En cualquier lugar de Argentina, cuando anuncian que Luciana Aymar está entre los presentes, la gente se pone de pie y aplaude. Así, de manera espontánea y libre el público expresa su cariño e idolatría por esta mujer longuilínea y guapa, que de la mano de su excepcional talento deportivo condujo al hockey césped argentino a la cima mundial. Las Leonas dominaron durante casi una década el planeta hockey y Lucha —como la llaman sus cercanos— no sólo era la reina leona de la manada, sino también la capitana y estrella rutilante que brillaba con luz propia.

Carismática, líder, intensa, apasionada, rebelde. Icono del hockey césped femenino de todos los tiempos. Una competidora distinta. Los técnicos aseveran que su forma de jugar tenía un sello único y un aire “maradoniano”. Por unanimidad es considerada la mejor jugadora de la historia, como Pelé y Maradona en el fútbol, como Michael Jordan en el básquetbol.

Luciana Aymar dejó huellas profundas tras retirarse en Mendoza una tarde de diciembre de 2014. Un filme de su carrera, documentales, libros, biografías y hasta una estatua en su honor erigida en el barrio La Gloria de Buenos Aires dan cuenta de su grandeza. Hoy pasaron casi tres años de aquella época.

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Luciana Aymar vino a vivir a Santiago de Chile, porque su mente y corazón así se lo demandaban. Tiene ideas claras respecto a cómo transmitir su experiencia a las deportistas chilenas y suma también un desafío personal e íntimo: compartir con la persona que ama, el ex tenista Fernando González, héroe deportivo grande y legendario. Tan grande como ella.

La idea inicial era entrevistarlos juntos, pero Fernando prefirió que ella contara la historia de amor entre ambos.

Entre ellos hay mucha atracción y química. Eso se nota. Comparten aficiones, gustos, historias deportivas gloriosas y se entretienen mucho cuando están juntos. Se respetan sus pasiones y obviamente sus silencios. Se quieren y se necesitan. Por eso decidieron vivir juntos y, desde hace más de seis meses, “Lucha” está casi siempre a su lado.

Se conocieron en sus mejores tiempos como grandes campeones de sus disciplinas.“Tenía mucha admiración por él como tenista. Lo seguía en los torneos. Nos cruzamos en diferentes juegos olímpicos, pero era un saludo de deportista a deportista. Los dos nos seguíamos por las redes sociales y cuando me retiré en 2014, él me mandó un mensaje privado felicitándome por la carrera que había hecho y que me deseaba lo mejor para el nuevo camino de mi vida. Yo había hecho lo mismo cuando él se retiró. Fue en el torneo de tenis que se juega en Miami donde nos dimos una oportunidad y comenzamos un proceso de conocimiento mutuo”, cuenta Luciana.

Dice que una de las cosas que más le gustan es su caballerosidad. “Además, es muy humilde habiendo sido el deportista que fue. Yo soy refeminista igual, eh, pero Fernando es muy atento conmigo desde el minuto que me conoció y esa fue una de las cosas que me enamoró de él. Respetamos nuestro espacio y tiempo, ninguno está tan encima del otro. Cada uno tiene sus actividades, más allá de que estemos juntos”.

—¿Te proyectas en el tiempo?

—Si yo decidí venirme para acá es porque me estoy proyectando y me encantaría que fuera para siempre, pero pueden pasar muchas cosas en el camino. Las relaciones se construyen a diario. Los dos ya estamos cerca de los 40… (risas). Soy de objetivos precisos, en lo laboral y en lo emocional.

—El desafío de ser feliz ahora tiene un nuevo escenario para ti y se llama Santiago. Estás fuera de tu zona de confort, por decirlo de algún modo…

–Sí, pero es un lindo desafío. En Argentina tengo todo y tengo el cariño de la gente. Por eso vuelvo seguido, porque a una la llena eso. Te rejuvenece en algún punto. Acá tengo el gran reto con respecto al deporte en la mujer. Con Las diablas (equipo chileno de hockey césped) Cachito Vigil está haciendo un gran trabajo, pero hay mucho pendiente en cuanto a acercar a la mujer al deporte en Chile. Para mí es salud y valores. Creo que acá puedo hacer mucho en ese aspecto.

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—¿Es importante ser mamá para ti?

—Quiero ser madre, tener hijos y hacer mis otras actividades. Las voy a necesitar. No soy sólo de estar en la casa. Quizás el día que sea madre cambie mi forma de pensar, porque uno va adaptando su vida al momento. A lo mejor cuando tenga un hijo voy a querer dedicarle las 24 horas del día, pero nunca voy a dejar de hacer mis cosas.

—Pareces segura, resuelta y una mujer con mucha personalidad.

—¿Seguridad? Tampoco tanta. Yo creo que llegué a ser la que fui en el deporte por la inseguridad que tenía. Entrenaba tanto porque no me consideraba la mejor, pero está bueno, porque esa inseguridad me permitía cada día ser mejor. A mí me gustaba que las cosas me salieran perfectas. Me enojaba mucho con los árbitros y a veces con mis compañeras. No lo podía manejar, pero aprendí a controlarme. ¿Pero qué persona es segura? Todos nos forjamos sobre la base de nuestras inseguridades y nuestras crisis.

