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Alex Morgan, la dueña de la pelota

Es una de las jugadoras más reconocidas del planeta y goleadora de la selección de Estados Unidos, actuales campeonas mundiales de fútbol femenino. Con su país ganó también la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Londres 2012 y sus triunfos se han extendido mucho más allá de la cancha. Ha escrito libros juveniles, ha aparecido en Los Simpsons y es rostro recurrente en portadas de revistas y programas de televisión. Como si esto fuera poco, acaba de estrenarse una película (Alex & Me) que ficciona su vida y donde, por cierto, actúa. Con más de 5 millones de seguidores en Instagram, numerosos contratos de auspicio e innumerables logros futbolísticos, a sus 29 años Alex Morgan hoy es una de las deportistas mejor pagadas del mundo.

Hay algo que nunca ha hecho hasta ahora en su exitosa carrera: enfrentar a un equipo chileno. Pero ahora que el despegue del fútbol femenino le está permitiendo a la Roja femenina codearse con las potencias mundiales, eso pronto va a cambiar. El equipo estadounidense se prepara para recibir a Chile en dos amistosos a jugarse en California, el viernes 31 de agosto y el martes 4 de septiembre, en el marco de la preparación de ambos países para la Copa del Mundo, que se desarrollará en Francia el año que viene. Con esos partidos a la vista, CARAS habló con Alex Morgan.

—Usted jugó en la selección juvenil de Estados Unidos que ganó el campeonato mundial sub 20 disputado en Chile en 2008. ¿Qué recuerdos tiene de esa participación?

—Tengo un montón de buenos recuerdos de Chile y de lo acogedora que fueron los fans con nuestro equipo. En cada partido nos hicieron sentir como si estuviéramos en casa. El público nos apoyaba cantando y haciendo ruido de principio a fin. Me encanta jugar frente a público así. Tuvimos oportunidad de explorar varias ciudades chilenas y terminamos ganando la final en Santiago con un gol mío. Era mi primera visita a Sudamérica y resultó ser una experiencia genial.

—¿Qué hábitos complementan su preparación como futbolista?

—Practico yoga casi todos los días y aparte del fútbol hago clases de spinning, corro y también nado un poco. Evito que mi cuerpo caiga en la rutina física y por eso me gusta probar otras actividades. También soy muy consciente de lo que como, aunque no me restringo demasiado y de pronto igual puedo almorzar una hamburguesa. Lo importante para mí es que mi cuerpo se sienta bien. Mi dieta incluye un desayuno saludable, un almuerzo ligero de hojas verdes y proteína y no volverme loca con los carbohidratos al final del día. Durante el día también como nueces o fruta: las zanahorias con hummus son un snack saludable.

—En casi todos los deportes, a sus principales estrellas se les atribuye un rol de modelo o ejemplo para los más jóvenes. ¿Qué impacto tiene esa responsabilidad en su día a día fuera de la cancha?

—Las mujeres futbolistas son percibidas como si tuvieran que ser más accesibles que los hombres con sus fans. Como jugadoras, generalmente estamos más disponibles para los más chicos después de los partidos, mostramos nuestra mejor sonrisa y somos más amigables con nuestros seguidores en general. Tenemos una relación especial con ellos, pero de pronto se hace difícil poner límites, porque muchas veces asumen que sentimos la misma pasión y nos gustan exactamente las mismas cosas del fútbol que a ellos. Todo eso es genial, pero efectivamente agrega algo de presión, en el sentido de que siempre queremos ser acogedores con los fans y al mismo tiempo tener nuestra propia vida fuera del escrutinio público.

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Marco y Esteban Grimalt, fuerza familiar

Como dupla de voleibol playa, los primos Marco (29) y Esteban (27) Grimalt ya cuentan con una participación olímpica en su bitácora (Río 2016) y tienen toda la intención de repetirla en Tokio 2020. Bien encaminados van, porque este año, después de ganar la medalla de bronce en los Juegos Odesur, viajaron a Europa y Asia a jugar varios torneos de la gira World Tour, marcando un hito histórico al ganar la fecha disputada en Japón.

