Tacones cercanos
Las últimas creaciones de Manolo Blahnik
Derechos Celia Walden / The Daily Telegraph / The Interview People Adaptación Lucy Willson
La colección de lujo que lanza el diseñador español puede ser el mejor regalo este fin de año.
Allí estaba Carrie Bradshaw, sola en un callejón mientras un hombre le apuntaba con un arma pidiéndole las joyas y su cartera. Ella las entregó, pero cuando el ladrón le exigió sus manolos, la heroína de Sex and the City le imploró que no se los quitara… No hubo caso. Y al sacarse sus tacos Manolo Blahnik quedó como una Cenicienta moderna que acababa de perder la magia… Comedia o no, las mujeres que conocen estos zapatos entendieron la desgracia. No es llegar y renunciar a eso de levitar cómodamente por sobre veinte centímetros… Si no, pregúntele a la princesa Letizia, siempre encumbrada en estos tacones.

La fantasía enlazada al nombre de este español (68) calza perfecta en Navidad. Blahnik es el hombre que puede cumplir el gran anhelo: verse estilizada, sentirse sexy, caminar como gacela… y todo, sin esfuerzo ni dolor. Con un par de Manolos, el deseo no tiene restricciones.
La iniciativa no se queda en sólo una puesta en escena: bajo el lema El mundo de Manolo, este tradicional enclave (tienda Liberty) comercial de Great Marlborough Street ofrece pañuelos, velas, libretas, corbatas, paraguas, telas, y, obviamente, una línea exclusiva de zapatos Blahnik.
EN SU TRAJE LILA, ZAPATOS DE GAMUZA FUCSIA y fino pelo blanco peinado a lo Mad Men, Blahnik parece criatura de otra época. Tanto así que prefiere vivir en Bath, a dos horas de Londres, en una casa donde está solo con su perro labrador y únicamente ocupa el primer piso. En la segunda planta tiene sus 25 mil pares de “estúpidos zapatos”, como denomina a su colección histórica. Hasta su madre decía que nació viejo. Una imagen que dista de su estatus de verdadero rock star… porque al igual que con figuras de la música —Elvis, Mick, Gaga, Paul, Justin, Mariah, Britney— basta decir su nombre para identificarlo: Manolo. No existe otro.
El fanatismo —casi fetichismo— por su trabajo también genera una llamativa corte de groupies. Desde Paloma Picasso (decía sentirse desnuda sin sus tacos), hasta Madonna, quien considera que sus zapatos son “mejores que el sexo y duran más”.
Pero la anécdota más bizarra, según ha relatado él mismo, ocurrió en Atlanta: “Una mujer me pidió que le autografiara el tobillo. Al rato volvió a la tienda ¡y me mostró cómo se había tatuado mi firma!”.
En una industria marcada por los egos, él no quiere que lo asocien al divismo. “No me veo en eso y si me perciben así, sería muy triste”. ¿Qué dirán otros diseñadores, especialmente los dos que completan la santísima trinidad del calzado moderno: Jimmy Choo y Christian Louboutin?
Manolo no lee diario ni ve TV y la farándula no le interesa. “Y no es por la vulgaridad del circuito de las celebridades. Eso está ok… y el mal gusto también está bien, a veces. Sin embargo, cuando toda esta gente del mundo del fútbol compra tus zapatos…”, señala sin terminar la frase y mostrando con un sacudón su desdén con un acento bastante mezcla de su vida cosmopolita, que se nota en un tono aristócratico british, más algunas zetas de su lengua original.
Diana de Gales sí lo conmovía: “Era especial. Usaba mis zapatos con tal gracia y tenía una luminosidad que sólo la podría comparar con la de Julie Christie. Quizá Kate Moss posee algo de eso… Pero todo el fenómeno de los famosos tiene importancia porque da dinero. Si paga a los empleados de tu fábrica y los impuestos, además de permitirte comprar libros, entonces puedo ver el punto”.
En términos financieros, Blahnik conserva sus confianzas de cerca. La administración de su etiqueta en Europa está a cargo de su hermana Evangeline, mientras que en Estados Unidos es trabajo de George Malkemus (su socio desde 1982). Pero, igual como hizo Gianni Versace, la perfecta mixtura de afecto e inspiración profesional está puesta en una sobrina: Kristina Blahnik, arquitecta, ve las relaciones públicas y diseño con él (viaja a Italia con sus dibujos para dar partida a los procesos de fabricación y decide el look de las tiendas). Cuando ella tenía 8 años, el maestro la hacía probarse los tacos aguja que hoy la elevan más allá de su metro ochenta. Al igual que su tío, Kristina odia las plataformas.
“Crecí en Canarias (de padre checo y madre española) y ya sabes que vivir en una isla es medio bizarro. Quizás eso me ayudó a lo que hago ahora, estimular la creatividad necesita un poco de locura”, afirma.
Ahí comenzó su aventura, experimentando primero con su perro, al que le hizo unas zapatillas de muselina con muchos moños. Pero la musa inicial fue su mamá que “usaba unas alpargatas baratas y recuerdo haber pensado lo fabulosamente femenina que eran, con todas esas cintas amarradas hacia arriba de su pierna”.
¿Qué lo destacó? La mezcla exacta entre diseño y comodidad.
No importa si los tacos son de veinte centímetros y con mínimas correas: deben ajustar como guantes y potenciar la sensualidad. La obsesión es tal, que él mismo los prueba.
“Mis asistentes y yo los usamos y caminamos para arriba y abajo en la fábrica. Así nos aseguramos de que no salgan ampollas. Un buen zapato debe proporcionar equilibrio sin tener que esforzarse… Luego, es la altura la que le da a la mujer ese ritmo sexy cuando se desplaza y eso es lo que los hombres más aman”.
Aquellos reportes que afirman que ellos “no notan a una chica en tacos” son erróneos, asegura. “Lo primero que ven son las piernas y no hay nada más halagador para lucirlas que esos modelos. La reacción de los sujetos a los tacones es mitad normal y mitad perversión. Algunos dicen que salvé sus matrimonios”.
La industria lo celebra. Especialmente en estos días cuando promociona Manolo’s New Shoes, publicación con 170 ilustraciones, las propuestas desde los inicios de su carrera hasta hoy. Creaciones con cordones de serpiente, lazos al tobillo con pequeñas cerezas colgando, los femeninos Mary Jane (que en Sex and the City eran calificados por la protagonista como mitos urbanos) y otros con flecos de cabras del Himalaya. Es un testamento de la distintiva visión del maestro europeo. Bosquejos tan etéreos que hacen difícil creer que puedan sostener el peso de una mujer. Pero lo hacen.
Se enorgullece de jamás seguir las tendencias, pues eso trae como beneficio que nunca encuentra su trabajo “démodé”. “No quiero sonar como un viejo pomposo, pero cuando veo los que diseñan los estudiantes a veces pienso Dios, todavía estoy influenciando en el calzado, ¡treinta años después!”. Pese a esa satisfacción, confiesa su tarea pendiente: hacer el zapato perfecto. ‘‘Creo que lo lograré, sólo necesito unos años más”.
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