Gran medida. Una posibilidad que debe ser el sueño de millones de aficionados en todo el planeta. Internarse por treinta días, en la propia casa, sin que nadie nos interrumpa, a ver fútbol de selección 24 horas al día. Todo lo que nos parezca necesario. Los partidos en vivo, por supuesto, los resúmenes con las mejores jugadas, las 150 repeticiones de los goles y todos los análisis imaginables de cada imagen. Para mí es un sueño incumplido. En mis 50 años de profesión, he participado en la transmisión televisiva de doce mundiales de fútbol. Nueve de ellos in situ, sintiendo el olor a pasto a orillas de la cancha, aspirando el placer que provoca cada pequeña obra maestra de los genios del balón y emocionándome con las victorias próximas a mis afectos futbolísticos. GettyImages-836531102 Usando el harnero por un largo rato, escudriñando la memoria y filtrando los recuerdos, elijo dos momentos. El primero tiene fecha, hora y lugar: 11 de julio de 1982, a eso de las 9 y media de la noche, en el estadio Santiago Bernabéu de Madrid. Marco Tardelli anotaba el segundo gol de Italia contra Alemania y en ese instante sólo pensaba en mi padre. Ese día en verdad me puse de pie queriendo compartir el triunfo de l’Azzurra en una final con mi viejo, que estaba a miles de kilómetros de distancia. No lo puedo olvidar.

Un par de meses después, caminando por una calle de Viña del Mar, se me acercó un señor mal agestado a increparme por un supuesto robo de propiedad intelectual. Su acusación fue más o menos esta: “En 1950, fulano de tal (no me acuerdo del nombre) usó el ‘me pongo de pie’ para cerrar un gran gol de Everton campeón de ese año y usted ha tenido el tupé de apropiarse indebidamente de la idea”. Debo reconocer que en ese mismo momento sentí mucha vergüenza, aunque nunca pretendí adjudicarme la autoría de la frase. Creo que de ahí en adelante nunca más volví a usarla.

Dieciséis años después, 11 de junio de 1998, Stade du Parc Lescure de Bordeaux. Con más de diez mil compatriotas en las tribunas, estábamos en el umbral de disfrutar una hazaña futbolística mayor. Chile debutaba en el Francia ’98 y faltando cinco minutos para el final le ganaba a Italia por 2 a 1. Pero a eso de las cinco y media de la tarde, el árbitro de Níger designado para dirigir aquel partido, Lucien Bouchardeau, se inventó un penal que puso injustamente el partido en tablas. Ahí me descargué con todo. No me guardé nada y hablé de la “señora FIFA”, de la “mafia FIFA” y del verdadero saqueo sufrido por Chile. A mi regreso a Santiago, sentí en carne propia el desprecio y la crítica de mis paisanos de la entrañable colonia italiana. Pero ya pasó.

pa-315516Ahora empieza Rusia 2018 y me siento raro. Sin Chile y sin Italia. Ausentes mis dos amores, intentaré un romance de invierno con alguien del barrio, alguien cercano que ya conozca bien. Confieso que me fascina la historia del fútbol uruguayo, una leyenda tras otra. La del 16 de julio de 1950 en el Maracaná sigue siendo la máxima epopeya desde que el fútbol asomó, por eso en esta vuelta voy a estar con la Celeste.

También quiero que por fin este sea el Mundial de Lionel Messi. Para mí es sin discusión el mejor jugador de la década, a pesar de Cristiano Ronaldo. Al argentino le falta una copa de verdad para subirse al podio y disputarle a Maradona y Pelé el título del más grande de todos los tiempos. Nuestro conocido Jorge Sampaoli puede ser capaz de armar la estructura y el soporte necesario para que Messi encumbre a la Albiceleste hasta alturas impensadas. Por eso Argentina es mi otra carta. di-galleries-assets.s3.amazonaws
Detrás de Messi y de Cristiano hay una corte de admirables artistas que también tienen pretensiones estelares. Quizá como nunca, la lista es demasiado extensa y habrá que estar muy atento a todo lo que ocurra entre las 6 de la madrugada y las 5 de la tarde (hora de Chile), el rango horario en que se jugarán los partidos de la primera fase.

Cómo me gustaría decirles a mis jefes en la tele y en la radio: disculpen, ¿pero acaso no vieron el cartelito colgado? Por ahora no puedo darme el gusto de Galeano, pero una vez más, es la decimotercera, me empaparé los huesos con la emoción de estar viviendo el juego frente a un micrófono.