En una de sus últimas entrevistas televisivas, dada a la cadena BT Sports, Alexis Sánchez —la camiseta pegada al cuerpo, el pelo perfectamente peinado, los dientes blancos, la risa fácil— soltaba una frase que, sin pretenderlo, oficiaba como un retrato de sí mismo: “Cada vez que alguien toma la pelota siento que me quita mi juguete. Entonces, sólo quiero recuperarla”. Dos días después, saltaba al campo de Wembley para correr detrás del balón como un niño que sólo quiere divertirse con su regalo favorito. Así marcó el segundo gol de la victoria por 4-0 del Arsenal sobre el Aston Villa —un par de amagues y un derechazo fulminante—, que les dio a los Gunners la FA Cup. Los fanáticos no dejaron de corear el nombre de Alexis, como si fueran los padres orgullosos de un niño que muestra sus gracias. 

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Alexis Sánchez está cerca de cumplir once meses en Londres, una ciudad en donde ha encontrado más de lo que halló en cualquiera de sus anteriores aventuras futboleras —Buenos Aires (River Plate), Udine (Udinense) y Barcelona (Barcelona)— y claramente más de lo que le dio su Tocopilla natal. Ni en sus inicios, cuando jugaba en Cobreloa por 50 mil pesos mensuales, pudo imaginar que llegaría al fútbol inglés recibiendo un sueldo de 611 millones de pesos. 

Es que el niño Alexis Alejandro Sánchez Sánchez, que nació en medio de la tensión política provocada por el Plebiscito de 1988, pateaba pelotas de trapo y goma con sus compañeros de la escuela pública E-10. Lo hacía con una ansiedad y una rapidez extrema, como si arrancara de una condena; esa que tanto conocían sus vecinos y su propia familia: quedar encadenado en la incertidumbre de las labores de la pesca artesanal o en el destino tóxico de una termoeléctrica que lo haría morir más joven que lo que merecía. Aquel rincón del diablo, como los tocopillanos llaman a su pueblo, sólo daba dos alternativas, salir corriendo o sucumbir en sus brazos. Alentado por su madre, Martina Sánchez —lavandera, limpiadora de pescado, nana, madre soltera—, eligió la primera. 

Los Sánchez vivían en uno de los lugares más pobres de la ciudad. Ahí, en la calle Orella, Martina trataba de mantener a sus hijos —Alexis, Marjorie, Humberto y Tamara— lejos de otras posibles intoxicaciones. Quizá su olfato de jugadora —le entretenían los tragamonedas— la llevó a apostar por el Dilla, como llamaban a su talentoso hijo, por sus meneos de ardilla en las canchas de fútbol. Eso y el vaticinio de un familiar del muchacho, Ramón Soto. “Nunca me voy a olvidar cuando su tío dijo que Alexis sería nuestro futuro. Tenía toda la razón”, recordó la madre en una entrevista que dio en 2005.

Pronto, clubes de adultos de toda la zona lo vinieron a buscar para que los reforzara. “Préstenos al Niño Maravilla”, suplicaban y Alexis se dio cuenta de que era un imprescindible y se hizo pagar con ropa y zapatos alejándose para siempre de su trabajo como cuidador de autos en el cementerio local.

Era un chiquillo incursionando en un mundo de grandes, un niño que pedía a gritos que alguien lo guiara. Cuando llegó a Cobreloa, Nelson Tapia —portero de larga trayectoria, seleccionado nacional— prácticamente lo adoptó. Como explica en el libro Alexis, el camino de un crack (de los periodistas Danilo Díaz y Nicolás Olea): “Yo vivía con Jonathan Cisternas y lo agarramos para cuidarlo, al igual que el resto de los muchachos. Como estaba sin mi familia resultaba más fácil llevarlo a la casa. Ahí lo fuimos formando”. 

El tiempo pasó sin borrar su impronta infantil. Cuando estuvo en Colo Colo, sus compañeros lo azuzaban para que sedujera a un par de argentinas que le habían presentado. El salió con ellas y volvió excitadísimo porque las había invitado a ver una película. ¿Cuál era? ¡Una para niños!: Cars. De historias como ésta está llena la vida de Alexis Sánchez. De hecho, hasta el día de hoy sigue viendo una serie japonesa animada: Los Supercampeones. En ella, el protagonista es un joven muy humilde y de gran talento, Oliver Atom, quien hace carrera en el fútbol mundial. De alguna manera Sánchez sentía que esa serie estaba contando su propia vida. 

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Corrió, jugó, se divirtió con la pelota en los pies, hizo goles, festejó. Nunca perdió el rumbo porque en todos los planteles donde estuvo alguien las ofició de padre sustituto. Si Tapia lo fue en Cobreloa, cuando se integró a la Roja en las eliminatorias para Sudáfrica 2010 ese padre fue Marcelo Bielsa. El propio Sánchez ha reconocido que Bielsa le enseñó cosas del fútbol que antes no conocía, que fue clave en su desarrollo futbolístico. De hecho, la selección fue su mejor vitrina, sobre todo cuando Chile puso en un brete a España. Pep Guardiola, el mítico entrenador del Barcelona, lo vio y no tuvo dudas en llevárselo al equipo de sus sueños para lo que tuvo que pagar 53 millones de dólares de una sola vez.

