Y aunque esto no tiene en sí mismo nada de malo —la democracia, finalmente, lo agradece—, el que los chilenos vivamos solo para tocar una única cuerda mañana, tarde y noche, podría derivar en un caso patológico. Judicializar hasta los suspiros no parece muy sano. 

Por eso, la Copa América ha irrumpido en el momento justo. No como cortina de humo ni brebaje para el olvido; sino como una tregua para el ciudadano común que de ser testigo de tanto enriquecimiento ilícito, de tanta coima, de tanta evasión impositiva está cerca del estado crepuscular. Para ese ciudadano, tan abatido como indignado, ver a Messi apilando rivales a su espalda es un bálsamo; un quiebre impensado de Neymar, la postal de la felicidad; cualquier carrerón de Alexis, el boleto para una temporada en el paraíso.

Porque más allá del estado de salud de la FIFA —vapuleada y malquerida por todos—, la Copa América mantiene vigente su patente de fiesta que la convierte en un territorio de emociones poco habituales, en la posibilidad de librarnos de ese horrible individualismo que gobierna nuestras vidas para conjugarnos —por prácticamente un mes— en primera persona plural.

No se trata de sacar a relucir el patriotero que llevamos dentro ni de ondear la bandera del chovinismo, pero ponernos en fila todos juntos, sin distingos, detrás de un mismo objetivo —por baladí que éste sea— puede ser una buena terapia para lo que viene. Porque después del 4 de julio, pase lo que pase —medie o no medie otro palo como el que nos impidió celebrar ese remate de Pinilla hace prácticamente un año—, volveremos a vernos las caras tal como hacíamos antes de que esta fiesta comenzara. Y volveremos a ver la vida en blanco y negro, y volveremos a pensar solo en nuestros mezquinos intereses, y volveremos a vociferar nuestra rabia e indignación. Y volveremos a tocar la misma cuerda, y a hablar solo de querellas, formalizaciones, libelos y otras cuitas.

Por eso, bienvenido a la tregua. Disfrútela mientras dure.