A estas alturas, es un rockstar. Sale del Johnny Rockets, donde acaba de almorzar, y un par de jóvenes se le acercan para tomarse fotos con él. Amable, con una sonrisa, accede de buen ánimo. Unas noches antes, en el Club Hípico, en plena fiesta de clausura del Dakar, los asistentes al VIP hacían esfuerzos por inmortalizarse con él. Y eso que a pocos metros estaba el francés Cyril Despres, el ganador de la última edición de la carrera más larga y compleja del rally cross country. Es que, a estas alturas, Francisco López Contardo es ídolo total. Un crack. Dejó de ser un curicano cualquiera para convertirse en un patrimonio nacional, pero ya no sólo de los amantes de las motos o de las competencias tuercas, sino para todo el mundo, que reconoce en él su talento en los manillares y su perseverancia para superar la adversidad. Es Chaleco, simplemente. Una figura reconocida y admirada. Un rockstar. Capaz de poner de moda una prenda de invierno en pleno verano.

Sin embargo, detrás de la fama que hoy lo acompaña hay una historia y, en ella, las múltiples razones de que, a los 37 años, el éxito lo acompañe.

Sigue siendo el tipo simple, sencillo, provinciano. En muchos sentidos. Pero, a su vez, muchísimas cosas han cambiado en el piloto que, a principios del 2000 partió con un puñado de euros a vivir en una furgoneta-hotel-taller de motos y correr el Mundial de Enduro en diferentes países de Europa. Ese tiempo de enormes sacrificios ha quedado atrás en varios sentidos. Hoy es un profesional del motociclismo, con un equipo multidisciplinario que lo apoya en su preparación, y con viajes a Europa que están bien cubiertos, lejos de las precariedades logísticas de hace ya varios años, pero que en la memoria de López son recuerdos que están frescos, como a la vuelta de la esquina.

ESTABLECIDO HACE VARIOS AÑOS EN SANTIAGO, PANCHO, COMO LO LLAMAN SUS AMIGOS vive en un departamento en Avenida Las Condes. En el living, una repisa de forma irregular cruza de lado a lado una de las paredes de la sala. En ella, se lucen los dos Touaregs, premio que valida sus dos podios en el Dakar. Pero, además, hay una colección de miniaturas de los personajes de la saga de la Guerra de las Galaxias, también una de motos, algunos cascos, discos de vinilo y un tocadiscos con forma de maleta, con parlantes y todo. “Lo encontré en un viaje a Europa y me encantó. Suena súper bien”, cuenta mientras pone un disco de rock y comenta una infidencia: “soy súper cachurero”.

Aunque sus cuarteles generales sean los de Santiago, el curicano se define “como un nómade, y por eso es que en mi pieza, siempre está la maleta abierta y a medio llenar”. Y cómo no. Una semana después de finalizado el Dakar se fue unos días a Curicó con su familia, pero se relajó poco. Le gusta demasiado la moto. Por eso, a fines de enero partió una semana a Magallanes, a correr un Enduro en Torres del Paine.

Es que El López, como también lo llaman sus cercanos, descansa poco y nada. “Hasta marzo, traté de ir harto a Curicó, cada 15 días, a ver a mis viejos. Allá tengo un circuito de motos chico, otro de trial en la casa y unos senderos para andar en bicicleta. La idea es pasarlo bien porque salgo a recorrerlos con mis amigos”.

Pareciera que nunca puede, literalmente, bajarse de la moto. “Es que allá ando sin el cronómetro puesto”, afirma. “Esa es la gran diferencia y no me saturo nunca. Eso sólo pasa cuando estoy con muchas reuniones o eventos en Santiago. Pero andar en moto nunca me cansa”, sentencia.

Tal es su romance con las máquinas de dos ruedas que en la casa familiar en Curicó armó un taller, donde tiene una colección de 20 motos. “Está mi primera, una Kawasaki 77; también tengo la última moto con la que corrió mi viejo (Renato, a quien le debe la herencia del apodo de “Chaleco” porque competía con esa prenda sobre la indumentaria), una Honda CR de 1981; está la Honda 450 con la que fui campeón del mundo de rally cross country; ahora llevé las dos KTM con las que hice podio en el Dakar…”.  También están sus cascos y chaquetas. Su historia deportiva, en resumen. “Me gusta meterme ahí, a ordenar las piezas, me relaja”, cuenta.

