La vida era muy distinta en los ’50. No había televisión en Chile. Ni computadores, internet, celulares. Era la época de la bakelita y de las grandes electrolas, esos enormes muebles donde se escuchaba infinitamente radio y discos de vinilo.

En ese ambiente casi bucólico, lento, surgió una figura que se transformó en la gran estrella: Marlene Ahrens Ostertag. Su esbelta figura (un metro 75) y su rubia melena germana colmaron las revistas y periódicos durante años.

Ahora, luego de celebrar en el fundo de una amiga en Osorno sus 80 —representa mucho menos— nos reunimos en el Club de Polo San Cristóbal. Habla sin estridencias, pero cuando quiere destacar algo, siempre lanza una exclamación al comienzo (“¡oh!”)… “Es una dama; realza el lugar donde está. Toma sus éxitos con una humildad tremenda. Buenamoza, una señora. De una amabilidad enorme cada vez que me ha tocado estar con ella como presidente del Comité Olímpico… Una persona de primer nivel”, destaca Neven Ilic.
Marlene siente un amor profundo por lo que hizo, por el deporte dentro de su vida, continúa Ilic. Recuerda que el Presidente Piñera la distinguió en 2011 en La Moneda con el premio a la Trayectoria Deportiva Sergio Livingstone Pohlhammer. Es que ella poseía una capacidad fuera de serie. “Tiene un físico que da para cualquier cosa”, agrega. Lo mismo piensa el periodista Sergio Brotfeld, quien se encuentra con Marlene Ahrens en las cenas de Panathlon International, asociación dedicada a difundir los valores olímpicos: “Participó en varios deportes y en todos sobresalió”.

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¿Iremos a ver un estadio Marlene Ahrens?
—Ella se lo merece —responde Ilic—. Uno de los pecados que tenemos como país es que no reconocemos cuando es debido a nuestros grandes exponentes deportivos. Nos cuesta.
Se hizo famosa por el lanzamiento de la jabalina, pero ya antes practicaba hockey sobre césped y representaba al Club Manquehue en gimnasia y vóleibol. Cuando dejó el atletismo (por obligación), se volcó al tenis. Luego, a la equitación.

Estaban tirando piedras al mar, recuerda Marlene. Ella jugaba como wing derecho en el hockey sobre césped y siempre que terminaba la temporada hacían el Seven-A-Side, “un acontecimiento muy lindo, en el que se iba a la playa con toda la familia. Generalmente a Cachagua, que era puro campo. Ahí Jorge me vio lanzar piedras mar adentro”. Y empezó todo. A Choche Ebensperger Grassau (16 años mayor que ella) le sorprendió que su novia lanzara mucho más que los deportistas. Tan pronto regresaron a Santiago, le dijo al entrenador de atletismo del Club Manquehue: “Aquí tienes a una lanzadora innata”.
A las dos semanas de entrenamiento en el lanzamiento de la jabalina, la llevaron a un campeonato de novicios y ella hizo “una marca que habría sido un quinto lugar en un sudamericano. Yo no tenía entrenamiento ni nada. Bien a la brutanteca. Nunca la había lanzado”, se enorgullece Marlene.
El 21 de noviembre de 1953 se casó con Jorge Ebensperger, destacado jugador de hockey sobre césped y gimnasta del Club Manquehue. “El viaje de luna de miel lo hicieron en una camioneta;  fueron al sur, por los lagos, dormían en donde acampaban”, escribió Don Pampa (Carlos Guerrero) en la revista Estadio en marzo de 1956.  “Si pasaban un río, se lanzaban al agua”, apuntó.
Cuando volvieron, la Federación había preseleccionado a Marlene para competir en abril de 1954, en Sao Paulo. “Salí segunda y volví con el récord de Chile, que era de Carmen Venegas”. Tenía 20 años. Poco después, en marzo de 1955 nació su hija, Karin Ebensperger, destacada periodista y comentarista internacional.

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Para la Navidad del ’55, su marido y su padre le regalaron la primera jabalina,  que habían encargado a Estados Unidos. A partir de ese momento comenzó a arrojarla todas las tardes en el fundo del papá en Panquehue (San Felipe). En la tierra del parque marcó dónde estaba el récord sudamericano de la uruguaya Estrella Puente y el de Carmen Venegas. “Me iba acercando, pero no los alcanzaba”. Se dijo: “¡Hasta aquí nomás llegué!”.
Afortunadamente, vinieron visitas el fin de semana y le dijeron: “¡Oh! Tú tuviste el récord de Chile; ¿por qué no lanzas para verte?”. Ella lo hizo y “pasa mi jabalina por el récord de la Carmen y va a caer como cinco metros más allá”, recuerda.

