No figura entre los más optimistas frente a las reformas que pretende implementar el gobierno de Michelle Bachelet. Y en su calidad de director ejecutivo del Instituto Libertad y Desarrollo, Luis Larraín (58, economista) está intentando —junto a otros think tank y partidos de derecha— recuperar la identidad del sector y los principios ideológicos que, según él, no han sabido defender, lo que ha influido en la actual crisis. “La derecha no tiene un discurso claro con respecto a lo que quiere hacer y por qué quiere gobernar; no ha trabajado su propio sentido de justicia, y eso genera desconfianza”, asegura. Por eso ya tienen programadas varias reuniones para discutir, aunar criterios y confrontarlos a las reformas educacional, tributaria y constitucional que intentará sacar adelante la Nueva Mayoría.

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Recién electo presidente de la Universidad Católica –que lo llevó hace unos días a enfrentar su primera polémica tras el despido de Milovan Mirosevic–, Luis Larraín tiene además otra gran cruzada: llevar al más alto nivel al club católico, quitarle el estigma de ‘secundón’, y una de sus armas es la contratación del entrenador más codiciado Eduardo Berizzo, que hasta el cierre de esta edición se decidía entre la Universidad de Chile y Universidad Católica. El economista pretende, además, aumentar el número de hinchas del equipo cruzado del cual se enamoró a los seis años, motivado por su primo, el sacerdote jesuita Cristián Sotomayor, quien de adolescente lucía en su pieza una enorme foto del equipo campeón del ’61. “A los años siguiente, el ’62 ó ’63  fui al primer partido en Independencia, donde la UC jugaba contra Ferrobádminton. Al final entramos a la cancha, estuve con Tito Fouillioux, fue muy emocionante; desde entonces fui a todos los partidos, ¡no lo dejé más!”, recuerda Larraín, tanto así que en el  ’93 —en la época de oro de la UC con Gorosito, Pellegrini y Acosta— fue invitado por Alfonso Swett a ser parte del directorio, y hace cuatro años acompañó en la presidencia del club a Jaime Estévez, a quien reemplazó hace unas semanas en el cargo. “Nunca imaginé presidir la UC, pero cuando Jaime dijo que había cumplido una etapa, empezaron a mirarse entre todos, y algunos me dijeron ‘tú podrías ser’… Me gustó la idea, aunque por el momento que se vive es un poco más complicado, pero estas son las circunstancias y aquí estamos”.

—¿Cuál diría es la urgencia de la UC hoy?

—La Católica ha vivido la situación inédita de salir segunda en los últimos tres campeonatos, que ha generado en la hinchada una frustración grande, por tanto, la exigencia hoy es muy alta. Y como no puedo asegurar que saldremos primeros, hay que hacer que la directiva, técnico y jugadores sean los más adecuados para obtener un título, que al final en el fútbol, es súper importante; tiene incidencia en lo deportivo y económico. Los seguidores de la UC aspiran a lo mismo que Colo Colo y la U: ser campeones, participar en torneos internacionales, con la diferencia que recibimos menos recursos porque tenemos menos hinchas, lo que implica menos ingreso por TV, auspicio en las camisetas y venta de entradas. Una manera de revertirlo es aumentando la hinchada, y para eso hay que ganar campeonatos, no hay mejor receta; los equipos que tienen más seguidores en el mundo son los más triunfadores… Al final los triunfos deportivos y económicos van de la mano…

—¿Reconoce errores en la gestión anterior por no lograr ese equilibrio?

—Colaboré con Jaime Estévez, respaldé sus decisiones, no puedo decir que haré algo totalmente distinto. Sí creo que necesitamos más inversión en el plantel, y eso hay que amalgamarlo con nuestra tradición de fútbol formativo; somos el equipo que más gente pone de sus divisiones inferiores. Hay que apostar por jugadores con calidad y experiencia; vale más uno que ha sido campeón varias veces, lo mismo un entrenador.

—Eso significará abrir la billetera…

—Estamos evaluando si podemos hacerlo con los recursos que tenemos o si se necesita un aumento de capital, por ejemplo. Ya encargué al gerente general que estudie cuánto tenemos y cuáles son las necesidades. Estamos en ese análisis.

—¿Cuál será su sello a la cabeza de la UC?

—Pretendo un equipo muy agresivo, que salga a ganar los partidos, que los rivales le teman…

—Con la llegada de Berizzo las expectativas se dispararán, ¿cómo lo manejará?

