En los Juegos Olímpicos de Londres (2012) tocó el cielo. Alcanzó dos cuartos lugares —en salto y suelo—, convirtiéndose en el mejor gimnasta de nuestra historia, transformando su nombre en una empresa. Y aunque en esa oportunidad no logró medalla, para Tomás González fue como si la hubiera alcanzado. En esa competencia se jugó la vida; todos sus sueños y ansiedades de años puestos en su rutina de sólo segundos. Por eso ahora, a días de presentarse en Río de Janeiro 2016, confiesa que su actitud es distinta.

Igual quiere ganarlo todo y las posibilidades son altas, sin embargo, esta vez, pretende disfrutarlo. “En Londres fue tanta la ansiedad, nerviosismo y presión, que ahora quiero pasarlo bien. Fueron mis primeros juegos olímpicos, conseguí lejos mis mayores logros y al fin los chilenos pudieron verme en un escenario top a nivel mundial… Siempre soñé con ese momento, pero al alcanzarlo vino la pregunta, ‘bueno, y ahora, ¡¿qué hago?!’”. A sus 30, llegó el momento de plantearse el futuro. Tomás dice que lo más probable es que Brasil sean sus últimos JJ.OO. pero quizás no… aunque ya tiene puestas sus fichas en su otro gran sueño: la escuela de gimnasia que abrió con sus padres en el complejo de Iván Zamorano.

Allí pretende dar formación deportiva de calidad y proyectar su exitosa carrera que comenzó a los seis años, cuando su papá, el gimnasta Enrique González —a escondidas de su mujer, la ex campeona en salto Marcela Sepúlveda— lo llevó a una prueba de selección con el entrenador ruso Eugenio Belov. Marcela vivió las frustraciones y el escaso apoyo económico de esta disciplina y no quería lo mismo para Tomás. Sin embargo, no solo no pudo aplacar la vocación del tercero de sus cuatro hijos, sino que terminó convertida en su manager y guardiana implacable. “Siempre me sentí bicho raro”, dice el deportista.

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Mientras sus compañeros del colegio San Juan Evangelista iban a fiestas y vivían una adolescencia normal, el mundo de Tomás se reducía a entrenar, estudiar, acostarse temprano y volver a entrenar. Antes de partir a Brasil, su rutina es parecida: practica tres horas diarias en las mañanas, luego de almorzar, duerme 15 minutos; entrena de nuevo, para luego partir al kinesiólogo, masajista o médico de turno; actividades que suspende excepcionalmente por alguna entrevista o sesiones de fotos.

Todo esto, mientras cursa cuarto año de kinesiología en la Universidad Finis Terrae. El escaso apoyo estatal a su carrera —por lo que incluso debió pedir ayuda a Leonardo Farkas para la compra de implementos— no fue obstáculo para convertirse en el gimnasta más exitoso de Chile, que ha hecho que la gente valore aún más sus logros, ya que lo asocian a una historia de superación y esfuerzo. No por nada en mayo salió como el segundo personaje más admirado del país y número uno entre los deportistas, según la encuesta La Segunda-Feedback; un capital que cultiva y que piensa utilizar en sus proyectos futuros, donde no descarta participar en alguna federación deportiva, en el Ministerio del Deporte y hasta en política.

—¿Qué tan distinta es la presión ahora con respecto a los JJ.OO. de Londres?

—La presión está, aunque menos. Si no me va bien ahora, no será tan terrible porque ya logré mucho y al país le demostré que también podemos destacar en otros deportes a nivel mundial. Hoy el panorama es muy distinto para quien quiera practicar gimnasia. Cuando entrenaba en el CAR, no había tapete; saltaba en una línea donde se separaban las tablas. Hoy, en cambio, el gimnasio está equipado con dos juegos completos de aparatos.

—¿Se siente responsable de este avance?

—Sí. Por mucho tiempo no habían buenos resultados, entonces en este período en que me mantuve con mis logros internacionales, las empresas están un poco más interesadas en apoyar a los deportistas. Estamos mejorando de a poco…

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—¿Y las federaciones están a la altura?

—Difícil, por un tema cultural, a los chilenos nos falta mucho camino en el alto rendimiento, entonces, cuesta tener una federación al nivel. Recursos hay, pero hay un tema de organización y de distribuirlo de mejor manera.

—¿Cómo se ve hoy a sus 30 años?

—Súper estable, más seguro, aunque no puedo asegurar una medalla. Compito con China, Japón, Rusia que sí invierten en deporte, aunque sé que tengo nivel técnico y sicológico para meterme en la final. Me tranquiliza abrir mi escuela, es la manera de proyectar mi carrera y mi experiencia en el alto rendimiento. A mi regreso, estaré más presente, a cargo de los lineamientos técnicos.

—¿Cómo visualiza su futuro?

—Difícil imaginarlo; crecí soñando estar en unos juegos olímpicos, en una final mundial, y cuando lo logras, dices: ‘chuta, lo hice, ¿qué hago ahora?’, ¡es fuerte! Es el momento de ver qué quiero hacer, qué me hace feliz y la verdad es que la gimnasia es mi pasión. No me veo lejos del deporte, y me gusta no haberme ido a Alemania cuando me lo ofrecieron para mejorar mi carrera.

—¿Por qué no se fue?

—No me imaginaba fuera de Chile, me siento cómodo acá y me gustó demostrar que con trabajo puedes destacar en el mundo. Aquí a veces la gente es más floja, no tienen la dedicación y disciplina que te exigen afuera y trabajan solo algunas horas.

