La conversasión con mi marido a la hora de la cena fue más o menos así:

—Tengo que escribir una columna relacionada con el Mundial.

—Ja, ¿vos? ¿Querés que te la escriba?…

A esta altura, creer que el fútbol tiene más simpatía con la testosterona que con los estrógenos es igual de absurdo que pensar que un tipo es gay cuando se preocupa por la ropa. Hombres y mujeres tenemos cada vez más cosas en común, y no me refiero al ámbito laboral ni al familiar, lo cual resultaría una obviedad, sino a los gustos e intereses. Jorge Luis Borges lo dijo así: “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”. Y la popularidad no tiene nada que ver con el género.

El fútbol es el patriotismo del tercer milenio. El amor a la bandera hoy se llama pasión por la camiseta y el mejor ejemplo es que por estos días Sampaoli se la juega para convertirse en el Bernardo O’Higgins o, en su defecto, el Arturo Prat de los manuales escolares de 2110. Héroe nacional, en cualquier caso.

Maradona dijo una vez que “la pelota no se mancha”, y con eso quiso decir que uno se puede equivocar en todos los ámbitos de la vida, pero el fútbol es otra cosa. Es eso que nos pone estúpidos y nos obliga a convertirnos en seres ultraproductivos para terminar antes nuestro trabajo y llegar a ver el partido con los amigos. Es lo único que puede postergar para mañana la necesidad imperiosa de comprar los zapatos increíbles que ahora están en oferta, y es también el ‘remedio’ capaz de mantener (casi) quietos al ciento por ciento de los alumnos de los colegios que paralizan sus clases para alentar a los jugadores. 

A Borges no le gustaba el fútbol. “Esa cosa estúpida de ingleses… un deporte estéticamente feo: once jugadores contra once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos”, decía. Y estaba equivocado, porque no son once, sino millones. Somos todos, varones, mujeres, niños, niñas. Así que dejen de molestar con eso de que ahora son los dueños del control remoto, porque nosotras también somos patriotas, también apostamos en una polla y como somos más racionales, hasta es posible que la ganemos. Borges no era amigo de este deporte, pero en algo tenía razón: “No se puede contemplar sin pasión. Quien contempla desapasionadamente, no contempla”.