Oriundos de San Felipe y Linares respectivamente, son parte de la segunda camada de un apellido que ilustra las últimas décadas del voleibol chileno. El padre de Esteban es el mayor de siete hermanos, seis de los cuales jugaron en algún momento por la selección. En otras palabras, hace más de 45 años que hay por lo menos un Grimalt sacando, bloqueando y remachando por Chile. Acorralados por la genética, Marco y Esteban se iniciaron en el voleibol indoor y muchas veces les tocó enfrentarse representando a sus ciudades. Pronto se vieron jugando juntos en las selecciones menores, hasta que un día tuvieron que optar.

—Esteban: ¿Cuándo se dieron cuenta de que tenían proyección como dupla de voleibol playa?

—En 2006. Faltaba una dupla para completar el cuadro de un torneo y nos pidieron entrar. Era la primera vez que con Marco jugábamos esta modalidad y nos quedó gustando, así que seguimos y empezamos a progresar. En 2009 ganamos nuestro primer Sudamericano y terminamos primeros del ranking nacional. Y en 2010 tuvimos que decidir si seguíamos jugando en voleibol indoor por la selección chilena o nos dedicábamos definitivamente al de playa. Elegimos lo segundo, porque sentíamos que teníamos más proyección y posibilidades de llegar al nivel mundial. Fue una buena decisión, porque nos hemos ido metiendo cada vez más en la élite y fuimos los primeros voleibolistas chilenos en clasificar a unos Juegos Olímpicos.

—E: Fuera de lo obvio, ¿qué necesita una dupla de voleibol playa?

—Este es un deporte donde la cabeza y la mentalidad con la que afrontas los partidos es muy importante. Y a veces puede serlo incluso más que el físico, por eso hay jugadores de 40 años que siguen en el más alto nivel. Nosotros entrenamos alrededor de cinco horas diarias, de lunes a sábado, para poder rendir a tope esos 30 minutos que dura un partido. Son meses de preparación y con Marco ya tenemos claro que la única manera es trabajar durísimo.

—E: ¿Y cómo es la rutina de preparación de un voleibolista de élite?

—Hacemos distintos tipos de entrenamiento según el objetivo y el momento de la temporada. En la primera parte hay mucha carga física, precisamente para afrontar exigencias como esta gira de dos meses, con siete torneos prácticamente seguidos y solo una semana de descanso. Cuando termina un periodo de mucha competencia como este, volvemos a trabajar fuertemente la parte física para recargarla y abordar lo siguiente. En la arena alternamos sesiones de entrenamiento técnico, que corresponde al juego propiamente tal, y otras que son más que nada físicas: piques, desplazamientos y saltos para mejorar la condición anaeróbica. Pero no menos importante es el trabajo en el gimnasio, con pesas y entrenamiento funcional para prevenir lesiones y jugar durante todo el año.

—Marco: ¿Qué importancia cobran para ustedes hábitos como dormir y alimentarse bien?

—El “entrenamiento invisible” que hacemos es muy importante en nuestra preparación e incluye temas como el descanso, la alimentación y las sesiones de trabajo recuperativo, ya sea individuales o dirigidas por el equipo de Clínica Meds que nos apoya. También contamos con un nutricionista que nos da pautas de alimentación y tratamos de controlar lo que estamos consumiendo, en qué cantidad y en qué etapa de nuestra preparación. Las horas de descanso son otro aspecto fundamental, especialmente en los periodos de mayor exigencia física. Por eso ninguno de los dos es muy bueno para salir o trasnochar y priorizamos panoramas más caseros.

—M: ¿Qué relevancia tiene la concentración para una dupla de beach volley?

—Obviamente, a veces nos enojamos durante un partido, porque poseemos temperamentos diferentes y afrontamos la presión de distinta manera también. Pero como siempre hemos dicho, tenemos una relación extraordinaria dentro y fuera de la cancha. Incluso con nuestro equipo técnico preparamos la forma en que nos llamamos la atención o nos corregimos mientras jugamos. Al ser tan sicológico este deporte, siempre va a ocurrir que uno de los dos esté más bajo anímicamente, o se esté llevando la presión del partido, porque los rivales le cargan el juego a él cuando lo ven cometer más errores que su compañero. Por eso los dos necesitamos manejar en la cancha las herramientas necesarias para levantar al compañero y sacarlo del “hoyo” cuando eso ocurre.

