Se acabó el Mundial y, con él, los arrebatos de la hinchada masculina y las fantasías de cientos de mujeres que —como yo— contemplaron sin culpa cuerpos bendecidos por la madre naturaleza. 

En fin, se terminó la guerra por la Copa, pero en el campo de batalla quedaron las esquirlas de tantas hormonas y emociones desatadas. ¿Y qué lecciones sacamos de todo esto para nuestras escaramuzas privadas? Principalmente tres:

Primero, somos testigos del surgimiento del ‘cebolla-sexual’. La era de David Beckham y de los metrosexuales aparece hoy como cosa del pasado. Si en los tiempos del ex futbolista inglés la nueva masculinidad tenía que ver con usar cremas y calzar un corte perfecto, en el 2014 el macho verdadero está menos preocupado de su piel que de expresar sin miedos sus emociones dentro y fuera de la cancha. En este Mundial, más que goles y fintas, vimos pucheros y lágrimas. Llanto de pena tras la derrota, como fue el caso de Gary Medel o del colombiano James Rodríguez. O de alivio, como mostró el brasileño David Luiz, quien además levantaba sus manos al cielo cuando venció a Chile por penales. Risas, besos, lágrimas y palabras amorosas. Totalmente out quedó el estilo de deportista frío y con cara de póquer. Porque la nueva masculinidad se cansó de mostrarse fuerte forever. Así que no se extrañe si una de estas noches su pareja le dice que le duele la cabeza o actúa como una Magdalena y la acusa de que sólo le interesa el sexo y no sus sentimientos. El fútbol no es el mismo que en los años ’60. Y el amor tampoco.

Segundo, la reivindicación del mordisco. Estamos todos de acuerdo que desde el punto de vista deportivo fue un error, pero la performance del uruguayo Luis Suárez recordó todo lo que un buen mordisco puede hacer. Olvidado en medio de la proliferación de técnicas rebuscadas, el acto animalesco de raspar los dientes contra la piel (siempre que no sea canibalismo, claro), eriza los pelos a cualquiera. Tanto así, que el mismísimo Kamasutra bautizó sus variantes con nombres poéticos como ‘nube quebrada’ o ‘el coral y la joya’. El que le dio Suárez al italiano no tuvo nada de erótico, pero por la forma en que atacó se trataría del ‘mordisco de jabalí’, tan brutal como efectivo.

Tercero y último, la ‘chispeza’. Admitámoslo: nos pasamos quejando de la falta de ‘minos’ que existe en la patria. Pero luego de este Mundial —por lo menos en mi caso— empecé a mirar con otros ojos a los jugadores de La Roja y al chileno de a pie. Más allá de que Mauricio Pinilla fue elegido por el canal E! (y por voto popular) como el seleccionado más hot  (o rico) de Brasil 2014, el tiempo le hizo justicia. Esa malicia infantil de cuando se juntaba con la Cote López a ver El Rey León la fue puliendo y hoy tiene ese ‘qué sé yo’ que sólo es capaz de poner en palabras un grande como Gary Medel: Pinilla tiene ‘chispeza’. A pesar de ese fail tatuado en la espalda, del penal errado y de sus cero anotaciones, Pinigol superó al favorito italiano Claudio Machisio y masacró en las finales al francés Olivier Giroud. Por algo será, digo yo.

 Quizá, la gran lección que nos dejó este Mundial es que no hay mejor afrodisíaco que la ‘chispeza’.