Este joven chileno, hoy de 18 años, consiguió finalmente convertirse en campeón mundial. Ya lo veíamos venir. En tres oportunidades nos hemos referido a él en CARAS. En noviembre del 92, cuando lo presentamos en nuestra galería de jóvenes talentos; en octubre de este año, cuando ganó la categoría juvenil de Flushing Meadows, en Nueva York, y en nuestra edición recién pasada, donde lo destacamos entre los famosos del 93.  Ahí dijimos que, aunque todavía tiene mucho camino por recorrer y la prueba de fuego la deberá pasar el próximo año, entre los adultos, lo que había hecho ya lo había convertido en la más sobresaliente figura chilena de su área, en los últimos diez años.

Cuando lo entrevistamos, le preguntamos por qué seguía jugando en torneos juveniles, si Boris Becker y Michael Chang, entre otros, habían alcanzado sus máximos resultados entre los 17 y los 21 años. En esa ocasión nos contestó muy seguro: “Porque en nuestro continente los tenistas comienzan muy tarde a jugar torneos profesionales. Además, nunca un sudamericano ha terminado número uno del mundo en juveniles y yo quiero lograrlo”.

¿Cómo lo hizo para conseguirlo? Jugando de forma excelente, por supuesto, pero apoyado también, en todo momento, por Hans Gildemeister y la Federación Nacional de Tenis, que preside Javier Flores, quienes decidieron hace ya un buen rato- ir más allá y convertir a Ríos en una empresa. Y eso es justamente lo que marca la diferencia entre éste y los otros tenistas de nuestro país.

Marcelo “chino” Ríos cuenta con una gran maquinaria detrás de él. Tiene su médico, su kinesiólogo, su nutricionista, su preparador físico y plata para entrenar y moverse. Es primera vez que se monta todo un sistema para apoyar a un deportista. Porque el nivel actual del tenis mundial es tan sofisticado que no basta con ser bueno.

Lo que ocurrió en la Sunshine Cup, cuando un pelotazo lo lesionó y debió retirarse, finalizando como vicecampión, explica algo de cómo se está moviendo su equipo productor. Los brasileros dijeron que, si no se seguía jugando, quedaba suspendido. Y Gildemeister les contestó: “Un momentito, paren ahí. El reglamento dice que hay veinte minutos de espera antes de finalizar el partido”. Las cosas, entonces, ya no son al lote. Hans sabe, es hábil y va a buscar los argumentos para salir adelante.

Después vino em famoso Orange Bowl, en Miami Beach, donde la derrota prematura del rumano Razvan Sabau, escolta del chileno en el rankig mundial juvenil, dejó a Ríos como líder absoluto e inalcanzable.
Lo más importante, quizás, es la decisión tomada por su entrenador Ricardo González, y el equipo empresarial que lo promueve ha sido el hecho de que convertir a este tenista en campeón juvenil le abre las mejores perspectivas para el año siguiente. Porque con ello consigue la codiciada “wilcard”, que es un derecho a entrar por la puerta ancha a los cuatro más importantes torneos de adultos, el abierto de Estados Unidos y Wimbledon, entre ellos.
Esto significa que Ríos pasa automáticamente por encima de la clasificación requerida y llega a la categoría adultos con una gran cantidad de puntos a su favor y con importantes auspicios detrás.

Al cierre de esta edición, Marcelo Ríos volvía a ganar una nueva ronda del Orange Bowl, completando así veintiuna victorias en canchas norteamericanas.

Como nos pasamos quejando de nuestros deportistas y alentando todo tipo de “triunfos morales”, estamos más que contentos de terminar el año con un campeón mundial de esta magnitud. Esperemos que, a la luz de lo acontecido, los empresarios chilenos se pongan más las pilas con el deporte nacional y ayuden a envalentonarlo. ¡Feliz Año Nuevo, Marcelo!.