Si Jorge Sampaoli arremete a la izquierda, vamos tras él; si se le ocurre subir un cerro de cabeza, allá vamos sin excepciones patas para arriba. Las dudas que en un momento pudieron haber existido sobre sus convicciones no demoraron demasiado en disiparse y conquistada la Copa América se elevó por encima de todos —de Riera, de Acosta, de Bielsa— para convertirse no sólo en el hombre que dio al país el título que tanto buscó el fútbol chileno sino también en un canon. 

El futuro para el fútbol chileno es auspicioso. Pero al lado de Sampaoli lo es todavía más. Si en las próximas semanas él decidiera desembarcarse del proyecto que por contrato lo liga a la Roja hasta el final de las clasificatorias para Moscú 2018, sería difícil encontrar a un reemplazante. 

Sampaoli es para Chile lo que Atila para los hunos, lo que Gengis Kan para los mongoles, lo que Carlomagno para francos y lombardos; su majestad Jorge I, emperador de nuestros sueños, el rey de todas las esperanzas —podría cantar Carlos Vives—, llámense eliminatorias, Copa Centenario, Copa Confederaciones, Copa del Mundo. Con él somos un ejército invencible; sin él, mejor no imaginarlo. 

No se trata de restar méritos a los jugadores —quién sabe si Sampaoli con otro grupo de futbolistas hubiera conseguido lo mismo—, pero él los convirtió a la ideología que profesa, los hizo rabiosos militantes, y merced a eso jugaron como jugaron. 

Yo apuesto al futuro de Chile con él a la cabeza. Es cierto que el casildense tiene sueños, que probablemente le gustaría dirigir en una de las ligas mayores de Europa —España, Inglaterra o Italia—, pero en este rincón del mundo tiene a un pueblo ilusionado, y a un grupo de futbolistas que han jurado obediencia y lealtad a Jorge I. 

No somos una monarquía, mucho menos un imperio. Del mismo modo, no hemos ganado ninguna guerra, a lo sumo una batalla. El pequeño y calvo habitante nos devolvió la esperanza de pensar en grande, de soñar sin límites. Hay tantas banderas por clavar, tantos territorios por conquistar, que hacerlo sin un emperador no sería lo mismo. Es cosa que diga upa para que todos —y cuando digo todos hablo de todos, del profesor en paro, del político, de la vendedora de seguros, del empresario, del ciclista furioso, de la diseñadora de modas, del corrupto— echemos a andar tras sus pasos.