El disney del amor
50 años del Hotel Valdivia
El mito erótico de Santigo está de cumpleaños y desclasifica sus archivos: El 90 por ciento de las reservas las hacen mujeres, no se aceptan gays, la gente de provincia lo usa de hotel y otros van, sin pareja, a pasar el domingo con jacuzzi.

Abelardo Mella Quezada tiene 78 años. Es bisabuelo, arquitecto, empresario y un tipo correctísimo: usa traje, habla de manera cuidada, bien modulada y, si es que hay que pasar por una puerta, se detiene, extiende su mano, abre la palma y lanza un por favor, adelante.
Su padre —un viejo radical amigo de la buena vida— murió cuando él tenía apenas diez años y, siendo el mayor de tres hermanos, debió encargarse de una familia cuyo sustento era un club social administrado por su madre Coralia, ubicado en calle Santa Rosa, donde iban a comer y divertirse los empleados del Teatro Municipal.
Estudió en el Instituto Nacional y luego ingresó a Arquitectura. Había ido a algunos moteles de Santiago y la experiencia había sido lamentable.
Imaginó uno que tuviera el sello de la pulcritud. La idea se materializó en Vicuña Mackenna 692, donde Abelardo y su hermano Guillermo —entonces estudiante de Ciencias Políticas— comenzaron su proyecto con cabalísticas siete piezas.
Pudo ser uno más de los que hoy copan la ciudad, pero poco a poco, se fue convirtiendo en un mito santiaguino. El secreto estuvo en una idea que hasta hoy obsesiona a su creador: llevar a las parejas a lugares de ensueño. Una fantasía por horas en un ‘Disney amatorio’.
Abelardo ha viajado por el mundo buscando ideas, paisajes, artefactos para adornar su hotel. Apenas un dato: ha estado 27 veces en China (también es dueño de la tienda Arte Chino).
En la actualidad, el Valdivia —con sus 48 habitaciones, cinco mil metros cuadrados y 70 empleados— sigue siendo una empresa familiar, con un hijo de Abelardo como gerente y donde hasta el chef es pariente.
Durante años recluidos en el anonimato, los Mella Quezada hoy no tienen problema en mostrarse y exhibir con orgullo el lugar que se convirtió en referente. Celebrarán en grande los 50 años, el próximo 26 de octubre con el lanzamiento del libro editado por Roberto Edwards, con fotografías de Fernanda Larraín y título de Nicanor Parra: El paraíso del conquistador. Será la primera vez que se cierre el hotel.
Abelardo recuerda que para darse a conocer partieron repartiendo tarjetas.
“Era usual que los moteles de entonces tuvieran letreros y una luz roja afuera. Nosotros no pusimos nada. De hecho, en nuestros avisos decía ‘sin farol’. Nos parecía mejor la discreción. Lo único que hicimos fue partir con siete piezas, número que fue pensado como cábala para el éxito del negocio.
—¿Qué gente iba en los comienzos?
—Guillermo: Era más bien adulta. Me acuerdo que el primer cliente que tuvimos era el dueño de una distribuidora de pollos en el barrio Franklin. Tenía mucha plata y le decían ‘el pollero’.
—¿Les fue bien desde el inicio?
—G: De inmediato. Lo que hicimos, eso sí, fue reinvertir lo que ganábamos. Comenzamos a hacer más piezas temáticas y a comprar las casas alrededor. Hoy tenemos cinco mil metros cuadrados.
—¿Por qué se llama Valdivia el hotel?
—A: Fue por nuestra madre. Ella había nacido en Corral, así es que nos dijo que Valdivia sería un buen nombre y que nos daría suerte.
—G: Recuerdo que teníamos otras opciones, como Sayonara o Moulin Rouge…
—¿Cuánto tiempo demora y qué presupuesto implica armar una nueva pieza?
—Abelardo hijo: Es un proceso largo y caro. Unos 25 millones por pieza, y unos seis meses. De hecho, algunas ni siquiera se han terminado, como la Romana, que lleva cuatro años y aún no la concluimos. Hasta tuvimos que negociar la compra de una casa aledaña para poder hacerla.
—Abelardo: Es que yo la quería con 30 pilares…(dice a modo de excusa).
—¿Es verdad que hasta han contratado sicólogos para mejorar el diseño del hotel?
—A: Queríamos saber qué cosas, especialmente las mujeres, esperaban al venir a un lugar como éste. Lo principal es que ellas se sintieran como reinas. Pero el sicólogo también nos orientó en los colores que debíamos usar.
Interrumpe Abelardo hijo: Nada de tonos oscuros. Tampoco rojo. Y muchas plantas, aunque sean artificiales.
—¿Vienen personas solas?
—Abelardo hijo: Gente de provincia. Les sale más barato quedarse acá que en otro hotel. Hasta destinamos un lugar para dejar maletas. Otra curiosidad: algunos aparecen los domingos en la tarde a relajarse. Acá tienen sauna, jacuzzi… Incluso, trabajan en sus computadores en las piezas.
—¿Este es un hotel para relaciones furtivas o de parejas estables?
—G: Hay de todo. Los viernes y sábados son más para los estables.
—Abelardo hijo: Han aumentado los matrimonios. Por ejemplo, algunos reservan con anticipación porque están en tratamiento para tener guagua. El domingo, que es más barato, aparecen los más jóvenes.
—G: Algunos clientes hasta nos han pedido que pongamos una guardería para dejar a los niños.
—¿Cuál es la habitación más popular?
—A: La Moro (foto de inicio), la Iguazú (selvática con papagayos) y la Caracol (donde aparecen los dueños).
—¿Es un hotel o un motel de parejas?
—Abelardo hijo: Como dicen mis hijos a sus amigos: “El papá trabaja en un hotel para enamorados”.
—A: Nuestra idea es aislar a la gente y darles una fantasía de doce horas.
—Abelardo hijo: Y hay personas que sólo vienen de visita. Mañana, por ejemplo, vienen unas abuelitas. Nos mandaron un mail y nosotros les dijimos que invitaran a un par de amigas más. Ellas sólo quieren verlo porque dicen que sus maridos, que ya no están, eran muy fomes.
—¿HAY HISTORIAS DE SANGRE?
—A: Mmm, la verdad es que no. Algunas veces las parejas se enojan y alguno de ellos se va. Cuando eso pasa mandamos de inmediato a alguna camarera a chequear la habitación.
—¿Quién hace las reservas?
—Abelardo hijo: Diría que el 90 por ciento son realizadas por mujeres. Son más entretenidas. Llegan con los maridos engañados. Les dicen que los van a llevar a un lugar especial y hasta les vendan los ojos. Vienen antes para preparar todo. Una, por ejemplo, dejó a su marido una bicicleta de regalo en la habitación. Los hombres, en general, son más simples y sólo piden una buena pieza.
—¿Qué está prohibido en el Valdivia?
—A: No aceptamos menores de edad, ni gente drogada o borracha. Si piden champaña en exceso, les decimos que se nos acabó.
—¿Aceptan parejas gays?
—G: No.
—¿Tríos o swingers?
—G: Tampoco.

