A principios de mayo, el Estadio Nacional recibió una visita ilustre, pero nadie se dio cuenta. Mientras en la cancha Universidad de Chile enfrentaba a Colo Colo, sentado en las gradas estaba Hans Ulrich Gumbrecht (65), doctor Ph.D en literatura y filosofía (Konstanz, Alemania) y profesor de literatura comparada de la Universidad de Stanford. Salió decepcionado: “Ese Vecchio, de Colo Colo, puede ser un buen jugador, pero con cinco kilos menos. Hubo defensas que no cruzaron la mitad del campo. Pensé que no eran profesionales. Tienen talento, pero juegan como en los ’70”.
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Hans Ulrich Gumbrecht nunca pateó una pelota ni intentó una carrera deportiva. La única disciplina que practicó, y sin demasiada prestancia, fue el waterpolo. “Ni para bailar soy bueno”, confiesa ahora, en un departamento del barrio El Bosque, donde se queda mientras dicta un curso en la Universidad Católica como parte del programa de Stanford Overseas Studies. Sin embargo, debe ser uno de los intelectuales que más sabe de deporte —sus favoritos: el hockey sobre hielo y el fútbol americano—, conocimientos que vertió en su libro Elogio a la belleza atlética, traducido a 12 idiomas. En él postula la tesis que vamos a los estadios no porque seamos hinchas de un equipo o intrigados por el desenlace de la competencia, sino atraídos por la experiencia estética.

—Considerando su origen alemán, imagino que estuvo feliz con que la final de la Champions League la disputaran el Borussia Dortmund y el Bayern Munich.
—Por supuesto, soy hincha del Dortmund. Pero sobre todo me alegré por la eliminación del Barca. El tiquitaca, como le llamo al estilo del equipo español, hoy me aburre. Me recuerda al balonmano: muchos pases cortos que evitan la frontalidad, a la espera de que la defensa se abra; entonces metes un pase, que suele ser mortal.

—Pero, ¿nunca le gustó?
—El tiquitaca ha sido una cosa genial de Guardiola. Lo llevó muy bien, pero tras cinco años de dominio absoluto aparecen los antídotos. Y en esa línea, que dos equipos alemanes hayan llegado a la final no me resulta extraño. Es el fútbol que viene, y en esa variante el Dortmund y el Bayern demostraron ser los mejores equipos.

Hans Ulrich Gumbrecht nunca pateó una pelota ni intentó una carrera deportiva. La única disciplina que practicó, y sin demasiada prestancia, fue el waterpolo.

—Bajo su mirada, ¿cómo es ese fútbol?
—Es un fútbol de una preparación física enorme. No olvides que después del ciclismo, el fútbol es el segundo deporte más exigente; cada jugador cubre el campo entero. Tiene una técnica media absoluta: ya no hay jugadores que no manejen bien la pelota. Y, al contrario del tiquitaca, es un fútbol vertical, de pases largos y jugadas pre-estructuradas. Es un fútbol que no llegará jamás a la perfección del tiquitaca. En ese sentido, recuerdo el juego del Barca cuando venció por 3-1 al Manchester en la final de la Champions de 2011. Mejor que eso no se puede jugar al fútbol. Pero es un fútbol que ya está muy visto. Lo que viene, prescinde de la posesión del balón. Si te fijas, en las semifinales, el Bayern y el Dortmund siempre tuvieron un menor porcentaje en este ítem. En el 4-1 del Dortmund contra el Madrid, el equipo alemán no pasó del 40 por ciento de posesión de pelota, lo mismo que el Bayern contra el Barca.

—Desentendiéndonos de la actualidad, imagino que hubo equipos que respondieron en su momento a una alta expresión estética.
—Yo tengo 65 años, he visto equipos que tú no viste jugar. Por ejemplo, la selección de Hungría del 54, la de Puskas, la que perdió la final con Alemania en el Mundial de Suiza, y que se había dado el lujo de ganar por primera vez a Inglaterra en Wembley por 6 a 3, un año antes. Luego, el Brasil de 1958. Me tocó ver de nuevo la final contra Suecia, 5-2. Han existido pocas delanteras como esa: Garrincha, Didí, Vavá, Pelé, Zagallo, una maravilla.

—El Brasil de ahora parece estar a distancia del de entonces…
—Si siguen jugando como lo han venido haciendo, no van a hacer nada, ni contra equipos como Corea del Sur, aunque sean locales en la próxima Copa del Mundo. Dicho sea de paso, nadie ha reparado en lo bien que vienen jugando al fútbol Corea del Sur desde hace unos diez años. Vivieron una explosión deportiva a partir de los Juegos Olímpicos de 2002. No te olvides que acabaron cuartos en esas olimpiadas. Si hasta en los juegos de invierno destacan: esquiando son fantásticos.
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ROMARIO, DE LA FAVELA A LA ALCALDÍA

Hay, en el mundo del fútbol, jugadores que a Gumbrecht le llaman la atención. Uno de ellos es Romario, campeón del mundo en 1994. Siempre le pareció “un tío con chispa, aunque completamente analfabeto”.

