Naturalmente de lujo…
La Patagonia en yurts
Es el primer campamento de este tipo en América Latina y está a orillas del lago Toro, a pocos kilómetros de las Torres del Paine. Este nuevo concepto turístico —con instalaciones que no alteran el ecosistema—, ya tiene a sus dueños pensando hacer otros cerca de Santiago y en Isla de Pascua.
Por Juan Andrés Velásquez Fotos Camilo Melús

No creímos cuando nos dijeron que en nuestra Patagonia podíamos tener las cuatro estaciones en menos de 24 horas… pero a medida que avanzamos hacia el fin del mundo, lo fuimos viendo.
Este primer día de excursión empezó soleado, con la tierra entregando toda su belleza y calidez. El atardecer, sin embargo, se volvió sombrío, helado, lúgubre. Con el viento silbando como para ahuyentarnos, la humedad en alza y el agua empezando a caer… Después de la comida salimos y la rama de un árbol, completamente doblada por la nieve nos cortó el paso. “Así es acá; uno no se puede casar con el clima”, dice un lugareño.
Un día antes, al llegar al aeropuerto de Punta Arenas, nos recibieron nubes y un viento gélido, pero luego la temperatura subió y el sol viajó con nosotros. Ibamos por la Carretera Austral en dirección a Puerto Natales, para conocer este nuevo concepto turístico en Chile y Sudamérica: los yurts de Patagonia Camp, ese campamento de lujo entre bosques milenarios de ñirres, coigües y notros.
Es una mezcla entre asentamiento asiático estilo mongol y una lujosa carpa con calefacción y electricidad, que se inserta como un árbol más a las orillas del lago Toro, a 17 kilómetros de una de las entradas al Parque Nacional Torres del Paine (Región de Magallanes). Al fondo, los cuernos del macizo del Paine rodeados por montañas nevadas y selva magallánica.
SON 18 CARPAS CONECTADAS POR PASARELAS Y ESCALERAS DE LENGA. Cada una tiene 32 metros cuadrados hechos con maderas nativas como el raulí, terraza privada, calefacción central, ventilación y un domo transparente. Un rincón natural, con la comodidad de un hotel cinco estrellas.
Pertenece a la empresa Latitud 90 (Alberto Gana, Denisse Tala, Viviana Izzo y Felipe Howard), más la familia Matetic y la Sociedad Complejo Torres del Paine. Latitud 90 puso la sapiencia en temas turísticos; los socios, 1.5 millón de dólares y el Complejo, el terreno. ¿Resultado? El primer campamento de lujo en Latinoamérica.
Siguiendo la línea ecológica, su arquitecta Denisse Tala no echó abajo ningún árbol y construyó sobre pilares tipo palafitos, para que el bosque siga creciendo normalmente.
Es tendencia mundial. En lugares remotos, de difícil acceso, están levantándose este tipo de ‘hoteles’, con todo para el descanso, y apoyo logístico para grandes excursiones. Y acá, revisando el libro de visitas vemos el registro de magnates egipcios, viajeros europeos e, incluso, del príncipe Guillermo de Holanda (estuvo el año pasado). Sabara Tended Camp (tanzania), Whitepod Village (alpes suizos) y Banyan Tree Mandivaru en Las Maldivas, son otros yurts que buscan lo mismo que el Patagonia: un contacto amigable y reverencial con el ecosistema. El concepto eco friendly impregna cada una de las actividades. Por eso, también, sus dueños crearon dos plantas de tratamiento y purificación de aguas para evitar cualquier tipo de contaminación en ríos y lagos. “Estamos en proceso de concretar otros proyectos y así producir el menor impacto de CO2 posible”, agrega Muñoz. Dentro de poco, usarán energía solar.
AFUERA ESPERAN EL TREKKING, LAS CABALGATAS, LA PESCA y los senderos para bicicletas, todo supervisado por experimentados guías. A Daniel Casado le preguntamos cuáles son las horas del día que menos le gustan. Y sin pestañear, responde: “la noche”. Es que aquí se pueden tener días con 20 horas de luz (normalmente en verano) y eso, para cualquier excursionista es un regalo de los dioses. Ocurre preferentemente entre octubre y febrero, cuando el promedio de temperatura es de 18°C y las precipitaciones promedio alcanzan apenas los 53 mm. Sin embargo, pueden ocurrir desajustes climatológicos en cualquier época. La Patagonia es impredecible…

Amanece a las 6:45. Un leve rayo de luz aparece por detrás de nuestros yurts hasta convertirse en un extraordinario reflejo en el lago Toro. Nos espera un desayuno colorido y frutal para luego emprender el viaje hacia el parque. Nos detenemos en el primer mirador hacia el lago. Ahí, nos paralizan heladas ráfagas de viento: es nuestra primera experiencia con el duro clima patagónico.
Protegidos en la van recorremos casi 15 Km hasta la entrada más cercana del parque. Una vista de spot. El río Serrano, su puente y el macizo de fondo, en una mixtura perfecta con las praderas bicolores. A medida que nos acercamos, cada paraje (ya se los quisiera Peter Jackson para cualquiera de sus películas) es como un aperitivo-promesa: ¡aún falta la mejor parte!
Dos cóndores planean contra un viento pesado, buscan volar lo más bajo posible para esquivar el viento, pero no logran traspasar esa barrera odiosa que viene a 120 Km por hora desde el lago Grey, nuestro próximo destino… ¡Y ahora en caminata!
Un puente colgante sobre el río Pingo revive los temores de algunos y dispara la adrenalina de todos. Es la antesala de un sendero de lengas taladradas por el carpintero negro, un ave propia de la zona. Mientras avanzamos, pequeños rayos se cuelan entre los milenarios árboles en una perfecta escena de bosque embrujado… Comenzamos a bajar. Vemos dos zodiacs y un catamarán en la laguna a no más de 50 metros de un témpano gigante. Lo lamentable es que estos glaciares han perdido considerablemente su masa y esta playa, que se extiende alrededor de tres kilómetros, es como un cementerio del Glaciar Grey, que tiene una extensión de 19 Km de largo y seis de ancho.
Al mediodía nos preparamos para otro recorrido, hacia el sector del Salto Grande, casi debajo de los cuernos. Una cascada de unos 40 metros de altura nos recibe mostrando la potencia con la que corren las aguas glaciares en todo el parque. Si en los miradores y la playa del Grey había fuertes vientos, aquí ¡es el doble! Uno que otro en el grupo estuvo a punto de que la fuerza del aire lo levantara, mientras otros se agachaban para esquivar los torbellinos. Seguimos caminando, esta vez en dirección al macizo Paine, para hacer un box lunch y luego admirar la imagen austral más clásica de Chile: Las torres, los cuernos y el Paine Grande.
Es la Patagonia indomable e intocable.

