de quienes llegan a Panamá, se hace realidad en la Zona Libre de Colón. Se trata nada menos que de la zona franca más grande de toda América y la segunda más extensa del mundo. Una moderna autopista la une con la Ciudad de Panamá. Kilómetros entre cerros, el río Chagres y una espesa selva.
PERO NADA SUPERA AL IMPACTANTE CANAL y la forma en que el ser humano desafió las leyes de la naturaleza trazándolo donde antes había sólo tierra. Los panameños están muy concientes de que, aunque la idea fue de otros —España lo trazó (1532), Francia lo comenzó (1880) y EE.UU. lo terminó (1914)—, ellos son los que saben manejar el complicado entramado de esclusas que bombean desde el centro de la tierra, y que ya está en periodo de ampliación, lo que va a suponer una inversión de más de 5 mil millones de dólares y una nueva revitalización del país.
Un buque cargado de containers entra lentamente en el Canal. El aire es húmedo, pegajoso. Avanza por el lago Miraflores, entre bosques tropicales convertidos en parques nacionales y reservas biológicas. Más de 150 especies de aves y vegetales lo rodean. El sonido de la selva se escucha fuerte. El mercante, que viene del Pacífico, se introduce en la primera esclusa. Las compuertas se cierran y el agua (a esta altura dulce), empieza a bombear. A los pocos minutos, cuando los niveles se han igualado, las compuertas de 750 toneladas se abren y el barco avanza hasta la siguiente cámara. Una vez más se sueltan las válvulas, sube el agua, las compuertas giran, y el barco sale. Su cruce hacia el Atlántico se acerca. Atrás le sigue una larga fila de navíos esperando la señal de avanzar. El proceso lleva alrededor de nueve horas y lo sortean al año más de 14 mil barcos, con un peaje promedio de 54 mil dólares (unos 27 millones 370 mil pesos), aunque los más grandes con varios pisos de containers, y los cruceros, desembolsan sobre 317 mil dólares por el trayecto (160 millones 680 mil pesos).
En las esclusas de Gatún, las más imponentes del canal, los barcos ascienden 26 metros, hasta la altura del lago. Luego de cruzarlo descienden del otro lado, hacia el Pacífico, en las esclusas de Pedro Miguel y Miraflores. En este último hay instalaciones que permiten ver de cerca el espectacular funcionamiento de las compuertas.
Los mercantes siguen su travesía por ríos y canales. Al llegar a Corte Culebra, un monumento recuerda a los miles que dejaron la vida en su empeño por construir uno de los proyectos de ingeniería más ambiciosos del mundo. Muchos eran franceses que bajo la dirección del ingeniero Ferdinand de Lessops (que ya había construido en 1869 el Canal de Suez), comenzaron el proyecto en 1880. El plan francés era excavar a nivel del mar (sin las esclusas), pero la construcción se paralizó en 1889 debido a las duras condiciones de la jungla y a las enfermedades. Para entonces, más de 22 mil franceses habían muerto en la selva de Panamá. Lamentables sacrificios que, al parecer, no fueron en vano considerando los sorprendentes resultados.