Sus días en Teno y Curicó también los combina con algunos viajes a Trilco, un balneario donde tiene una cabaña, o con salidas a marcar senderos para una competencia que organiza en marzo. La carrera ‘Dunas de Putú’ surgió como una manera de aportar a su zona después del terremoto del 27 de febrero, y este año ya celebraron la tercera edición.

En su ciudad natal también aprovecha sus días junto a su sobrino, Lucas, el hijo mayor de su única hermana, Ana María. Tiene 9 años  y es, según sus cercanos, como el hijo que aún no tiene. El lazo entre ambos es fuerte y se estrechó aún más  durante 2011, cuando el pequeño jugó un rol fundamental en la vida personal y deportiva del Chaleco.

Durante el Rally de Túnez, el piloto sufrió una fuerte caída, que le perforó un pulmón y le provocó múltiples fracturas, dos de ellas expuestas. En paralelo, a Lucas le diagnosticaban radbomiosarcoma en el ojo derecho, un cáncer tan maligno como agresivo.

Le enfermedad de su sobrino lo motivó a imponerse una rápida recuperación para que, pacto de por medio, Lucas tuviera la fuerza para sobrellevar las quimioterapias, la caída del pelo y todos los trastornos que trajo consigo ese cáncer. López le prometió que correría el Dakar 2012 y que ganaría etapas, pero a cambio Lucas debía mejorarse. Y ambos cumplieron su palabra. Con sólo 7 años en ese momento, su sobrino le enseñaba una lección de coraje y el tío estuvo a la altura. “No podía arrugar”, confidencia. Entre ambos se motivaron y apoyaron para estar bien, sanos.

Hoy, en Curicó pasa el máximo de tiempo posible con su sobrino. “Invito a Lucas y a sus amigos a la casa, subimos las motos a un carro y me los llevo a andar al circuito que tenemos. Les enseño y después vemos alguna película, jugamos playstation y nos pegamos un chapuzón en la piscina”, resume con tono paternal el Chaleco.

A SUS 37 AÑOS CHALECO LÓPEZ ESTÁ SOLTERO. A estas alturas, seguro, uno de los más codiciados del país. Un rockstar sin fanáticas no es rockstar.

“Casarme lo veo difícil por ahora. Me veo padre también, pero no todavía. Creo que va a ser cuando tenga que ser, pero ahora mismo no lo ando buscando, porque estoy muy contento y enfocado en lo que estoy haciendo y logrando. Pero, por sobre todo, sería irresponsable ser marido o padre haciendo lo que hago, por el riesgo que corro, por lo poco que estaría con mi familia. Ser un tipo penca como pareja, no cuesta nada. Está lleno de esos”, sentencia.

—¿Pero has tenido compromisos más estables?

—No he estado cerca de casarme. Alguna vez estuve muy embalado. En un minuto, viví con alguien, y todo bien. Lamentablemente, siempre pasa lo mismo: me voy tres meses a Europa (a partir de marzo), donde ando con la cabeza en hacer la pega. Así es complicado tener una relación, porque hay que dedicarle el tiempo que se merece, no todo va a ser motos o los intereses de uno. Pero no es un tema que me complique ni que me urja estar soltero o sin hijos, porque no creo que vaya a ser un papá-abuelo, estoy seguro que voy a ser taquilla, papá-joven… A los 60 años voy a andar en shorts y con la patineta al lado, dice riéndose.

“En la vida, no se puede tener todo, no se puede ser todo. Me dediqué al deporte, y estoy feliz, pero lamentablemente no me he podido dedicar a hacer familia, porque probablemente no estaría donde estoy. Las dos cosas, hoy, serían difíciles de compatibilizar. Aunque muchos creen que se puede, yo me sentiría irresponsable hacerlo”, reflexiona.

—¿No será que tanta explicación no sea más que la justificación del miedo al compromiso?