—Una vez, cuando volvió de Europa a jugar por el Vasco de Gama, impuso en su contrato la posibilidad de no participar de los entrenamientos. Ante eso, en una entrevista en O’Globo le preguntaron cómo era posible. Y él dijo: “Sou futbolista, atleta nao”. En 1998, cuando fue enviado de regreso a Brasil por supuesto consumo de cocaína, no pudiendo participar en el Mundial, creo recordar que declaró que no entendía cómo los otros futbolistas podían jugar sin consumirla. El sale de una favela, Su padre era un criminal. Creció en un ambiente horrible. Y como jugador siguió un poco en ese camino. Pero una vez que nació su hija Ivy (2005), que tiene síndrome de Down, cambió, se convirtió en otro. Hoy es un político serio… Es como la carrera de Garrincha pero al revés.

—El de Romario es un caso bien atípico, no es la historia de Maradona, ni menos la de Beckenbauer o Pelé.
—Pelé es el rey, y Beckenbauer el emperador. Eso significa que se mantienen a distancia de la política. El Káiser es hijo de un empleado de correos. Ha sabido asesorarse en su carrera. No creo que tenga talento político, como tampoco lo tiene Pelé, quien incluso fue nombrado ministro de Deportes. Romario ha sido inteligente. Entró al Partido do Trabalho, el de Lula, donde su historia se convierte en una vida ejemplar, el chico de la favela que termina triunfando, en vez de militar en un partido de derecha donde habría sido un excéntrico. Ahora se va a presentar como alcalde de Río de Janeiro y no tengo dudas de que va a ganar.

EL DEPORTE Y LA GUERRA FRÍA

—Hasta hace algún tiempo, los países de la ex órbita socialista solían dar gran importancia al deporte. Ocurrió en la ex URSS, en Cuba, en la misma Alemania Oriental. ¿Cree que alguna autoridad haya pensado en el deporte como una experiencia estética?
—No lo creo. El socialismo y el comunismo siempre tuvieron una estética muy conservadora. Esa idea leninista de rescatar grandes obras de la aristocracia y la burguesía para el socialismo da cuenta de eso. Goethe era mucho más venerado en Alemania Oriental que en la Occidental.
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—Con todo, hay casos que han representado una experiencia estética en sí mismos. Pienso en la rumana Nadia Comaneci o en el boxeador cubano Teófilo Stevenson.
—Puede ser, pero cuando los procesos no daban resultados, había un endurecimiento terrible. Si no salía por las buenas debía salir por las malas. La etapa final de Comaneci lo evidencia. En el caso de Alemania Oriental se llegó a niveles horrorosos. Por ejemplo, el empleo de drogas en su lucha por ganar medallas olímpicas. En 1972, Alemania Oriental obtuvo más medallas que la URSS, que Estados Unidos y que la misma Alemania Occidental. Y estamos hablando de un país más o menos como Chile. Si una chica de diez años nadaba bien, no tenía otra opción que convertirse en nadadora olímpica.

—Como ocurre hoy con los gimnastas chinos…
—Hablo del caso alemán porque luego de la unificación hay una documentación importante que avala esa situación. El sistema de reclutamiento era despiadado. No tenías alternativa. Ante eso, yo prefiero el caso de Garrincha, a pesar de que es un drama tristísimo, hablo de él y se me humedecen los ojos. Pero por lo menos el alcoholismo de Garrincha era su alcoholismo. Por otro lado hay algo que los países socialistas nunca pudieron conseguir, aunque lucharon por ello: un gran equipo. La URSS tuvo grandes jugadores, pero ni en su mejor momento, los mundiales de 1962 y 1966, consiguió algo importante.

LA BELLEZA DE LA VIOLENCIA

—Hay un deporte que siempre está en tela de juicio: el boxeo. ¿Se aplica en él el concepto de experiencia estética?
—La idea de que existe una contradicción entre violencia y estética es una idea socialdemócrata del siglo XXI. Y es falsa. Violencia se define como la ocupación o defensa de espacios con cuerpos resistido por otros cuerpos. Si la violencia está consentida por las partes no es problemática, que es lo que ocurre en el boxeo. Hoy en día, nuestro cotidiano está totalmente espiritualizado, todo es virtual, por lo que hay un fuerte deseo de corporalidad. No digo que la experiencia estética traiga consigo compensaciones, pero el boxeo llena un poco eso. Para mí, hay ciertas peleas que son una experiencia estética maravillosa: los tres combates de Muhammad Alí con Frazier, o la batalla con Foreman.
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—¿La violencia no anula la experiencia estética?
—Un crimen puede ser, con ciertos límites, un objeto de placer estético. No la invalida. Pienso en mis dos deportes preferidos y en el grado de violencia que tienen: el fútbol americano y el hockey sobre hielo. Yo veo 50 partidos de hockey al año y no me canso. Y voy un poco más lejos. Los deportes que tienen una belleza explícita son los que menos me gustan, y ninguno de ellos es muy popular: el patinaje artístico, la gimnasia, los saltos ornamentales. No tengo nada contra ellos, pero no poseen la fuerza estética del fútbol, del boxeo o de una carrera de cien metros planos. Nadie va a ver a Usain Bolt para saber si ganará o no. Verlo desplazarse por la pista es el mejor ejemplo de una experiencia estética. Y hasta puede verse como un ejemplo de violencia potencial.