—Efectivamente lo esperamos, es prioridad, pero aún no está finiquitado (hasta el cierre de esta edición)… Las expectativas se manejan tratando de satisfacer lo que la mayoría de los hinchas quiere: un buen técnico, un plantel capaz de ganar campeonatos, y tan lejos de eso no estamos… Ya sea Berizzo u otro, necesitamos un entrenador con ascendiente sobre los jugadores, que les dé confianza y les saque el mejor rendimiento, sobre todo en un club formativo como el nuestro. A veces pequeños cambios hacen la diferencia…

—Los hinchas piden además mayor identidad en el estilo de juego. Muchos coinciden que la UC juega sin un sello…

—La identidad la tiene, insisto, le falta mayor agresividad. El equipo tan recordado de Gorosito y Acosta disputó el ’93 la final de la Copa Libertadores, y aunque perdió con Sao Paulo, el hincha estaba feliz porque la Católica metía siete goles en un partido, era terrible con el rival. Esto no es ciencia, sino una mezcla de cosas, por lo que hay que poner todo de nuestra parte para lograr los objetivos.

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La crisis de identidad, Luis Larraín la advierte más bien en la derecha política chilena que, según él, no tiene un discurso claro respecto de lo que quiere hacer y por qué. A su juicio, este sector siempre ha tenido más problemas que la izquierda para definirse en términos ideológicos. “La derecha es más pragmática, lo que para construir identidad es muy negativo. Basta ver lo que pasó con el gobierno de Sebastián Piñera: tenía buenas cifras, la gente sabe que administró relativamente bien, sin embargo, se  perdió con Michelle Bachelet porque no supo convencer por qué quiere gobernar; eso genera desconfianza y prejuicios”.

—Se le entra a cuestionar su vocación de servicio público.

—Claro, y es porque no ha trabajado su propio sentido de la justicia. Por ejemplo, frente a temas como reforma tributaria y desigualdad, la derecha considera que a los menos favorecidos hay que darles herramientas para que ellos sean sus propios agentes de superación, a diferencia de la izquierda que es más asistencialista. Entonces si ésta arranca eso de su identidad y pretende parecerse a la izquierda, entra a competir con Bachelet en carisma donde nadie le gana. La gente tiene que ver una derecha que no huya de su pensamiento, que diga firme que los bonos del Estado no son la solución permanente, sino el trabajo, una educación de calidad. Hay que perfilar mejor las ideas, porque si no son nítidas, se tiende a pensar que nuestro sector defiende intereses particulares, que quiere el poder por el poder. Ronald Reagan y  Margaret Thatcher convencieron a sus pueblos de que con sus ideas  —distintas a las predominantes— la gente podía estar mejor, y les creyeron.

—Sin embargo, en su sector, pocos se ven dispuestos a dar esa batalla ideológica.

—Bueno, basta con ver los movimientos estudiantiles donde prácticamente la derecha está ausente, no tiene representantes. Hay poca voluntad de desarrollar ideas propias, de explicarle a la población  por qué queremos hacer las cosas, por qué nuestro sentido de justicia es distinto a la izquierda, por qué creemos que el Estado debe darle prestaciones sociales a los más pobres, y dar una respuesta distinta a la clase media que tiene otras necesidades y aspiraciones, que más que le entreguen todo listo, busca mayores opciones, oportunidades y seguridades de las que tiene ahora. La clase media quiere elegir educación, salud, y no está dispuesta a soportar cargas que afecten el presupuesto familiar como ocurrió con el crédito universitario. Por eso, insisto, las respuestas para ésta —que son la gran mayoría de los votantes— deben ser distintas, y hay que elaborarlas desde las ideas propias. La centroderecha debe trabajar el concepto de los seguros sociales, por ejemplo, que la protejan en situaciones de gastos de salud, educación y que afectan el presupuesto familiar.

—¿Y la ve en ese proceso de discusión?

—Sí, como Libertad y Desarrollo siempre hemos trabajado con el instituto Libertad (de RN) y la fundación Jaime Guzmán. Ahora incorporamos a Horizontal, la Fundación Avanza Chile (de Sebastián Piñera), la Fundación para el Progreso y el grupo Res Pública. Ahora tenemos una gran reunión donde discutiremos de educación, porque pensamos distinto a la centroizquierda. Aquí debemos hacer una defensa activa de la educación privada tanto escolar como universitaria, aun cuando hay posturas diferentes, desde Axel Kaiser hasta Hernán Larraín Matte. Lo interesante es debatir las ideas y confrontarlas con la Nueva Mayoría. En estos últimos años, la discusión ha sido muy banal, caricaturizada y se han creado estos molinos de viento: Binominal, Fut, lucro, y vamos lanza en ristre embistiéndolos. El drama para la ilusión de la gente es que capaz que se termine con ellos, y en cuatro años más, ¿estarán resueltos los verdaderos problemas de los chilenos?

—¿Qué cree usted?

—De ninguna manera, no habrá menor desigualdad ni mayor calidad en la educación, y eso pasa por reducir los temas… Ahí es cuando digo discutamos ideológicamente, hablemos sobre cuáles son los beneficios de la educación pública y privada. Porque una derecha que no profundiza en las ideas, no es capaz de sostener esa discusión. Es el proceso que hay que hacer; hay que explicar y convencer por qué nuestro proyecto es mejor.

