Retro Vip
Nostalgia al volante
Ya no compras el auto sólo para ir de un punto a otro. Ahora compras un pedazo de historia. Las grandes marcas han desempolvado míticos modelos para ponerlos de nuevo en la carretera. Para volver a ser lo que fuimos…

Cuando los espectadores de la película Bullit salieron de la sala, lamentaron, al poner la llave en el contacto de su auto, no ir al volante de un Ford Mustang. Era 1968. Acababan de asesinar a Martin Luther King y a Robert Kennedy, Vietnam ardía en una feroz guerra y en París los jóvenes revolucionarios exigían ser realistas y pedir lo imposible. Sin embargo, los fanáticos que recién abandonaban el cine no pensaban en otra cosa que en un Ford Mustang. Habían visto la persecución automovilística más impresionante del celuloide: durante diez minutos, el teniente Bullit (Steve McQueen) perseguía a un asesino a sueldo por las calles de San Francisco hasta hacerlo estrellar contra una gasolinera. Todos querían ser el personaje para manejar su auto.
Como en muchos otros ámbitos, la industria automotriz ha puesto los ojos en el pasado para relanzar a las calles esos autos con historia. Modelos que enloquecieron a nuestros padres y abuelos, enchulados hoy con tecnología de punta.
En 1957, los cerebros de la Fiat buscaban un nuevo auto para esa burguesía emergente que Fellini retrataba en sus películas y que pocos años después cobraría forma de obra maestra con La dolce vita. Así debutó El nuevo Fiat 500, promocionado al amparo de este eslogan: el pequeño gran automóvil. Sólo acogía a dos personas, pero en la banqueta trasera cargaba hasta 70 kilos. Su diseño redondeado evocaba a un huevo y, tal vez por lo mismo, sus creadores recibieron el importante premio al diseño industrial Compás de oro.
Entre la calurosa mañana del 4 de julio de 1957 y la ardiente tarde del 4 de agosto de 1975, fecha de la fabricación del último modelo, la Fiat puso en circulación 3 millones 893 mil 294 Fiat 500. El modelo se convirtió en ícono. Y a ese recuerdo apostó la casa italiana cuando, en 2007, sacó al mercado el Nuevo Fiat 500 (la primera partida que llegó a Chile en 2008 incluía sólo 20 unidades por sobre los 13 millones de pesos). El nuevo modelo cuenta con un motor de 1.4 válvulas, 101 caballos de fuerza, una velocidad punta de 182 kilómetros por hora y siete airbags. Y, claro, la sensación de manejar como si fueras parte de una película de Fellini.
Pero el primer golpe lo dio la Volkswagen. En 1998 estrenaba en sociedad una versión del clásico Escarabajo que, desde que a Hitler se le metió en la cabeza, no había sufrido mayores variaciones. El nuevo ‘auto del pueblo’ fue obra del diseñador más revolucionario de la industria, J. Mays (actualmente a cargo de Ford Company), quien tomando las líneas del clásico modelo creó algo absolutamente distinto: el Beetle. Pura tecnología bajo un arquetipo con gusto a nostalgia y creatividad.
La Volkswagen no ha desaprovechado la oportunidad y en estos diez años ha hecho decenas de ediciones del Beetle: descapotable, turbo, con tracción en las cuatro ruedas, en colores exóticos y hasta una versión de trece unidades inspirada en la muñeca Barbie que, obviamente, era un auto todo rosado, incluidos unos lunares pink en el tapiz de los asientos.
La onda retro llevó a otras marcas a emular la experiencia Beetle. La Chrysler se inspiró en los autos norteamericanos de la década del ’30 para fabricar la PT Cruiser, un modelo que recuerda los tiempos de Al Capone y la ley seca en los Estados Unidos. La Chevrolet no se quedó atrás y envió al mercado un prototipo mezcla de auto y SUV, la HHR Chevrolet, de líneas muy similares. Aunque ninguno de los dos modelos rescataba del pasado un vehículo en particular, sin duda formaron parte de la tendencia.
Cuando el BMW Group decidió rediseñar el tradicional Mini, sabía que se jugaba una apuesta segura. Una encuesta lo había elegido el segundo auto más influyente del siglo XX, después del Ford T (1908). Su irrupción en la sociedad británica de fines de los ’50 marcó un cambio en las costumbres de sus habitantes tanto como la música de Los Beatles. La crisis del Canal de Suez, en 1956, había obligado a reducir las importaciones de petróleo. Ante eso, los dueños de la British Motor Company le pidieron a Alec Issigonis la construcción de un auto pequeño, para cuatro pasajeros, con gran maniobrabilidad y bajo consumo de combustible. El resultado: dos modelos compactos, el Morris Mini-Minor y el Austin Seven, con un motor de solo 848 cc. y una potencia de 34 caballos de fuerza. Sus formas cautivaron de inmediato a los británicos, que lo hicieron suyo a poco de estrenarse. La reina Isabel se subió a uno de ellos y le dio su venia. Es más, los diseñadores más emblemáticos del Reino Unido, como Paul Smith y Mary Quant, colaboraron en la elaboración de determinadas ediciones del Mini. Y así también, la Quant se inspiró en este modelo para inventar una de las prendas más vanguardistas de los ’60: la minifalda.
Cincuenta años después, el nuevo Mini, al alero de la BMW Group, ha puesto sobre el asfalto tres variantes del mismo auto, el Mini Cooper, el Mini Clubman y el Mini Cabrio. Para hacerse una idea del cambio habría que decir que el primero tiene un motor de 1.600 cc., que alcanza los cien kilómetros por hora en 7,1 segundos, que su rendimiento es de 6,2 litros a los cien kilómetros y que tiene una velocidad punta de 225 kilómetros por hora.

En EE.UU. reaccionaron a tiempo rindiendo tributo a los muscle cars: fabricados entre 1964 y 1973, de tamaño mediano, con tracción trasera y motores V8. El Ford Mustang, el Dodge Challenger y el Camaro arrastraron leyendas protagonizando encarnizadas luchas en el automovilismo norteamericano y sacando suspiros de los aficionados en apariciones épicas en el cine: Ford Mustang en Bullit; el Dodge Challenger lo hacía en Carrera contra el destino; mientras que el Camaro resucitó con el estreno de Transformers. Tanto Ford como Dodge y General Motors decidieron apostar sus fichas a estos fibrosos modelos (que ya se encuentran en Chile). Si hay que volver al pasado, dijeron sus dueños, que sea a fuerza de energía, velocidad y pasión.