—Eeehhhmmm… sí, lo es. reconoce. Creo que le tengo más miedo al compromiso que a andar en moto. Es una responsabilidad. En la moto me juego la cabeza, pero voy solo. Tener una relación estable es todo un contexto de respeto por la persona que tienes al lado. Si estoy con alguien, prefiero dedicarle el tiempo, el lugar, el espacio, y creo que para una familia es aún más. No es el momento aún para ello. Tengo al menos un año más corriendo, y ése es el foco, por ahora.

Por ahora. Frase clave. Chaleco abre otro flanco de confesiones. Durante el Dakar que acaba de finalizar, arriba de su moto, pensó mucho en bajarse. En el retiro. “Finalmente, el podio conseguido, la llegada de la carrera en Chile, ganando etapas, con tu gente ahí, con miles de personas alentando en La Serena, te entregan una adrenalina que te llega directo, y eso me convenció de seguir al menos un año más en esto”.

Acá, la motivación es fundamental, asegura el deportista. “Tengo 37 años, y podría hacer muchos Dakar más. No sé si me veo como (el noruego Pal Anders) Ullevalseter, corriendo a los 44 años. O compitiendo cinco o seis años más. Hoy, tengo que enfocarme en Dakar 2014, y estoy súper motivado. Eso me deja tranquilo. No sé si sean dos o tres más, porque la clave es ir pensando año a año. Los que me conocen no me creen que voy a dejar la competencia, pero hace rato que lo venía pensando y en cómo voy a enfrentar mi futuro. Hago un deporte de muy alto riesgo, con mucho sacrificio, mi vida pasa muy rápido entre entrenamientos, viajes y toda una vorágine que no permiten que sea una vida normal…”, filosofa.

El temor, en todo caso, no es un factor en esta decisión. “Le tengo miedo a las enfermedades, por lo que le pasó a mi sobrino, y a los accidentes en moto, pero no al hecho de caerme, sino  al tipo de lesión que te puede provocar”, agrega.

Para Chaleco este 2013 se viene fuerte. En marzo, y por unos tres meses, se establece en Italia y se dedicará a entrenar intensamente, además de hacer algunas carreras. También parte a España, donde trabajará con Jordi Arcarons, un ex rallista hispano devenido en team manager de los principales exponentes de la especialidad.

PESE A ESE ESPÍRITU NÓMADE Y AVENTURERO, como él mismo se define, Pancho se ha ido enamorando del desierto. Por ello, hace algún tiempo se compró un terreno en San Pedro de Atacama, otro de los lugares donde se siente a gusto, feliz.

“San Pedro es desconexión total. Allá apago el teléfono. Me gusta mucho, subir desde Calama mirando el volcán… Ahí empiezo a llenarme de energía, porque ir para allá es más místico, es más personal. Ahí me conecto conmigo, me gusta ir solo, pedalear, he conocido lugares preciosos andando en moto. Me enamoré del desierto, de sus amaneceres y atardeceres, de su tranquilidad…”.

En la turística ciudad de la Provincia del Loa, de hecho, se sustenta parte del futuro de López. Ahí tiene planificado, junto a “Ricky” Godoy (otro ex endurista), un “moto-hostal”, como lo denomina el piloto, para llevar turistas a pasear en moto por el altiplano o realizar actividades motivacionales para empresas. Hoy también emplea parte de su tiempo en Cactus Diseño, una empresa de un rubro que le encanta y en el que es socio con su hermana.

Antes de ser un rockstar, en la furgoneta en la que recorrió Europa con un mapa pegado en el techo disputando el Mundial de Enduro, Chaleco adquirió el rigor del esfuerzo. “Esos viajes me ayudaron a valorar las cosas. No tenía 80 euros para una noche de hotel, dormía en la furgoneta, me duchaba en un servicentro. Hoy, voy a correr, con todo organizado. Estar tres meses allá entrenando es caro, pero sé lo que cuesta, y ese valor agregado me ha ayudado a ser mejor persona y valorar lo que hay”.

Hoy, esos viajes llenos de carencias han quedado en el pasado. Hoy, es un auténtico rockstar. Con fanáticos y seguidoras. Pero al que los flashes no lo encandilan. Porque, aunque con su talento sobre la moto logra poner de moda en pleno verano el Chaleco, López, sigue siendo un curicano sencillo y con buen olfato que siempre encuentra la mejor ruta al éxito.

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