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Los misterios de Egipto

Viajes

Por: Carmen Sepúlveda

Aquí, en el monte Sinaí, Dios le dictó a Moisés los Diez Mandamientos… Y los faraones de la dinastía de Keops levantaron las imponentes pirámides. Historia, lujo y grandeza en las entrañas de Egipto. Un mundo por descubrir, navegando por las aguas del Nilo.

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Where are you from? ¿Española? Hola, hola, Coca-Cola, es la frase que repiten sin parar ocho jóvenes a la vez en las afueras del aeropuerto. Welcome to Cairo!, dice el guía. ¡Schukran! (gracias en árabe) hay que responder. Es de noche y el calor agobia. Los policías piden pasaporte para comprobar una y otra vez nacionalidades. Camino al hotel aparece una ciudad iluminada por construcciones faraónicas que hacen soñar con riqueza, joyas, Cleopatra y palacios con leones como custodios. Todo brilla. Hoteles cinco estrellas y ministerios gubernamentales se forman como soldaditos. El Nilo también se ve iluminado. El turista se impresiona y el taxista sonríe como diciendo no todo lo que brilla es oro.

En el camino, la foto del presidente Hosni se repite una y otra vez. En las calles no hay mujeres, sólo grupos de hombres con sus túnicas, fumando pipas de agua y tomando té mientras miran fútbol o esperan en las populares peluquerías masculinas.

Egipto es un país pobre, el 44 por ciento de sus 60 millones de habitantes vive con menos de dos dólares diarios (mil pesos). El turismo les permite subir el sueldo y los egipcios no pierden oportunidad de pedir propina… Ya sea por señalar una ruina o por el cansancio de los camellos…

De día El Cairo aparece plagado de edificios a medio terminar. Los dejan así para no pagar impuestos. Las calles evidencian precariedad. La ciudad se ve empolvada. Así y todo es un lugar tranquilo, caminar en la noche es seguro a pesar de la oscuridad.
Aunque agobie, la capital es el inicio de cualquier tour por el Nilo. Si se quiere trasladar de un lugar a otro se puede hacer en tren, bus o crucero. Arrancar de ahí es la mejor decisión, pero no se puede hacer sin antes conocer la gran pirámide de Giza. Una tarde es suficiente para visitar la necrópolis, a unos cuarenta minutos del centro.

Keops, Kefrén y Micerinos se elevan con furia entre edificios viejos. Hay que pagar dos tickets para entrar, en total unas 160 libras egipcias ($22.300 pesos). No se aceptan cámaras al interior.

Después de recorrer túneles, galerías, escaleras empinadas con muy poco oxígeno, casi gateando, se llega al salón principal donde está la cámara del rey. Algunos lloran, rezan, cantan… En esta zona no hay cuidadores, el visitante puede estar el tiempo que quiera sumergido en cualquier teoría que explica cómo construyeron estas moles. Son dos millones 300 mil bloques de piedra cuya construcción se le ocurrió al faraón de la cuarta dinastía del antiguo Egipto, Jufu, también conocido por su nombre griego Keops.
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PERO EGIPTO EMPIEZA A RESPIRAR LUJO Y PLACER cuando nos encaminamos a Dahab. Un balneario ubicado a unos 600 kilómetros de El Cairo, con playas vírgenes que no tienen nada que envidiar al Caribe. Arenas blancas, aguas turquesas y jornadas de buceo son la rutina diaria de lugares como Hurghada y Sharm el Sheik. En Dahab, el abrumante calor se controla mucho mejor que en la capital… Simplemente un buen cóctel frente al océano y constantes remojos en las tibias aguas.

Aquí, las occidentales en shorts y bikini paralizan la playa. Las musulmanas se bañan vestidas. Es normal que grupos de hombres, incluso familias completas, se mantengan observando a un par de españolas o italianas. Los más osados intentan acercarse con regalos para mirar de cerca los cuerpos en trajes de baño. Los árabes en general son mirones. Y piroperos. Ponen precio a las chicas. Medio en serio medio en broma, por una joven bonita pueden ofrecer hasta treinta mil camellos. Si consideramos que cada animal tiene un precio de 1.500 dólares (unos $830 mil pesos), la oferta resultará nada despreciable….

Muy cerca de Dahab se encuentra uno de los parajes más bellos de la historia de la Biblia: el Monte Sinaí. Lugar donde los cristianos caen en éxtasis. Es la cumbre de 2.285 metros, que se sube a pie para llegar al punto donde Yaveh entregó los diez mandamientos a Moisés. El no robarás, no matarás, no desearás a la mujer del prójimo, salió de aquí. Y está a sólo un par de horas.

Sinaí es un destino de peregrinación. La caminata cuesta arriba empieza a las nueve de la noche. La expedición es guiada por un beduino que con una linterna ilumina paso a paso la subida. El frío es imponente. Los camellos son una solución para quienes no aguantan el cansancio. Pero es preferible caminar porque el precio aumenta según la altura y subir esta montaña de rocas naranjas implica un sacrificio grande. Una escalera de setecientos peldaños anuncia la cima después de seis horas de extenuante esfuerzo, retribuido, eso sí, por una vista panorámica increíble. Una vez arriba el guía instala a sus discípulos donde sea. Se duerme a la intemperie acurrucado en una roca, tapado con una manta de chasmere, esperando la hora exacta del milagro que ocurre a las cinco y media de la madrugada. Justo a esa hora desde lo alto se observan los primeros rayos del sol. Y es, en ese momento, cuando el espíritu de cualquier mortal se ilumina tanto como el monte. El gran ojo del Sinaí conmueve a los peregrinos que hacen la señal de la cruz con genuina devoción ante semejante espectáculo.

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