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Dean Karnazes no para de correr

A sus 55 años, es uno de los íconos mundiales del ultramaratón. Sus hazañas y sus libros lo han puesto entre los 100 personajes más influyentes del mundo según la revista Time, y aunque sabe muy bien que las exigencias de su estilo de vida solo las soporta una minoría, comparte estrategias y consejos para afrontar carreras que, en su caso, pueden durar días.

Definido como toda carrera pedestre cuyo recorrido supere los 42,195 kilómetros, el ultramaratón considera distancias de 80, 100 o 160 km, aunque los hay de 360 y hasta 500 km. Otras, en vez de una distancia, abarcan un determinado tiempo: 24 o 48 horas corriendo. Una locura que muy pocas personas, como el californiano Dean Karnazes, son capaces de sobrellevar. Al cumplir 30 años, Karnazes decidió que no iba a pasar el resto de su vida detrás de un escritorio. Hoy tiene 55 y además de haber completado hazañas como correr sin parar tres días seguidos o completar 50 maratones en 50 días, es autor de varios libros (incluyendo el best seller Ultramarathon Man) y un activo promotor de la vida sana y el ejercicio físico.

—¿Cree que exista un límite para la distancia que el ser humano puede correr de una sola vez?

—Las barreras más grandes son sicológicas, no físicas. El cuerpo humano es una máquina sorprendente y en la medida de que seamos capaces de sobrepasar nuestras limitaciones percibidas, siempre se puede ir más allá de lo que creíamos posible. La mayor distancia que he corrido de una sola vez, sin parar, fueron 560 kilómetros en 80 horas y 44 minutos. Pasé tres noches sin dormir y eso te pone en un estado alucinatorio, pero estoy seguro de que bajo las condiciones de preparación adecuadas, el cerco se puede correr un poco más.

—Dice la leyenda que usted encarga pizzas cuando compite. ¿Cómo se alimenta mientras corre?

—Una vez llevé un registro exacto de lo que comí en una carrera de 320 kilómetros: 28.000 calorías en 46 horas y 17 minutos. Al cruzar la meta, igual había bajado 2 kilos y medio. Para la resistencia se necesitan calorías, es cuestión de matemáticas: si estás quemando 600 calorías por hora y vas a correr 50 horas seguidas, es un montón de combustible el que necesitas ingerir. Pero en carreras muy largas, doblo la pizza en dos y me la trago sin detenerme.

—Dormir bien y comer bien parece ser la receta antes de una carrera larga.

—Para mí el sueño y la nutrición son aspectos esenciales. Cuando exijo mi cuerpo corriendo, solo puedo confiar en lo que tengo ahorrado en el banco y ese día voy a necesitar hacer un retiro grande de fondos. Mi dieta de entrenamiento normal consiste en productos ciento por ciento orgánicos y naturales. Antes de una carrera, mi costumbre es no hacer muchos cambios de alimentación. El único consejo que doy es reducir la ingesta de fibra 48 horas antes. Hay que vigilar el consumo de fibra insoluble, porque nadie quiere andar cargando peso muerto mientras corre.

—El estilo de vida convencional, que usted decidió abandonar a los 30 años, suele llevar al sedentarismo y la obesidad. Como vocero de un estilo de vida totalmente opuesto, ¿se siente escuchado?

—Soy optimista. Noto que por fin están empezando a cambiar algunos comportamientos y se están dando pasos concretos para incentivar que las personas adopten un estilo de vida más activo. Aceptémoslo: puedes tener todo en este mundo, pero si no tienes salud, en realidad no tienes mucho.

En octubre, Dean Karnazes volverá a Chile para correr los 160 kilómetros del North Face Endurance Challenge, la carrera de trail running más importante del cono sur. La exigente competencia recorrerá la precordillera de Santiago, atravesando cinco comunas de la Región Metropolitana. Dada su alta complejidad técnica, el trazado de 160 km está reservado para competidores avanzados y marcará el retorno de Karnazes a nuestro país después de haber cruzado 250 km del desierto de Atacama en 2008.