Pero no le fue bien. Pocos goles y un esquema futbolístico colmado de figuras: Fábregas, Pedro, Iniesta, Xavi Hernández, pero sobre todo Neymar y Messi, no lo dejaron brillar y lo depreciaron ante la afición. Guardiola fue un gran padre para él, pero lamentablemente el tocopillano no estaba dentro de sus hijos predilectos. 

Cuando decaía su entusiasmo, al borde de la depresión, apareció Arsene Wenger: francés, 60 años, aristocrático, hijo de un restaurador de arte, DT del Arsenal inglés. Y acertó. Alexis se convirtió rápidamente en un gran goleador de la liga, en un héroe londinense, que si no fuera extranjero la reina Isabel hace rato lo habría nombrado Sir.

Avispado, divertido, ingenuo y niño, bueno para los bolos y tocar el piano en las fiestas de amigos, el cabro chico de Tocopilla, como le gusta denominarse, comenzó su andadura por canchas ignotas para él . De pronto, los jugadores que hasta entonces eran parte de su imaginación cobraron cuerpo y alma. “Y ahí los tenía al frente mío de verdad” . Cristiano Ronaldo, Messi, Casillas eran reales. A él, el cabro chico de Tocopilla, bueno para la pelota, los sueños se le venían encima sin avisar y corrían el serio peligro de aplastarlo. 

No solo en el fútbol. 

Confiesa que a él, si no hubiera sido futbolista, le hubiera gustado ser un detective, “de esos que disparan harto”. De esos que gozan la vida en llamas. Fallon, Valentina, Romina, Ariela, Michelle, Fernanda, Sandy, María y Laia son algunos nombres caídos en sus disparos de detective salvaje poniendo a su alcance esas “mansas minas”, según las define, imposibles para él en su primera juventud tocopillana, tipo femenino que inflamaba sus fantasías de niño del desierto: rubias, piernas largas, ojos azules con cara de niñas. Chilenas, argentinas, brasileñas, españolas compusieron el serrallo de Maravilla cuyas alabanzas sexisentimentales llegan desde distintos cantantes del pop. Como en aquel himno de la banda Gufi que dice: “El pueblo grita Oh Alexis, mándate unos golazos para los que somos menos sexis” .

Maravilla ha debido sufrir graves acusaciones, todas desmentidas, de diversas novias y amantes. Las más escandalosas vinieron de la gimnasta farandulera chilena Valentina Roth, quien lo acusó de permitir que sus amigos lo filmaran haciendo el amor con ella desde el interior de un ropero, y también de la modelo catalana María Plaza, hija de un prócer del F.C. Barcelona, quien anunció un supuesto hijo suyo llamado Mauro.

Valentina Roth no se anduvo con chicas y fue a Inglaterra a denunciarlo en el mismísimo Daily Star donde contó el suceso:

“Borré a Alexis de mi vida después y quiero que todos en Gran Bretaña sepan lo que pasó. No se trata a una mujer así. Fue irrespetuoso y una sorpresa porque hasta entonces siempre había sido un caballero”, dijo al periódico.

Enumeró sus encuentros sexuales con Alexis hasta ocho, pero fue enfática: “Lo odio, y nunca le perdonaré lo que pasó esa noche”. 

Por su parte, María Plaza apareció ante la prensa, en octubre de 2014, afirmando que esperaba un hijo de Alexis cuando ya Maravilla estaba enganchado con la diseñadora catalana Laia Grassi, su última y más sofisticada conquista: “Estoy muy feliz, muchísimo. Me sabe mal por su novia y por la familia de ella, pero Alexis ya lo sabe, sabe que voy a tirar hacia adelante con el embarazo y que estoy encantada de que el niño sea suyo”.

Por último, Alexis ha vuelto a los titulares de la prensa rosa por una supuesta ruptura con Grassi, quien no responde al arquetipo de mujer de futbolista rico y famoso: es una diseñadora gráfica y directora de arte de marcas de fuste, casi tan famosa como Alexis en su campo (www.laiagrassi.com).

Los atrabiliarios periodistas deportivos afirmaron que Laia lo abandonó por desavenencias sexuales. Aunque también hay otra versión que dice que le pilló whatsappeando con la ex Miss Chile, Camila Andrade.

El indicio para esta prensa fue que Laia borró súbitamente las imágenes de la cuenta conjunta que tienen en Instagram. No se dieron cuenta, eso sí, de que mantienen otra en Facebook que sigue incólume. Nadie sabe realmente si el romance sigue vivo o no.

Alexis no habla del tema. 