Llegó con optimismo al Campeonato Nacional semanas después. Antes de iniciarse la prueba, el anunciador dijo por los parlantes: “Esas dos banderitas clavadas en medio de la cancha indican los records de Sudamérica y de Chile. Lanza Marlene Ahrens”. Tomó carrera con la jabalina en alto, echó la cabeza atrás y, como si su torso fuera un arco, con golpe de cintura, lanzó el dardo a volar, y el júbilo estalló como un cañonazo. (Marlene todavía se acuerda y repite la frase: “Lanza Marlene Ahrens”. )
¡Batió por 4 metros la marca de la uruguaya!
En noviembre de ese año, Marlene conseguirá la medalla de plata olímpica en Melbourne. Recuerda que las jabalinas llegaban selladas a la pista, todas nuevas, y ella dijo: “¿Por qué la rusa lanza siempre con esa empuñadura más oscura? Después que ella lanzó, cuando trajeron de vuelta la jabalina, la pesqué y, con la idea de que ésta era la buena, lancé e hice la marca”.

Estaba en Australia cuando recibió un papelito en su habitación. Le preguntaban cuánto entrenaba, cuál era su dieta y ese tipo de cosas. Marlene respondió concienzudamente. La mandaron a llamar porque esto era en serio, que ¡cómo iba a entrenar una hora al día! Pero así era. Le preguntaron cuál era su dieta. Contestó que comía lo mismo que su familia. “La única diferencia era que, cuando llegaba de entrenar, echaba una malta en la juguera, un huevo y le iba agregando harina tostada para espesarlo un poco”.
Era el ‘gatorade’ de Marlene Ahrens.

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—La suya es la única medalla olímpica de una chilena.
—… Ahora irán a venir otras, ya que las apoyan tanto; a mí como gran cosa me regalaron un par de zapatillas planas y un buzo.

—Las mujeres están jugando fútbol…

—¡Ah!, ¡yo jugaba tanto fútbol! —se ríe con ganas al recordarlo—. En el fundo de mi padre jugaba al chute con los hijos de inquilinos. Todas las tardes, nos reuníamos en los corralones y jugábamos ¡todos a pata pelá! Sí, ¡porque unos con zapatos y otros a pata pelá, no, pues!

—En las Olimpíadas de 1956, Chile obtuvo tres medallas olímpicas en boxeo. ¿Le gusta ese deporte?
—Me carga igual que el rodeo. Cuando Chupete Suazo tuvo algo en el hombro, ¡oh!, ¡todos los diarios preocupados! ¿Quién pregunta por los hombros y paletas de las vaquillas? No sé cómo hay gente con dos dedos de frente a la que le gusta esto.

—¿Qué la hace ganar? ¿La fuerza?

—No. Mi marido siempre decía que es timing y coordinación —responde, mientras me invita a un cafecito en el Club de Polo San Cristóbal.

Le tiene terror a los periodistas. Cada cierto rato me comenta: “No sé qué atrocidades me va a publicar”, lo que no es muy estimulante. Paso largo rato tranquilizándola para poder seguir con la entrevista. Le aseguro que su nieta, la periodista Marlén Eguiguren Ebensperger, cubría conferencias de prensa al lado mío… Pero Marlene tiene mala experiencia. “En mi mejor momento deportivo, lanzando más que el récord panamericano en los entrenamientos, me suspendieron un año porque un reportero puso en boca mía cosas que yo no dije”. Efectivamente, Marlene Ahrens no pudo ir a las Olimpíadas de Tokio de 1964 por este problema con el diario Clarín.
El conflicto comenzó en 1959, en los Panamericanos de Chicago. El dirigente Alberto Labra iba “como presidente del remo, se puso frescolín conmigo y lo paré en seco. De ahí quedó con sangre en el ojo, y se vengó… Cuando apelé, tuvieron que recibirme. La comisión decidió que yo no merecía el castigo, y que había sido una transgresión. Tendrían que haber abdicado. ¿Sabe qué hicieron? Someter a votación el fallo de la comisión”.

—Eso es muy raro…

—No aceptaron el fallo de la comisión, y perdí por dos votos.

Como consecuencia, Marlene Ahrens, nuestra atleta más brillante, se retiró del atletismo.
Volcó su energía al tenis, el deporte que más le gustó. “Empecé a los 32 años, y en dos años estaba en el escalafón nacional. Me tocó el campeonato nacional en Viña del Mar y salí campeona en dobles mixtos con Omar Pabst”. Era rápida en la red. “Pabst hacía los tres cuartos de la cancha, y yo estaba acá y mataba moscas. Yo tenía algo que le hacía a la pelota que venía y caía muerta”.
Tuvo que dejar su deporte favorito porque tanto frenar y girar se le llenaba de agua la rodilla, que se le había dañado porque en un torneo nocturno se la atravesó una jabalina. Entonces, se dedicó a la equitación porque “ahí mueve las patas el caballo, yo dirijo”. También le fue estupendo. Con su caballo Gaitero fue al Panamericano de Mar del Plata en 1995. Emocionada recuerda la importancia de este evento: “En 1954, en Sao Paulo, fue la primera vez que representé a Chile en una competencia internacional. Y en 1995, lo hice en equitación; ¡41 años después!”…
Hasta ella misma se sorprende de sus logros. Ningún otro deportista es capaz de ofrecer una hazaña de este tipo.

—¿Hasta qué edad compitió en equitación?
—Hasta el año pasado.