“La derecha debe dejar de lado el cosismo, y construir identidad discutiendo internamente cuáles son sus ideas, principios, y cómo se aplican a las políticas públicas. De lo contrario, será un sucedáneo de la Nueva Mayoría, es decir, dicen lo mismo, pero son más ´pencas´”.

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—Hernán Larraín Matte cree que frente al nuevo Chile, la derecha debe renovarse y alejarse de ciertos principios…

—Alejarse de los principios doctrinarios de ninguna manera. Hay que atender problemas nuevos como la clase media, cambiar las políticas de los años ’90 en que habían muchos más pobres, pero no significa cambiar tu manera de pensar. No es necesario revisar nuestras ideas que privilegian el mérito personal versus lo colectivo.

—¿Sebastián Piñera tiene responsabilidad en esta falta de identidad, al gobernar —como dijo usted— con banderas de centroizquierda?

—No, sin embargo, a pesar de lo bien que lo hizo en empleo y crecimiento, desgraciadamente no transmitió con suficiente fuerza que eran cosas muy buenas. Es evidente que para resolver la desigualdad lo más importante es el trabajo bien remunerado y una mejor educación. Así es que no me vengan con el cuento de que con una reforma tributaria fantástica se resolverá, ¡no es así! Y el ministro Alberto Arenas ha rehuido la discusión técnica llevándola al terreno político diciendo que es para reducir la inequidad.

—¿No lo ve así?

—Habría que conocer primero los contenidos de la reforma educacional, aunque ya sabemos que está la idea de gratuidad en la educación superior partiendo por el 70 por ciento para llegar a la totalidad. Eso bajo cualquier medición aumentará la desigualdad, porque el 40 por ciento de los más pobres no va a la universidad no solo porque no puede pagar la matrícula, sino porque tiene que trabajar o vive en zonas rurales y deben ayudar al sueldo familiar. El solo hecho de que mis hijos puedan estudiar gratis hace que el Estado gaste plata en personas con recursos perjudicando a esa otra gente. Si la gran reforma apuntara a la educación pre básica, ahí podríamos recién estar hablando de cómo se reduce la desigualdad con recursos del Estado. Sin embargo, en este nivel se invierte por alumno menos de la mitad de lo que se gasta en uno de educación superior.

—El gran eslogan de  la reforma tributaria apunta a que iría en directo beneficio de la clase media.

—La reforma que han planteado no resuelve los problemas en Chile, y lo simplifican diciendo que aumentarán los impuestos a las empresas, y como éstas son de gente más rica, ayudará a disminuir la desigualdad ya que el Estado gastará ese dinero. Sin embargo, en cualquier alza tributaria, una parte la pagan los dueños, otra los trabajadores y también los consumidores. El otro día el subsecretario Alejandro Micco dijo textual: “les vamos a quitar 8 mil 200 millones de dólares a los más ricos”, que me explique cómo esos ricos van a invertir lo mismo o más que antes… Por otro lado, se introduce IVA a la vivienda, impuesto a la ganancia de capital  y no se podrá rebajar impuestos por los fondos de pensiones, que golpea directo a la clase media, ya que sus dos activos más importantes en su patrimonio son su vivienda y fondos de pensión. Michelle Bachelet se equivocó medio a medio al decir que esta reforma afecta al uno por ciento más rico de la población.

—En estos dos meses de gobierno de la Nueva Mayoría, ¿ve una intención seria de pasar la retroexcavadora o es sólo un tema semántico, parte del discurso?

—La cosas buenas que hizo la Concertación dejaron de tener padres, ahora son todos huérfanos, ¡nadie fue!, y la moda es la desigualdad. Claro que existe en Chile, pero mucho menos que hace 20, 40 años. El movimiento estudiantil creó el clima de que aquí está todo pésimo, y todos quieren subirse a ese carro. Algunos de la Nueva Mayoría me han dicho que si las reformas resultan un fiasco, la Presidenta va a rectificar porque es inteligente, pero en este proceso he visto a varios inteligentes a los pies del movimiento estudiantil que son los nuevos  poderes fácticos. Ojalá que rectifique, el peligro está en que no lo haga a tiempo. Y ya existen algunos de la centroderecha sobándose las manos, pensando volver en cuatro años, pero eso es ignorar las dinámicas sociales. A ellos le aconsejo empezar  a discutir los temas de fondo, ya que estos grupos de presión cuando fracasan terminan radicalizándose aún más. Por eso a los optimistas de la derecha que creen que si le va mal a Bachelet saldrá Piñera, les pregunto ¿y no será Girardi el que puede terminar gobernando?