Cuando en el 2012 el equipo de Hush Puppies ganó la copa número 90 del Campeonato Abierto de Polo, fueron los mismos ejecutivos de la marca quienes llegaron a la conclusión de que esta historia de torneos que nació en Valparaíso estaba a punto de cumplir un siglo de vida. Entre fechas difusas y datos dispersos, había que hacer algo. Fue el momento en que Miguel Arias Trincado, con la asesoría histórica de Andrea Armijo y Sebastián García, comenzaron una investigación que finalmente se convirtió en un libro de 170 páginas con una cronología documentada.

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¿Lo más difícil? Las fotos e ilustraciones de un deporte que, en Chile, empezó su travesía en suelos áridos. Tal como los orígenes persas del polo, en nuestro país los juegos iniciales fueron coincidentemente en el desierto atacameño, con jugadores ingleses a cargo del poderoso negocio salitrero de principios del siglo XX.

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El primer partido fue cerca de Antofagasta, donde un joven inglés de apellido Hamilton a cargo de una ‘salitrera desmapada’ echaba tanto de menos su húmeda Inglaterra y ese deporte que crecía con fuerza por todo el imperio. Después de una dura faena para obtener el llamado ‘oro blanco’, vio llegar una caravana de carretas que transportaban durmientes para el trazado del ferrocarril. Le llamaron la atención los caballos y pidió que trazaran las líneas de una cancha. Luego envió un emisario con la invitación a jugar polo a otras oficinas salitreras cercanas. Pero los ingleses vecinos pensaron que estaba loco por culpa de la distancia y la soledad. Hasta creyeron necesario advertir a la Corona que había un ‘insano de mente’ mal representando las tradiciones de su país.

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Cuando finalmente fueron a ver a mister Hamilton se dieron cuenta de que efectivamente había caballos, trazado y cancha. Fue cuando comenzaron los partidos que tuvieron tal éxito que uno de los jefes pensó que eran pérdida de tiempo. Los despidió a todos y dio orden que ninguna salitrera los contratara. Terminaron todos regentando una cantina en Antofagasta que bautizaron como ‘La Jamilton’.

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El gusto por el juego se extendió a Iquique y la sabiduría criolla convirtió la práctica en ‘deporte de buena suerte’. Se daban cuenta de que antes, durante y después de un partido, los negocios con los ingleses avanzaban más rápido. La cultura ecuestre, la formación de equitador y la competición, le dieron fuerza al movimiento. Al punto que los primeros clubes tomaron la estructura y legislación del antiguo Hurlingham de Gran Bretaña.

Cuando no existía el Canal de Panamá, la V Región era la Venecia de Sudamérica. Valparaíso era el puerto de mayor influencia y con un quince por ciento de población inglesa. Nació entonces el Valparaíso Polo Club y la primera cancha se instaló en el interior del hipódromo, el mismo que ahora está en Viña del Mar. Los torneos eran en honor a la reina Victoria y los primeros afiliados fueron A.L.S. Jackson, Renato von Schroeders, H. Boutchier y F.A. Claude. A los pocos años nace Tarapacá Polo Club con nombres como George Andersen y Michael Moore. Y finalmente en 1906 el Santiago Polo Club. Al alero del Club Hípico y con la figura de Fernando Subercaseaux Browne como presidente, se consolida un deporte que trajo un cambio en la escena social chilena. La familia mirando desde las tribunas, trabajadores del campo a cargo del cuidado de los caballos y el concepto del sportsman como gran protagonista: un nuevo hombre, hábil en los negocios y mucho más en la cancha.