—¿Qué recuperará en esta etapa?

—Lo que perdí lo tomo como inversión. No fui a mi viaje de estudios, ni a fiestas que me hubiese gustado ir, aunque fui a otras, ¡si tampoco estaba internado! Igual salí, conocí gente, tuve un grupo de amigos que no duró mucho eso sí… No me quedo pegado, siento que soy un hombre más íntegro y completo con lo que viví.

—¿No le quedó nada pendiente?

—Sí, ¡vacaciones! Por muchos años no tomé para no perder la forma física. Me gustaría un ritmo más normal, con días libres para viajar y relajarme, porque aunque me tomaba algunos días, no me sacaba de la cabeza: ‘tengo que entrenar’.

—¿No se saca la gimnasia de la cabeza?

—Estoy todo el día metido en esto. Los sábados bajo un poco la carga, aunque entreno igual y después quedo muerto para salir. Entonces duermo un poco, voy donde mis papás o veo una película.

—¿No tiene vida social?

—Trato de ver a mis amigos del colegio, pero ya están empezando a tener guaguas, entonces cuesta que nos juntemos todos.

—¿Se siente solo a veces?

—Sí po, ha sido uno de los costos, sobre todo aquí en que me siento bicho raro, ya que soy uno de los pocos gimnastas que están con este nivel de exigencia y competitividad. El 2011 se fue de la casa, porque necesitaba independencia, confidencia. “Con mi mamá manejando mi carrera, no lograba desligarme estando en mi hogar, que es el minuto que tienes de descanso. Seguíamos hablando de los viajes, de las competencias, hasta que vi que podía comprarme un departamento y me fui. Fue un orgullo; desde los 11 años que gano mi plata y ahorro”.

—¿Nunca se desordena?

—Para mi cumpleaños carreteo, invito amigos y hago fiestas, pero nunca he sido muy rebelde en realidad. Desde niño fui un viejo chico.

—¿Y su aro en la ceja no significa nada?

—Es mi marca de adolescente, la época en que andaba en skate, que me duró poco. Un tiempo me lo saqué, me sentí raro y me lo puse de nuevo.

—¿Y el amor, Tomás?

—Es otro sacrificio. Cuando tenga más tiempo me preocuparé de encontrar a alguien.

—¿No es tema por ahora?

—No. A los 18 pololeé seis años, terminé y mi vida se transformó ciento por ciento en la gimnasia.

—¿No tiene necesidad de una pareja?

—Sí, obvio, pero en este minuto no.

—¿Piensa casarse algún día?

—A cualquiera le gustaría compartir su vida con alguien, llegar a la vejez acompañado. Cobra sentido el tema de la proyección, no quiero pasar por aquí sin dejar algo. Por eso me gusta el tema de la familia, de los hijos, perros, no sé… Me gustaría ser papá, aunque me da susto.

—¿Cuál es su miedo?

—No sé si me gustaría traer a alguien a este mundo lleno de gente loca (ríe)…

—¿Tendría un hijo soltero?

—No sé. Ya llegará el minuto de planteárselo, por ahora estoy tranquilo. Me encantaría ser papá.

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—¿Es más conservador o liberal?

—No creo ser conservador al haberme dedicado a un deporte que en Chile casi no existía. Somos una sociedad ‘a la antigua’. Seguimos pegados en muchos temas —como el aborto, por ejemplo—, mientras que en Europa y otros países eso ya pasó. Nos faltan muchos cambios sociales, aún te encuentras con personas muy retrógradas.

—Cuesta salirse del molde.

—Bastante. En un minuto dudé de seguir en esto y estudiar agronomía. Es fuerte la presión social, que no te deja decidir por lo que quieres sino por lo que deberías hacer… Me siento bien aportando a la sociedad algo distinto, abrir la mentalidad de que no existe solo el fútbol o tenis.

—Pero no hay recambio en su disciplina.

—Hay más gimnastas entrenando, pero falta un plan de desarrollo nacional para la de alto rendimiento, lo que impide elevar el nivel que ahora es muy bajo. Aunque el alto rendimiento no traiga muchas retribuciones al país, el gobierno debe entender que somos los que podemos motivar a los más chicos a practicar deporte.

—Figura entre los más admirados del país y el número uno entre los deportistas.

—Me gusta, y no siento que deba hacer un esfuerzo extra para dar el ejemplo, porque soy así; ¡me interesa hacer las cosas bien! Es rico que la gente se dé cuenta y sepa lo que me ha costado, la historia de esfuerzo que hay detrás.

—¿Cómo ocupará ese capital que posee?

—Con mi escuela, y el día de mañana aportar en una federación, IND o Ministerio del Deporte. Me gustaría dirigir una federación de manera profesional. Falta gente más preparada, con más conocimiento en deporte. Lo que pase en Río 2016 determinará mi futuro. Si no quedo conforme, me daré otro año más para la alta competencia. A mi vuelta analizaré todo en verdad, tengo que plantearme y planificar qué se viene para mí.

—¿Descarta un cargo más político?

—Me gusta trabajar y aportar con mis conocimientos, pero no sé si meterme en política ni creo tener el perfil. Son muchas negociaciones, donde los políticos anteponen sus intereses al bien común; eso no me gusta. Si me llaman para aportar y hacer mi pega, ¡feliz!, pero meterme me da susto. Se ve tanto desorden, viven peleándose entre ellos y al final resultan todos amigos. Eso me da lata.