—¿Qué comportamiento no perdonas de los hombres?

—Mira, nunca digas nunca… pero la verdad es que yo si estoy con alguien considero que está bueno serle fiel a esa persona y si no, no estés con esa persona, porque en una relación lo más lindo es el respeto, el cariño y si pasa el tema de la infidelidad uno pierde un poco eso, más allá que después se perdone, o no se perdone. Conozco parejas que se han perdonado y hoy están espléndidas y a veces están mejor que antes, pero en mi caso, en lo personal, no me gustaría. Antes de que pase, prefiero separarme, o que me dejen y listo. Nadie sufre.

—Te retiraste del deporte convertida en leyenda, ¿cómo puede uno reinsertarse en la vida cotidiana después de tanto éxito e idolatría?

—Me preparé para ese momento. Hice un proceso personal con sicólogos y amigos, pero igual sentí un vacío enorme que no podía llenar con nada. En verdad, me di cuenta de que no estaba tan bien preparada, me costó muchísimo. Estuve dos años tratando de encontrarme conmigo misma. Y claro, durante 20 años para mí el seleccionado argentino había sido mi prioridad. El hockey era mi forma de expresarme, de ser feliz, de llorar, de enojarme.

—¿Jugar era una terapia, tal vez?

—Claro, mi sicólogo era el hockey. Yo tapaba todo con el deporte. En la cancha estaba mi verdadera esencia. Tomé una decisión radical: alejarme de todo lo que había sido mi vida hasta entonces. Y claro, no fué fácil, estuve mal anímicamente, pero poco a poco con la ayuda de mis amigos y mi familia me fui dando cuenta de que había más opciones. Fue muy duro, porque nada era como jugar y competir, nada me daba esa energía que yo sentía en el campo de juego.

—¿Te arrepientes de esa decisión?

—No, pero como todas las cosas en la vida tiene sus ventajas y desventajas. Siempre algo de nostalgia voy a tener y por más que pasen los años uno igual va a extrañar la camiseta argentina. Es incomparable con cualquier otra cosa. Cuando veo videos me vuelven unas ganas locas de jugar y me agarra algo la nostalgia. Pero, obviamente mis condiciones ya no son las mismas y de la manera como soy yo, jamás podría estar en algo donde no doy mi ciento por ciento. Igual estoy orgullosa de lo que hice y ahora disfruto del cariño de la gente.

—Sorprende 
descubrir
 que 
de
 joven 
eras
 tímida
 e
 introvertida
 y
 huías
 del
 asedio
 mediático.
 En
cambio,
hoy 
comentas 
para
 la televisión,
das
 charlas
 motivacionales, 
hablas 
en
 seminarios, 
impartes
 clínicas
 y
 explotas 
un 
lado 
tuyo
 que
 permanecía 
oculto: 
tu 
imagen
 personal.

—Fue difícil evolucionar. Todos los entrenadores se daban cuenta del talento que yo tenía, pero como todo talento si no va de la mano de disciplina y constancia no se llega a lograr lo mejor de uno. Eso me lo inculcaron mis entrenadores y mi familia. Al principio, yo no me hacía responsable de todo ese talento, porque para mí era mucha presión. No quería salir en los medios, no quería que las cámaras me enfocaran sólo a mí. Hasta que mis técnicos y mi sicóloga me convencieron que yo tenía que tomar las riendas del equipo, ser el ejemplo para mis compañeras, tener disciplina, ser constante, la mejor entrenando por más que seas la mejor jugadora y la verdad que fue como un click para mí, bueno, quiero ser todo eso. O soy una jugadora talentosa más y nada más. O quiero ser una de las mejores deportistas. La verdad es que me gustó la idea, pero fue todo un proceso. Y como todo en la vida: prueba y error. Hay que equivocarse para aprender.

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—El talento, a veces, se transforma en un sufrimiento …

—Totalmente, es así. Si te haces cargo de tu talento, claro. El deportista de alto rendimiento lo sabe. Es mucha la carga, son muchas las presiones, muchas las horas de entrenamiento. La mente del deportista está permanentemente bajo tensión, más allá de que sea el mejor del mundo, o el que no es tan bueno. Para ser bueno y ser el mejor tienes que sufrir. Para no sufrir después en los partidos, hay que sufrir en los entrenamientos. Y eso significa dar más de lo que uno puede. Yo terminaba vomitando tras mis entrenamientos físicos. Todos mis entrenadores y técnicos (Cachito Vigil, Luis Barrionuevo, Gaby Minadeo) forjaron en mí una personalidad exigente.

—Hay una letra de los Enanitos Verdes que dice “estoy parado sobre la muralla que divide todo lo que fue, de lo que será; que divide todo lo que amé, de lo que amaré”… ¿Reflejan esas palabras lo que estás sintiendo en este momento de tu vida?

–Sí, sí, totalmente. Para mí esa muralla es una forma de reinventarse. Hoy lo reinventé en una pareja, en charlas que doy a empresas, a nenes, a clubes. Es una forma de entregar lo que aprendí, de mi riqueza como deportista y como persona. El deporte te forja una personalidad y yo estoy orgullosa de la persona que soy gracias al deporte. Es una muralla muy alta, tan alta como la cordillera, que te enseña a amar todo lo nuevo y dejar lo que ya pasó.