Los whatsapp de Alexis a Andrade eran de miedo, verdaderamente adolescentes, según reproduce el Daily Mail las palabras de Camila. “Hola, ¿cómo estás? Soy Alexis Sánchez”. Respuesta: “Hola, no te creo, porque nosotros no nos conocemos, entonces, ¿de dónde tendrías tú mi teléfono?”. Respuesta: “¿No me crees?”. Inmediatamente Alexis llama a Camila por teléfono. “Soy Alexis Sánchez”. Camila corta.

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“¿Para qué me va a hablar un futbolista, un hombre por whatsapp? ¿Para qué un hombre se conseguiría mi número si no me conoce? Yo no tenía ganas de conocerlo, porque estaba pololeando con otra persona”, dijo la ex Miss Chile.

Según Andrade, Alexis también le mandó mensajes y hasta una selfie estando con Laia Grassi en Disneyworld. 

Take it easy, piano piano. Me llamo Julio pero me dicen Agosto”, repite Alexis cuando le preguntan. En buen chileno se hace el loco como fórmula irresistible para introducirse en el mundo de nuevas conquistas.

Alexis es el jugador chileno mejor pagado de todos los tiempos. Su sueldo en el Arsenal es igual al del turco alemán Mesut Özil, 240 mil dólares a la semana, es decir, doce millones y medio de dólares al año. Superó los ocho millones que le pagaba el Barcelona y es el segundo jugador con la transferencia más cara en toda la historia del Arsenal después de Özil: 60 millones de dólares. 

Gracias a esto, Alexis se ha dado gustos extremos como atender a fondo la fascinación que tiene por los coches Audi.

En mayo de 2013 hizo pedazos su Audi R8 negro; chocó con la barrera de contención de la carretera Barcelona- Castelldefels, pueblo costero donde vivía en el barrio de Rat Pena. No tardó en comprarse otro Audi R8, pero esta vez blanco. Un monstruo que alcanza 314 kilómetros por hora en unos segundos. También tiene un Audi Q7, regalo de la marca en Barcelona, y en Chile usa un Audi A5, además de sendos Range Rover SUV, en Santiago y en Londres, con 510 caballos de potencia.

En Castelldefels vivía en una casa con forma de cubo tasada en 2,2 millones de euros por la que pagaba ocho mil euros mensuales de arriendo. Además tiene un departamento de un millón y medio de euros en Pedralbes, una de las zonas más caras de Barcelona. Lo usaba para pasar la noche en la ciudad cuando no tenía tiempo para volver a su casa principal en la playa. 

En Londres nadie sabe exactamente dónde vive. Aunque el Daily Express asegura que se interesó en una casa con un terreno de doce hectáreas, avaluada en 10 millones de dólares que queda al sur de la ciudad, cerca del Aeropuerto de Gatwick. Se trata de una Manor House, una casa de campo tradicional inglesa llamada “Fawkham Manor Farm” de estilo gregoriano con seis habitaciones, sala de cine privado, helipuerto, piscina y amplios jardines. En las únicas fotos que se le conocen en su casa londinense, aparece en un jardín, que podría estar en cualquier parte, jugando con sus perros Atom y Humber.

Hace poco subió una foto a Instagram donde aparece con sus amigos, quienes lo van a visitar cada tanto. Normalmente en su casa hay invitados de Chile, especialmente su hermano Humberto y su mamá Martina, que según sus entrenadores le ayudan a mantener un equilibrio emocional que lo hacen alegre y tenaz, sin tiempo para depresiones ni nostalgias. Como ocurre también con Arturo Vidal, su casa es el lugar donde sus amigos de infancia y adolescencia reviven los ritos de la amistad más temprana. Y pasan las tardes jugando al Playstation, se bañan en la piscina y hacen asados. Cuando no, es la estación de descanso para un día de shopping por los grandes almacenes londinenses. 

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La relación con su madre sigue siendo intensa —casi a la manera de Iván Zamorano con doña Alicia—. El Niño Maravilla no pierde momento para dedicarle un homenaje. En Tocopilla, la antigua casa de adobe y caña de la calle Orella donde Alexis creció, ha sido refaccionada y ha quedado como nueva. Ni él ni su madre Martina quisieron cambiarse de barrio. En el libro de Díaz y Olea se apunta que ahora “la residencia de Sánchez está avaluada en más de 100 millones de pesos y tiene una infinidad de lujos y comodidades, como televisores de plasma y máquinas tragamonedas”. 

Tocopilla bautizó una calle con su nombre y lo declaró hijo ilustre. Los niños ahora juegan en las cuatro canchas que él ha donado y lo saludan cada Navidad cuando personalmente les reparte juguetes desde un camión acompañado por un Viejo Pascuero. A partir de un rito, Sánchez no sólo ayuda a su gente, sino que mantiene vivo el niño que lleva dentro, el mismo que ha encontrado en Arsene Wenger a un nuevo padre —que lo cuida, alaba y reprende si es necesario—, el mismo que sigue divirtiéndose con el mejor juguete que ha encontrado en la vida: la pelota.

Los chicos de su barrio han aprendido con creces, parafraseando la canción de la banda Gufi, que quien sueña fuerte con meterle un gol a la vida, no tiene por qué topar con el hecho de haber nacido en Tocopilla.